Nacimiento.

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Trevor estaba en el pasillo del hospital, caminando de un lado a otro como si se preparara para una magnífica invasión interdimensional. Se pasaba las manos por el cabello, miraba el viejo reloj de pared que sonaba cada segundo y luego dirigía su mirada a la puerta de la sala de parto.

Callie Spengler, sentada en una silla plastificada que emitía crujidos amenazadores, lo observó con la paciencia de alguien que había atravesado tormentas peores que esta. Su café había empezado a enfriarse hace horas y, sin embargo, lo seguía sosteniendo como si fuera un talismán contra el pánico que envolvía el ambiente.

—Trevor, si sigues así, el hospital va a cobrarnos por desgaste del piso —dijo, intentando contener una sonrisa que amenazaba con estallar.

Phoebe, recargada contra la pared y con los brazos cruzados, levantó la vista de su libreta, donde anotaba observaciones sobre la cultura hospitalaria.

—Técnicamente —dijo con tono monótono—, el estrés no va a acelerar el parto. Pero si colapsas, tendrás la suerte de que literalmente estamos en un hospital. Te atenderán rápido antes de que mueras.

—Gracias, Phoebe —respondió Trevor, indignado—. Eso ayuda muchísimo.

En ese momento, Grooberson apareció con una sonrisa nerviosa demasiadas cosas en las manos, un vaso, servilletas, azúcar, una cucharita doblada y una gelatina inexplicablemente abierta.

—¡Buenas noticias! —anunció—. Encontré gelatina verde. Eso significa esperanza.

—Gary —dijo Callie—. ¿Por qué tienes gelatina?

—No lo sé —respondió él—. Entré en pánico.

Callie cerró los ojos un momento, como si estuviera intentando encontrar un refugio pacífico en medio del caos.

El pasillo frente a la habitación de Lucky parecía una escena congelada en el tiempo... excepto por Trevor Spengler, que se movía lo suficiente como para demostrar que estaba claramente perdiendo la cabeza.

—Ok —dijo por quinta vez en menos de un minuto—. Todo está bajo control. Todo está bien. Las personas nacen todos los días.

—Cierto —respondió Callie desde la silla—. Y también se desmayan todos los días. No seas ese tipo.

—¡Como quieres que no me desmaye si Lucky está teniendo un bebé! —respondió él, agitado—. Nuestro bebé. ¿Sabes cuántas cosas pueden salir mal?

Phoebe apoyó la cabeza en la pared y levantó una ceja.

—Estadísticamente hablando, muchas. Pero la mayoría no son fatales. Eso debería tranquilizarte.

Trevor se quedó mirándola, la incredulidad pintada en su rostro.

—...no, Phoebe. Eso NO tranquiliza.

—Curioso —dijo ella—. A mí sí.

Grooberson, incapaz de quedarse callado por más de un minuto, empezó intentar calmar el ambiente pesado e inseguro.

—Okey, okey, escuchen —dijo—. Todo va a salir bien. Los doctores hacen esto todo el tiempo. Es literalmente su trabajo.

—Los exorcistas también —dijo Phoebe.

—¡Phoebe! —exclamó Callie.

Trevor empezó a caminar otra vez.

—Lucky está ahí sola —dijo—. Yo debería estar ahí.

—Te pidieron que esperaras —respondió Callie—. Porque estabas... así.

—¡Estoy ayudando con mi presencia nerviosa! —replicó Trevor—. Es apoyo moral.

Phoebe levantó una ceja.

—Eso es discutible.

Desde dentro de la habitación se escuchó un sonido metálico. Algo cayó. Luego la voz de Lucky, fuerte, clara y nada feliz.

—¡TREVOR!

Él se enderezó como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica.

—¡Sí! ¡Aquí estoy, hermosa! ¡No me he movido de aquí!

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