La lluvia en el Reino de Cobre nunca era limpia; caía cargada de hollín, un llanto gris que manchaba las piedras del río. Morgan Eisen estaba allí, con sus botas de cuero reforzado hundiéndose en el fango aceitoso. Había salido a buscar "tesoros": piezas de latón desprendidas de los cargueros de la Iglesia que la corriente solía arrastrar hasta las orillas de Óxido .
Pero lo que encontré no fue chatarra sagrada.
Entre los juncos ennegrecidos y los restos de un pistón roto, yacía un cuerpo. Morgan se detuvo en seco, ajustándose las gafas de protección sobre su frente. El cabello negro de la extraña flotaba en el agua como una mancha de tinta. Al principio, Morgan pensó que era un cadáver más de la Inquisición, pero cuando vio el destello de la piel pálida bajo una túnica de lino -totalmente fuera de lugar en ese mundo de vapor-, se acercó corriendo.
Al darle la vuelta, Morgan soltó una maldición por lo bajo. El brazo derecho de la chica terminaba en un desastre de carne y hueso astillado a la altura del hombro, y una herida profunda le cruzaba el rostro, desde la frente hasta la mandíbula, destruyendo su ojo derecho. A pesar de la carnicería, la desconocida aún respiraba, un silbido débil que luchaba contra el frío del agua.
Morgan no lo dudó. Era una mujer grande, de hombros anchos y músculos forjados en el yunque, pero tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para cargar a la guerrera sobre su espalda. La sangre de la extraña manchó su camiseta de tirantes, mezclándose con la grasa de motor de sus manos mientras subía la pendiente hacia su taller, bajo la sombra de las chimeneas que escupían humo naranja al cielo de acero.
Horas después, el único sonido en el taller era el clanc-clanc rítmico de un engranaje mal ajustado y el goteo de una tubería de vapor.
Kaelen abrió su único ojo funcional. La visión era un túnel borroso. Intentó moverse, pero un dolor eléctrico le recorrió el costado derecho. El instinto, forjado en años de entrenamiento en los bosques del Norte, se disparó antes de que su conciencia. Se lanzó hacia un lado de la camilla, ignorando el grito de sus propios nervios.
Morgan, que estaba de espaldas afilando una herramienta, apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió una presencia pesada sobre ella. Fue derribada contra el suelo de rejilla metálica. El impacto le sacó el aire, y de repente, sintió el frío de un destornillador largo presionando su yugular.
-¿Quién eres? ¿Dónde están los Inquisidores? -La voz de la guerrera era un susurro rasposo, cargada de un odio que hacía vibrar el metal en la mano de Morgan.
Morgan no se movió. Miró hacia arriba, encontrándose con la mirada salvaje y herida de la chica de cabello negro. A esa distancia, pudo ver las pecas que el sol había dejado en la nariz de la guerrera, un vestigio de una vida al aire libre que no existía en Óxido.
-Cálmate, fiera -dijo Morgan. Su voz era profunda, una nota de bajo que parecía calmar las vibraciones del taller-. Si quisiera entregarte, ya estarías siendo interrogada por un autómata de la Iglesia. Soy Morgan Eisen , y estás en mi taller. Te saqué del río antes de que los peces de metal se dieran un festín contigo.
Kaelen apretó los dientes, pero la debilidad era más fuerte. Sus ojos bajaron hacia su propio cuerpo y se encontró con el vacío. Su brazo derecho, el que blandía la espada de su clan, no estaba. Solo había vendajes blancos, impecables, que contrastaban con su piel sucia. El destornillador resbaló de sus dedos, tintineando contra el suelo.
Se alejó de Morgan, tropezando con una pila de armaduras oxidadas, cubriéndose el hombro faltante con la mano izquierda en un gesto de pura vulnerabilidad.
Morgan se incorporó lentamente, sacudiendo el polvo de sus pantalones cargo. Era una visión imponente: alta, con el cabello pelirrojo recogido en un nudo desordenado y los brazos marcados por cicatrices de soldadura. Se cruzó de brazos, observando a la guerrera con una mezcla de curiosidad profesional y algo que se parecía mucho a la compasión.
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Oxido
Science FictionEn un mundo donde el vapor es sinónimo de progreso y es considerado santo y oponerse a él se considera herejía la maquinaria que tanto ven era la Iglesia podría convertirse en su propio verdugo es una historia de fantasía con enfoque steampunk
