Prólogo

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Isabella Bridgerton era todo lo que una joven dama aspiraba a ser y, al mismo tiempo, todo lo que la sociedad prefería evitar

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Isabella Bridgerton era todo lo que una joven dama aspiraba a ser y, al mismo tiempo, todo lo que la sociedad prefería evitar.

Ella era hermosa sin esfuerzo, amable sin fingimiento y bondadosa con una sinceridad poco común, poseía un encanto natural que iluminaba cualquier salón. Su risa era contagiosa, su ingenio afilado y su presencia, sencillamente, inolvidable. Era una Bridgerton.

Pero Isabella no había nacido para obedecer.

Era decidida —peligrosamente decidida— y cuando tomaba una decisión, nada lograba hacerla cambiar de parecer. Ni las normas sociales. Ni los susurros de la alta sociedad.

Y, desde luego, tampoco su hermano mayor.

Novena hija de la ilustre familia Bridgerton, hija del difunto vizconde Edmund Bridgerton y de la siempre impecable Violet Bridgerton, Isabella había crecido rodeada de historias que la sociedad consideraba ejemplares.

Había visto a Daphne casarse por amor, desafiando las apariencias para encontrar algo real. Había sido testigo del férreo deber de Anthony, quien cargaba sobre sus hombros el peso de un apellido que nunca pedía permiso. Y había escuchado, con secreta fascinación, las ideas escandalosas de Eloise ideas que la sociedad se empeñaba en sofocar antes siquiera de poder comprenderlas.

Pero no fue ninguna de esas historias, por sí sola, la que moldeó su pensamiento. Fue, en cambio, lo que ocurrió en silencio. Aquello que nadie veía. O aquello que estaban acostumbrados a ignorar. Pero no ella.

Las miradas resignadas de algunas damas tras abanicos perfectamente bordados. Las sonrisas ensayadas que nunca alcanzaban los ojos. Las conversaciones susurradas sobre matrimonios “convenientes” que sonaban más a acuerdos que a promesas.

Isabella había aprendido a observar.

Y lo que vio. No le gustó.

A diferencia de todos ellos, Isabella había llegado a una conclusión propia:

El matrimonio para ella no era un destino, era una elección.

Y ella no pensaba elegirlo. Al menos no ahora

No mientras eso significara renunciar a sí misma. No mientras las mujeres siguieran siendo tratadas como piezas en un tablero cuidadosamente arreglado por otros. No mientras el amor —el verdadero amor— fuera considerado un lujo.

Porque si alguna vez se casaba…
sería por amor. O no sería en absoluto.

Por supuesto, aquello representaba un problema. Uno muy considerable. Porque en Londres, una joven como Isabella Bridgerton no tenía permitido rechazar el juego solo jugarlo mejor que nadie.

Con su debut acercándose rápidamente, la alta sociedad londinense aguardaba con expectación el momento de conocer a la última joya de los Bridgerton.

Lo que no sabían era que Isabella no tenía intención alguna de brillar bajo sus reglas.

Ni de doblegarse ante sus expectativas. Ni a enamorarse bajos sus reglas.

Aunque, en algún lugar de Inglaterra, un hombre que no creía en el amor estaba a punto de descubrir —muy a su pesar— que algunas certezas no sobreviven al ecuentro adecuado.

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