capitulo 1

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" Aitiana Sánchez se miró al espejo desde todos los ángulos. Giró lentamente sobre la pequeña tarima acolchada mientras la modista ajustaba con delicadeza la caída del encaje en su espalda. Cada detalle tenía que ser perfecto. No era solo un vestido. Era el vestido. El que marcaría el inicio de una nueva vida.
La tienda de vestidos de novias, olía a flores frescas. Un gran ventanal dejaba entrar la luz de la tarde,
—Te ves hermosa, hija mía. —expresó Norma, su madre, con la voz ligeramente quebrada por la emoción.
Aitiana la miró a través del espejo. Sus ojos brillaban, pero no solo por el maquillaje cuidadosamente aplicado,  brillaban porque dentro de su pecho el corazón parecía desbordarse de felicidad.
—Quiero que sea el más hermoso, mamá. Único. —respondió, llevando una mano a su pecho, sintiendo el latido acelerado.
Norma se acercó y acomodó un mechón rebelde detrás de su oreja.
—Y serás la novia más linda, mi vida. No existe otra igual a ti.
Aitiana sonrió ampliamente. Su sonrisa iluminó sus ojos de una forma casi infantil, como cuando era pequeña y soñaba con cuentos de princesas y finales felices. Pero aquello no era un cuento. Era real. En pocos días caminaría hacia el altar, y al final del pasillo estaría él, Rodrigo el amor de su vida, esperándola.
Se giró nuevamente hacia el espejo principal. El vestido abrazaba su figura con elegancia, encaje delicado, un escote sutil que realzaba su cuello,
Respiró hondo.
—Quiero este. —dijo finalmente, con determinación, sin apartar la mirada de su reflejo.
La modista sonrió complacida.
—Es una elección perfecta.
Norma llevó ambas manos a su boca para contener la emoción. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Es el indicado. —susurró.
Aitiana bajó de la tarima con cuidado y se acercó a su madre. La abrazó fuerte, con esa mezcla de gratitud y nerviosismo que solo se siente cuando un sueño está a punto de cumplirse.
—Gracias por estar conmigo en todo, mamá.
—Siempre voy a estar cariño. —respondió Norma, acariciándole el cabello.
—Incluso cuando camines hacia él y ya no seas solo mi niña, sino su esposa. —ahí estaré.
Aitiana cerró los ojos un instante. Imaginó el altar decorado con flores blancas, la música suave llenando el ambiente, las miradas de sus familiares y amigos… e imaginó sus ojos encontrándose con los de él. Sonrió.
Recordó cómo le había tomado la mano la noche en que le pidió matrimonio, cómo su voz había temblado al decirle que quería compartir la vida entera con ella.
Un cosquilleo recorrió su piel.
—Estoy lista, mamá. —dijo en voz baja, más para sí misma que para nadie más.
Norma la observó con orgullo. Ya no era la niña que corría por la casa con vestidos improvisados hechos de sábanas. Era una mujer decidida, enamorada, valiente.
—Cuando esté listo lo enviaremos a su domicilio. —Dijo la modista.
—Si por favor. —Respondió ella.
Salieron de la tienda de modas y siguieron al área de la pastelería.
Su teléfono sonó y miro en la pantalla el nombre de Rodrigo.
—Mi amor, ya estamos en la degustación de los bocaditos y el pastel, no tardes. —dijo ella antes de que alguien al otro lado del teléfono hablara entre gemidos.
—¡Aaah! Amor,Te deseo tanto.
Aitiana miró el teléfono sintiendo arder su rostro. Miro a su madre y se alejó.
—¿Rodrigo? ¿Que haces amor? ¿Por qué me dices éso ahora? —dijo ellas en voz baja.
—Aitiana.... Si te deseo amir. discúlpame. Se marcó en el momento en que...
—¿¡Que haces amor.!?  —hablo ella en voz baja. No sabía si preguntaba o confirmaba lo que creyó que Rodrigo hacía pensando en ella.
—Amor, solo te imaginé, y no lo pude evitar, me volverás loco. —Dijo él. Aitiana sonrió sintiendo ese calor por el deseo que se encendió en ella.
