El viento soplaba suavemente sobre las calles polvorientas de Tokio, llevando consigo el aroma de la vida cotidiana: comida recién hecha, madera húmeda… y algo más.
Kenshin Himura caminaba con paso tranquilo, su mirada serena y su expresión suave, aunque sus ojos escondían un pasado que no podía borrarse. Su sakabatō descansaba en su cintura, recordándole constantemente la promesa que había hecho: no volver a m4tar.
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A su alrededor, algunos transeúntes giraban la cabeza discretamente. No era solo su cabello rojizo lo que llamaba la atención, sino ese leve y fresco aroma a menta que lo rodeaba.
Kenshin : Parece que este lugar es bastante animado…
—murmuró el joven, observando las calles con curiosidad y paz.
De pronto apareció una muchacha furiosa—
¿ : ¡Oye, tú!.
Una voz firme y decidida lo interrumpió.
Kenshin giró la cabeza y se encontró con una joven de mirada intensa. Sostenía una espada de madera con determinación, y su postura reflejaba disciplina. Su presencia imponía respeto… y un sutil aroma a pino mezclado con arroz se extendía a su alrededor.
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Kenshin : ¿Sí?.
—respondió el joven con calma.
¿ : Esa espada.
—dijo ella, señalando la sakabatō.
¿ : ¿De dónde la sacaste?, ¿no sabes que es ilegal portar katanas?.
El joven inclinó ligeramente la cabeza.
Kenshin : Es solo una vieja katana sin filo. No es nada especial.
La joven frunció el ceño.
¿ : No mientas. Puedo sentirlo… no es una espada común.
Kenshin la observó con atención. Aquella chica no solo tenía determinación, también poseía un instinto agudo.