📖 Capítulo 1 - Tras los Muros

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Narración de Lee Know:

“La humanidad vive encerrada tras muros que se alzan como gigantes de piedra. Tres murallas, tres círculos de protección que nos separan de la muerte. Dentro de ellas creemos estar a salvo, creemos que los Titanes no pueden alcanzarnos. Pero esa seguridad es una ilusión. Afuera, criaturas descomunales esperan, acechando, hambrientas. No sabemos por qué existen, ni por qué nos devoran. Solo sabemos que nuestra paz es frágil, y que cualquier día puede desmoronarse. Los muros no son eternos. Y cuando caigan… lo único que quedará será el miedo.”

El sol bañaba la ciudad con una luz cálida. Los niños jugaban en las calles, los comerciantes gritaban sus ofertas, y las familias vivían con la rutina de siempre. Todo parecía normal, como si la vida dentro de los muros pudiera continuar para siempre. Pero la calma era solo un disfraz. 

De pronto, un estruendo sacudió la tierra. El aire se volvió pesado, el cielo se oscureció como si una sombra inmensa lo cubriera. Los habitantes levantaron la mirada y lo vieron: una figura gigantesca, descomunal, que se alzaba por encima de la muralla. El Titán Colosal. Su cuerpo ardía como si estuviera hecho de vapor, y su rostro sin expresión miraba hacia abajo con indiferencia. 

El silencio duró apenas un instante. Luego, el Titán levantó su pierna y con un golpe brutal destrozó la puerta de la muralla. El sonido fue ensordecedor, como el rugido de la tierra misma. La madera y el hierro se hicieron añicos, y una nube de polvo cubrió la ciudad. Los gritos comenzaron. Familias enteras corrían, soldados intentaban organizar la defensa, pero el miedo era más fuerte que cualquier orden. 

Los Titanes entraron. Sus pasos hacían temblar las calles, las casas se derrumbaban bajo su peso, y las personas eran aplastadas o devoradas sin piedad. 

Entre ellos, un Titán de quince metros avanzó lentamente, con movimientos torpes pero implacables. Sus ojos vacíos se fijaron en una pequeña vivienda: la casa de Han Jisung. 

Dentro, su madre abrazaba a los más pequeños, intentando protegerlos con su cuerpo. Su padre buscaba desesperadamente una salida, pero no había tiempo. El Titán los atrapó con sus manos enormes y, sin piedad, los llevó a su boca. Los gritos se apagaron en un instante. 

Han, con apenas ocho años, regresaba en ese momento cargando leña. Caminaba distraído, pensando en lo que cenarían esa noche, cuando escuchó el estruendo y vio el humo. Corrió hacia su casa, con el corazón latiendo rápido, sin entender lo que estaba pasando. 

Al llegar, sus ojos se clavaron en la escena. El Titán devoraba a su madre, a su padre, a sus hermanos pequeños. La sangre manchaba las paredes, los gritos se mezclaban con el rugido del monstruo. Han se detuvo. El mundo se detuvo. Sus piernas no respondían, su voz se ahogaba en su garganta. 

—¡Mamá! ¡Papá! ¡No! —gritó Han, con la voz quebrada, mientras dejaba caer la leña al suelo. 
—¡Suéltalos! ¡Por favor! ¡No! —sus manos temblaban, sus ojos se llenaban de lágrimas. 

El rugido del Titán retumbaba en sus oídos. Han dio un paso adelante, como si pudiera hacer algo, pero sus piernas flaquearon. Se desplomó de rodillas, impotente. 

—¡No… no…! —sollozaba, golpeando el suelo con sus puños pequeños—. ¡Por favor, no! 

Entonces, una mano fuerte lo tomó del brazo. Un soldado de las tropas estacionarias lo arrastró hacia atrás. 

—¡Chico, tenemos que irnos! —gritó el soldado, con la voz firme pero cargada de urgencia. 
—¡No! ¡Mi familia! ¡Déjame! ¡Tengo que ayudarlos! —Han forcejeaba, desesperado, intentando soltarse. 
—¡Ya no hay nada que puedas hacer! ¡Si te quedas, morirás también! —el soldado lo sacudió, mirándolo a los ojos. 

Han lloraba, pataleaba, intentaba regresar. 
—¡No! ¡No puedo dejarlos! ¡Son mi familia! ¡Por favor, déjame! 

El soldado lo apretó contra su pecho, obligándolo a moverse. 
—¡Escúchame! ¡Tu madre y tu padre ya se han ido! ¡Si quieres honrarlos, tienes que sobrevivir! ¡Ahora corre! 

Han gritaba, su voz desgarrada: 
—¡No! ¡No quiero vivir sin ellos! ¡No quiero! 

El soldado lo levantó en brazos y comenzó a correr hacia la evacuación. El humo cubría las calles, los gritos llenaban el aire. Han golpeaba el pecho del hombre con sus puños pequeños, llorando sin control. 

—¡Suéltame! ¡Déjame volver! ¡Por favor! —su voz era un hilo de desesperación. 
—¡No! ¡Tienes que vivir! ¡Algún día entenderás! —respondió el soldado, apretando los dientes mientras esquivaba los escombros. 

Finalmente, llegaron a un lugar seguro. El soldado lo dejó en el suelo, jadeando. Han cayó de rodillas, con los ojos vacíos, las lágrimas corriendo por su rostro. 

—¿Por qué…? —susurró, apenas audible—. ¿Por qué ellos? ¿Por qué yo? 

El soldado se arrodilló frente a él, poniéndole una mano en el hombro. 
—No lo sé, chico. Nadie lo sabe. Pero si quieres respuestas… si quieres justicia… tendrás que luchar por ellas. 

Han levantó la mirada, sus ojos rojos por el llanto. El dolor se transformaba en algo más: en rabia, en fuego. 

—Entonces… los mataré. —su voz era débil, pero firme—. A todos. A cada Titán. No importa cuánto tarde. No importa cuánto sangre. Los destruiré. 

El soldado lo miró en silencio, comprendiendo que esas palabras no eran un simple arrebato. Eran un juramento. 

Ese día, entre cenizas y sangre, nació la promesa que marcaría su destino: 
Han Jisung no descansaría hasta unirse a la Legión de Exploración y destruir a cada Titán.

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⏰ Last updated: Feb 20 ⏰

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