El olor a basura quemada y hierro oxidado era el perfume de mi hogar. Para los de Arriba, éramos el hedor que evitaban. Para mí, era el aroma de la supervivencia, el mismo que impregnaba la ropa de Rudo cada vez que volvía de sus correrías por los vertederos. Mi hermano pequeño. Mi única familia.
Bueno, mi única familia ahora. Hace un año, el mundo de Arriba me enseñó lo que realmente significa ser "basura" para ellos.
Trabajaba en un club, un antro sucio en los límites del slum. Era bailarina exótica. No era un sueño, era un trabajo. Ponía una sonrisa falsa, giraba al ritmo de la música barata y aguantaba las miradas para llevar algo de dinero a casa. Una noche, al salir, el callejón estaba más oscuro de lo normal. Y ellos estaban esperando.
No vi sus caras. Solo sentí el frío del acero entrando en mi costado, justo debajo de las costillas, mientras sus manos sucias me desgarraban la ropa. Forcejeé, grité, pero nadie en ese barrio miserable escucha los gritos de una bailarina. El dolor era tan inmenso, tan blanco, que el mundo se apagó antes de que pudieran terminar lo que empezaron.
Me salvaron por los pelos. Rudo me encontró en un charco de sangre y vómito. Pero las heridas no solo fueron físicas. Mis pulmones quedaron dañados. Desde entonces, respirar hondo es un lujo que no siempre puedo permitirme. Por eso llevo siempre esta máscara. No es que no pueda vivir sin ella, puedo estar un tiempo sin ponérmela. Pero es más cómoda. El aire entra mejor, más limpio. Y además... me protege. Me protege de que me vuelvan a ver la cara. Me protege de que vuelvan a intentar quitarme algo.
Es mi armadura. Y también mi recordatorio.
Por eso entiendo a Rudo mejor que nadie. Su odio hacia ellos, hacia este mundo de mierda, corre por mis venas igual que a él. Nuestro padre adoptivo, Legto, nos encontró a los dos en la calle, dos crías de perro abandonadas en una caja de cartón podrido. Nos dio un nombre, un techo de chapa y, lo más importante, nos dio el uno al otro. Mientras Rudo heredó la pasión de Legto por las cosas viejas, yo heredé su mirada. Una mirada que aprendió a escudriñar las sombras, a desconfiar de las sonrisas fáciles de los "ciudadanos de bien" del otro lado del muro.
Rudo es... bueno, es Rudo. Un torbellino de ira y justicia envuelto en un cuerpo flacucho. No soporta ver cómo los ricos tiran cosas que aún sirven, como si la vida de alguien no dependiera de ello. "Todo tiene un valor, Saki", decía siempre, apretando algún engranaje o muñeco roto que rescataba. Yo le creía. Pero también sabía que su corazón ardía con un rencor más profundo: el recuerdo de nuestro padre biológico, desaparecido en el Abismo por un crimen que no cometió. Ese rencor lo hacía imprudente.
Aquel atardecer, el cielo sobre la Esfera tenía un tono violáceo, enfermizo. Legto nos había pedido que nos quedáramos, pero Rudo, como siempre, necesitaba aire. Salió a pasear, a despejar esa mente suya que nunca paraba de darle vueltas a todo. Yo me quedé, ayudando a Legto a organizar sus notas. Recuerdo el silencio. Un silencio antinatural, denso como la niebla tóxica que a veces bajaba del muro.
Entonces, lo sentí. Una presencia. Alguien había entrado en nuestra casa sin hacer ruido. Una sombra alta, con una túnica que parecía absorber la poca luz del cuarto. No pude ver su rostro, solo sus manos enguantadas sosteniendo algo que brilló por un instante.
—Legto —susurré, pero la advertencia se atoró en mi garganta.
La sombra se abalanzó sobre él. Fue rápido. Un destello metálico, un golpe seco y el cuerpo de Legto cayó al suelo. Un grito desgarrador finalmente brotó de mí, pero ya era tarde. El asesino me miró por un segundo, una eternidad. En sus ojos no vi odio, solo un vacío absoluto. Luego, desapareció tan silenciosamente como llegó.
Me abalancé sobre Legto. Su respiración era un estertor, un sonido horrible, como el de una máquina que se rompe. Su sangre, oscura y caliente, se extendía bajo su cuerpo manchando los papeles que tanto quería. Intenté presionar la herida, pero mis manos temblaban, eran inútiles. Mis lágrimas caían sobre su rostro, mezclándose con su sudor frío. Murió en mis brazos, susurrando el nombre de Rudo con su último aliento.
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Oc×Enjin
Fanfiction"Si vas a caer al infierno, hermana, asegúrate de caer conmigo." ─── ⋆⋅☆⋅⋆ ─── Saki siempre supo que era basura para los de Arriba. Una ex bailarina con los pulmones marcados por un cuchillo y una máscara que nunca se quita. Pero cuando su padre es...
