El recién convertido

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Un chico de unos veintidós años caminaba por un callejón apenas iluminado, mientras la lluvia fina le empapaba la ropa. De repente, despertó, pero algo en él había cambiado: un ardor le recorrió la garganta y un mareo lo envolvió como un velo. Lucien —así se llamaba— apenas podía recordar lo último que había vivido: un chico de cabello azabache y ojos verdes como un bosque profundo se inclinaba sobre él, mordiendo suavemente su cuello.

Enfocó mejor la mirada y lo vio con claridad. No obstante, ya no tenía la misma expresión que la noche anterior. Los ojos que ahora lo observaban eran fríos, apagados, desprovistos de cualquier rastro de calidez.

La noche se había convertido en una criatura viva, respirando entre los ladrillos húmedos del callejón. El hombre avanzó hacia Lucien con pasos lentos, calculados, como si cada pisada marcara el compás de un destino que ya estaba escrito.

Se agachó frente a él y dejó caer a su lado una bolsa abultada. El líquido rojo oscuro se balanceó en su interior.

El aroma lo golpeó con la violencia de un recuerdo primitivo.

La garganta de Lucien ardió como si hubiera tragado brasas. El mundo se estrechó hasta volverse un único punto rojo. Sin pensar, se lanzó sobre la bolsa. Cuando el primer sorbo tocó su lengua, algo en su interior despertó con un suspiro antiguo. Era espeso, dulce, cálido. No sabía a vino ni a carne. Sabía a poder. A pertenencia. El fuego que lo devoraba se extinguió en un instante, dejando tras de sí una claridad aterradora.

Alzó la vista.

Esos ojos verdes lo observaban. Intensos. Imposibles. No reflejaban la luz, la devoraban.

Y entonces lo comprendió.

Aquel ser no era humano.

—¿Ahora lo entiendes? —la voz del hombre cayó como escarcha sobre su piel—. Será así por toda la eternidad. Soy Adrián, tu líder. Y ahora eres un vampiro.

La palabra quedó suspendida entre ambos como una sentencia.

Lucien se estremeció. El miedo le recorrió la espalda, pero no era solo miedo. Había algo más, una corriente eléctrica bajo la piel, un cosquilleo traicionero que lo confundía tanto como lo asustaba. Todo lo que le habían dicho era real. Su corazón ya no latía. Su respiración era apenas un gesto aprendido.

—Está bien... —murmuró, incorporándose del suelo helado—. Soy un vampiro. Entonces, ¿qué pasará conmigo?

Su voz temblaba, pero sus ojos ya no eran los de antes. En ellos comenzaba a asomarse una sombra nueva.

Adrián se acercó hasta que apenas quedaba espacio entre sus cuerpos. No había aliento que se mezclara, pero la cercanía era asfixiante. Lucien contuvo el impulso de retroceder.

Adrián sonrió. No era una sonrisa amable. Era la curva afilada de una promesa.

—Vendrás conmigo —susurró, alzando la mano para sujetarle la barbilla con firmeza—. Ya no eres humano, pero eso no te hace fuerte. No todavía. Este mundo es antiguo, cruel... y tú acabas de nacer en él.

Sus dedos se deslizaron con lentitud, obligándolo a sostenerle la mirada.

—Me perteneces, Lucien. Te enseñaré a cazar, a dominar la sed, a moverte entre sombras sin que nadie pronuncie tu nombre. Te enseñaré a sobrevivir.

Por un instante, el silencio del callejón fue absoluto. Luego, a lo lejos, una sirena humana rompió la quietud, ajena a la metamorfosis que acababa de ocurrir.

Adrián dio un paso atrás.

—Despídete de quien eras. Esta noche comienza tu eternidad.

Y la oscuridad, obediente, pareció abrirles camino. 

Adrián se puso de pie y se giró lentamente, dejando que sus ojos ámbar atravesaran a Lucien.

