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El trayecto del elevador a la puerta de su apartamento fue eterno.
No nos soltamos. Raúl me llevaba pegada a su costado.
En cuanto la llave giró en la cerradura y la puerta se cerró detrás de nosotros, la oscuridad del recibidor se volvió el escenario de un choque eléctrico.
No hubo palabras.
Él me acorraló contra la pared y el frío del concreto en mi espalda contrastó con el calor volcánico de su cuerpo.
Sus manos, grandes y seguras, se colaron por debajo de mi hoodie rojo, subiendo por mi cintura con una urgencia que me hizo soltar un jadeo en medio del beso.
-Me tenías jodío' con ese perfume en todo el camino-susurró contra mi cuello mientras me quitaba el hoodie sin ningún tipo de cuidado.
Me besaba con hambre, como si estuviera tratando de descifrar mi sabor, mientras sus dedos delineaban la curva de mi espalda, apretando con una posesión que me hacía temblar.
Me cargó con una facilidad que me dejó sin aire, mis piernas se envolvieron en su cintura por puro instinto.
Sentía el roce de su pantalón contra mi intimidad, una presión que me hacía desear que la ropa desapareciera de una vez.
Mientras caminábamos hacia la habitación, sus manos no dejaron de recorrer mis muslos, apretando con una fuerza que me hacía gemir contra sus labios.
Llegamos a la cama y nos deshicimos de la ropa como si fueran un obstáculo.
Bajo la luz tenue de la ciudad que entraba por el ventanal, su cuerpo tatuado parecía una obra de arte tallada en sombra.
Raúl se posicionó sobre mí, atrapando mis manos sobre mi cabeza, obligándome a sostenerle la mirada.
-Me tenías loco con ese jueguito en el balcón-me susurró al oído, sentí su barba rozarme la piel, causándome un escalofrío que me llegó hasta los dedos de los pies-Ahora me vas a demostrar si esa labia que tienes en el podcast es igual de buena en mi cama.