Un año de novia con Rodrigo y dónde solo habían compartido momentos dulces y románticos no sobrepasando los límites que le pudieran arrebatar la virginidad, y no por qué ella lo evitara.
"Esperemos nuestra luna de miel" recordó sus palabras, cuando se negó sutilmente.
—Señorita, las muestras están servidas. —la interrumpó la asistente.
—Por favor pasen a la degustación así el chef les irá indicando los sabores y combinaciones.
Aitiana sonrió y colgó la llamada,
Degustaron todos los postres y bocaditos, Pero la imaginación de Aitiana no estaba precisamente en la combinación de sabores. Imaginó una y otra vez como sería estar en los brazos de Rodrigo.
Una hora después de haber salido de la pastelería.
—Voy a la oficina de Rodrigo, mamá. Nos vemos más tarde.
Aitiana subió a su auto y fue a la oficina de Rodrigo.
Todo el trayecto fue con una sonrisa en sus labios y en su mente ideaba una y mil escenas de como tomar la iniciativa.
Sin darse cuenta ya estaba en el estacionamiento del edificio donde Rodrigo era el ceo  de industrias CELL S.A. tomó su cartera, sacó un espejo y un labial, retocó su maquillaje y salió del auto. Entró al ascensor y miró su reflejo en las paredes de espejo,  respiró profundo. Marcó el número del piso y subió.
Las puertas metálicas se abrieron, Aitiana salió con paso y decisión firme, caminó por el pasillo que la llevó a la oficina principal.
—Buenas tardes señorita. El señor Aristizábal está en una junta.
—Tranquila, Perlita, yo espero.
Aitiana miró el reloj y se percató que que ya tenía media hora esperando.
Las puertas se abrieron y salió Rogelio Armenis.
Aitiana se puso de pie intentando saludarlo.
—Hola Roge...—sus palabras quedaron suspendidas en el aire, al ver que pasó por su lado ignorandola.
—Mi amor... Que bueno que veniste. —dijo Rodrigo un poco alterado.
Abrazó a Aitiana por la cintura y entraron a la oficina.
—¿Que sucedió con tu socio?
—Nada importante.
Entraron.
Cerraron la puerta tras de sí.
El sonido del seguro encajando resonó más fuerte de lo normal en el silencio de la oficina. Aitiana sintió los nervios a flor de piel. Apretó sus puños, clavando las uñas en las palmas hasta casi hacerse daño. No sabía si era emoción, ansiedad… o esa expectativa casi eléctrica que le recorría el cuerpo desde que lo escuchó por teléfono.
Se giró.
Quedó frente a su prometido.
—Rodrigo.
El se giró, su traje oscuro resaltaba la firmeza de sus hombros. La corbata ligeramente floja le daba un aire menos formal, más íntimo. Él la miró, y por un segundo el mundo pareció reducirse a ese cruce de miradas.
—Amor.
—Aitiana.
Hablaron al unísono.
Ella sonrió, divertida por la coincidencia, esperando que él se acercara, que la tomara por la cintura, que la besara como otras veces cuando el deseo parecía consumirlo, pero siempre terminaba enfriándose.
—Dime, cariño.  —susurró ella, acercándose apenas un paso.
Rodrigo carraspeó suavemente, desvió la mirada hacia el escritorio.
—No… nada importante. Pero cuéntame, ¿cómo estuvo tu tarde? La degustación.
Aitiana parpadeó.
La pregunta cayó como un vaso de agua fría sobre la escena que ella había imaginado durante todo el trayecto hasta la oficina. Sintió un pequeño destello de indiferencia en su tono. Sutil. Casi imperceptible. Pero suficiente para que su intuición lo registrara.
Aún así, lo dejó pasar.
—Fue… maravillosa. Deliciosa. —respondió con entusiasmo contenido.
—El chef nos presentó tres opciones para el plato principal. La salsa de vino blanco estaba exquisita. Y el postre… —sonrió al recordarlo.
—Creo que te encantará. —dijo ocultando su desánimo.