—Te voy a explicar cómo funciona el clan —dijo con voz dura, sin permitir interrupciones—. Cállate y escucha. Los castigos para los vampiros novatos combinan dolor físico, humillación y control psicológico: pueden ser privados de sangre, golpeados con fuerza sobrehumana, encerrados en la oscuridad, expuestos a la luz o forzados a cazar bajo vigilancia. También sufren humillación pública, aislamiento, amenazas con inocentes y rituales de sumisión que recuerdan que pertenecen a su líder, mientras marcas o cicatrices simbólicas consolidan su obediencia y mantienen el orden dentro de la jerarquía.

Lucien no apartaba la mirada. Sus ojos reflejaban miedo, pero también algo que él mismo no entendía: una mezcla de atracción y fascinación que le recorría el cuerpo. Adrián suspiró, volvió a caminar y Lucien lo siguió sin darse cuenta, intentando en vano controlar la electricidad que lo consumía por dentro, luchando para no perder la compostura frente a aquel ser que ahora lo dominaba por completo.

Unos minutos más tarde, llegaron a un claro iluminado por la luna, cuya luz se reflejaba en el agua cristalina como un espejo perfecto. Lucien giró la cabeza, y se encontró con Adrián sin camiseta, mostrando un torso musculoso y tatuado; una cruz rodeada de espinas recorría su pecho, como un símbolo de poder y advertencia. Sin darse cuenta, Lucien se acercó, sus dedos rozando el contorno firme de su cuerpo, atrapado entre la curiosidad y algo más oscuro que no comprendía del todo.

De repente, Adrián lo sujetó del brazo y, con un movimiento rápido y firme, lo arrojó al agua helada.

—¿Qué cojones crees que estás haciendo? —gruñó, su voz más dura que antes, los ojos brillando en rojo y los colmillos expuestos—. No toques. Te voy a enseñar a luchar con tus nuevas habilidades.

El agua envolvió a Lucien como un castigo inmediato, recordándole que ya no era humano, que cada impulso podía ser peligroso... y que Adrián no toleraba la desobediencia.

—Quítate la camiseta —ordenó Adrián, adoptando una posición de combate, los músculos tensos bajo la luz plateada de la luna.

Lucien emergió del lago, el agua resbalando por su piel como si la noche misma lo reclamara. Lo miró con furia. No estaba acostumbrado a obedecer. No toleraba órdenes. Algo en su interior rugía con una rebeldía recién nacida.

Entonces ocurrió.

Un aroma.

No era simplemente sangre. Era cálida, reciente, vibrante. Se coló por sus fosas nasales y descendió como fuego líquido por su garganta. El mundo desapareció. Solo existía ese rastro.

Y corrió.

El suelo apenas lo tocaba mientras su cuerpo se movía con una velocidad que lo asombró incluso a él. El bosque se convirtió en sombras borrosas. Detrás, Adrián maldijo en voz baja y lo siguió de inmediato, comprendiendo el desastre que podía desatarse.

Lucien llegó al origen del olor en cuestión de segundos.

Una chica estaba apoyada contra un árbol, la piel pálida, una herida abierta en su cuello. La sangre descendía en un hilo oscuro, hipnótico.

El instinto tomó el control.

Se lanzó hacia ella.

Pero no llegó.

Un impacto brutal lo interceptó en el aire. Adrián lo embistió con violencia y, sin esfuerzo aparente, lo lanzó contra un árbol cercano. El tronco crujió al recibir el golpe.

—¡¿Estás loco?! —rugió Adrián, los ojos encendidos en rojo, los colmillos brillando bajo la luna—. ¡Eso es exactamente lo que no debes hacer!

Lucien quedó aturdido unos segundos, la corteza astillada clavándose en su espalda. El hambre seguía ahí, feroz, exigiendo.

Adrián se colocó frente a él, bloqueando su visión de la chica.

—Control —dijo con voz baja, pero cargada de autoridad—. Sin control no eres un vampiro. Eres una bestia.

La sangre seguía oliendo exquisita.

Y por primera vez, Lucien entendió que su mayor enemigo no era Adrián.

Era él mismo. 

𝑪𝒐𝒏𝒕𝒊𝒏𝒖𝒂𝒓𝒂́...

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