Luna

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La luna es la única que me entiende.
No porque me responda, sino porque me escucha sin interrumpir mis silencios. Cuando todos duermen y el mundo baja la voz, ella se queda despierta, redonda y paciente, como si supiera que voy a necesitarla otra vez.
No sé por qué la necesito, pero la necesito como el aire. Hay noches en las que siento que si no la veo, me falta algo en el pecho. Levanto la mirada y ahí está, colgada del cielo, intacta, eterna, como si hubiera sido puesta solo para que yo le cuente lo que no me atrevo a decir en voz alta.
Con ella no me siento juzgada.
No me siento exagerada, ni complicada, ni demasiado sensible. Puedo decirle todo: mis miedos pequeños, mis culpas absurdas, mis tristezas que no sé explicar. Le hablo bajito, y aunque no contesta, su luz cae sobre mí como una respuesta suave. Como si me dijera que está bien sentir, que está bien romperse a veces.
Hay algo en su forma de brillar que me hace sentir segura. No invade, no exige, no pregunta. Solo está. Y en ese estar constante encuentro descanso. Porque sé que mañana, aunque el día haya sido pesado, ella volverá a salir. Y si no la veo completa, si apenas es un hilo de luz, aun así sabré que sigue ahí.
Es eterna en su regreso. Siempre vuelve.
Y esa certeza me sostiene.
A veces pienso que cuando ya no esté, cuando mi nombre se vuelva susurro, tal vez la luna cubra mi tumba con su luz. No para entristecerla, sino para abrazarla con esa claridad tranquila que siempre me dio. Como si incluso entonces siguiera escuchándome.
No entiendo por qué la necesito tanto.
Pero la necesito.
Porque en su silencio encuentro un lugar donde puedo ser yo, sin miedo.

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