El pasillo del Pabellón 17 era un túnel de luces fluorescentes que parpadeaban como si el edificio mismo estuviera respirando con dificultad. Will Byers caminaba hacia la puerta reforzada con pasos medidos, la bata blanca nueva aún oliendo a almidón y a esperanza ingenua. Trece meses desde la graduación en psiquiatría forense, y ya lo habían mandado aquí. Nadie más había querido el puesto. Los rumores corrían como el desinfectante por los pisos: el último residente había salido con el antebrazo hecho trizas; el anterior se había ido llorando después de una sola sesión. Y ahora, el novato. Para algunos era una decisión arriesgada; para Will le importaba poco lo que decían los demás. Él amaba su trabajo, y una oportunidad de ejercer en la carrera que había elegido y por la que tanto se había esforzado no se debía desperdiciar.
En la sala de control, justo antes de la puerta, un grupo de enfermeros y guardias se había reunido alrededor de la pantalla de vigilancia. Will los oyó antes de verlos.
──Otro más... ──dijo una enfermera de pelo gris, cruzada de brazos──. ¿Cuánto le das? ¿Una semana?
El guardia grandote con cicatrices en el cuello soltó una risa seca.
──Ni eso. Wheeler lo va a oler a kilómetros. Ese chico huele a... inocencia. Como un corderito que acaba de entrar al matadero.
Otro enfermero, más joven, sacudió la cabeza.
──Pobre. Leyó el expediente, ¿no? Cuatro víctimas comidas. Dos terapeutas mordidos hasta el hueso. Y ahora este... Byers. Parece que no tiene ganas de vivir un segundo más.
──No es sangre lo que Wheeler quiere ──murmuró la enfermera, bajando la voz──. Es el sabor del miedo. Y este chico lo trae escrito en la cara. Que salga bien de ahí... o que salga vivo, al menos.
Will se detuvo un segundo en el umbral de la sala, con el rostro serio. Ellos lo vieron. Se callaron de golpe, pero no apartaron la mirada. Uno de ellos, el guardia de las cicatrices, le tendió la llave magnética y el aerosol de pimienta con una media sonrisa compasiva.
──Suerte, doctor. No se acerque más de un metro. No quite las esposas. Y si empieza a hablar de comida... es mejor que salga de ahí.
Will tomó la llave sin decir nada. Sintió sus ojos en la espalda mientras caminaba los últimos metros. Los murmullos volvieron, más bajos. Ingresó la llave en el cerrojo y un clic sonó avisando que la puerta estaba abierta.
La puerta se abrió con un zumbido hidráulico pesado. El olor dentro era diferente: más limpio, más estéril, pero debajo había algo metálico, viejo, como sangre que nunca termina de secarse. La celda era amplia para los estándares de restricción máxima: paredes acolchadas blancas, cama fija al suelo, mesa atornillada. Y en el centro, sentado en una silla de metal con esposas en muñecas y tobillos, estaba él.
Michael Wheeler levantó la cabeza despacio. Cabello negro revuelto cayéndole sobre los ojos oscuros, piel pálida casi luminosa bajo las luces frías. El uniforme naranja le quedaba holgado, pero lo llevaba con una elegancia que parecía burlona. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, casi cortés.
──Doctor Byers ──dijo, la voz baja y aterciopelada, como si estuviera saboreando cada sílaba──. Te ves más joven de lo que imaginaba. ¿Veinticinco? ¿Veinticuatro?
Will se detuvo en el umbral, manteniendo la distancia reglamentaria. La puerta se cerró detrás y el silencio inundó la habitación en un solo segundo.
──Veinticinco ──respondió, su voz salió en un tono firme──. Soy el doctor Byers, tu nuevo psiquiatra. Vamos a empezar por lo básico, señor Wheeler. Háblame de tus impulsos.
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The taste of silence. [Byler]
FanfictionWill Byers, psiquiatra novato, es asignado al paciente más peligroso del Pabellón 17. Mike Wheeler, caníbal encerrado por crímenes brutales. Lo que empieza como terapia se convierte en un juego letal de manipulación y hambre. Mike quiere probar el s...
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