Rodrigo asintió, aunque su expresión parecía más concentrada que emocionada.
—Me alegra.

Aitiana lo observó con detenimiento. Por un momento se imaginó que al cerrar las puertas de la oficina, Rodrigo saltaría sobre ella como un lobo hambriento, la acorralaría contra la pared, reclamaría sus labios con esa intensidad que la hacía perder el aliento.
Había venido preparada para eso.
El vestido ajustado que llevaba no era casualidad. El perfume suave que sabía que a él le gustaba tampoco.
Pero, en cambio, lo encontró… distante.
No frío. Solo… lejos.
Rodrigo se quitó el saco y lo dejó sobre el respaldo de la silla. Se pasó una mano por el cabello, respirando hondo.
—Ha sido un día pesado. —murmuró.
Y ahí estaba. Habla algo más.
Aitiana dio dos pasos hasta quedar frente a él. Alzó la mano con delicadeza y acomodó la solapa de su camisa, gesto que en otras circunstancias habría sido la chispa suficiente para encenderlo.
—¿Ocurrió algo? —preguntó con suavidad.
Rodrigo bajó la mirada hacia ella. Sus ojos eran intensos, pero esta vez cargaban algo que ella no logró descifrar del todo.
—No quiero que te preocupes.
Respuesta equivocada.
Aitiana sintió cómo una pequeña punzada se instalaba en su pecho. No por desconfianza… sino por esa sensación de que la estaba dejando fuera.
—Voy a ser tu esposa.  —dijo con una sonrisa leve, aunque sus ojos buscaban los de él con más seriedad pero no la encontró.
—Me preocupo contigo, amor somos uno.
Rodrigo sostuvo su mirada unos segundos más. Pareció debatirse internamente.
Finalmente, exhaló.
—Hay algunos asuntos en la empresa. Inversiones que no salieron como esperaba. Nada que no pueda resolver.
Ella asintió despacio.
—¿Y eso te tiene así?
Él no respondió de inmediato. En lugar de eso, llevó una mano a su cintura, acercándola suavemente hacia él. El contacto fue cálido, pero medido. No había prisa. No había hambre.
—También estoy nervioso. —confesó en voz baja.
Aitiana frunció ligeramente el ceño.
—¿Nervioso?
—La boda… —hizo una pausa.
—Es un paso enorme. No porque dude de nosotros. —Su voz se volvió firme en eso.
—Nunca he estado más seguro de algo. Pero quiero que todo sea perfecto para ti.
El aire salió lentamente de los pulmones de Aitiana.
Algo dentro de ella se ablandó.
Tal vez su distancia no era desinterés. Tal vez era presión. Responsabilidad. Miedo a fallar.
Aun así… había esperado otra cosa al cerrar esa puerta.
—No necesito perfección.  —susurró ella.
—Solo te necesito a ti.
Rodrigo la miró con intensidad. Esta vez sí dio el paso que ella había estado esperando. Deslizó ambas manos hasta su cintura y la atrajo con más firmeza.
—Te amo, Aitiana.
El latido de ella volvió a acelerarse.
—Y yo a ti. Mucho más.
Sus frentes se rozaron. El silencio ya no era incómodo. Era íntimo.
Sin embargo, en el rincón más profundo de su mente, esa pequeña chispa de inquietud seguía viva. Algo en su mirada, algo en la forma en que evitó besarla de inmediato… le decía que no era solo el trabajo.
Y a pesar de que parecía intenso, no sé decidía a dar el paso que ella esperaba.
Pero decidió confiar.
Porque el amor también era eso, elegir creer.
Rodrigo inclinó el rostro y finalmente rozó sus labios con los de ella. Fue un beso suave, contenido, casi mecánico. No el asalto ardiente que había imaginado, pero sí un gesto cargado de significado.
Aitiana cerró los ojos.
Y mientras se aferraba a él, decidió que mañana sería otro día.
Uno en el que quizá él volvería a mirarla como ese lobo hambriento que tanto le gustaría despertar.
Aunque Nunca llegó a más, siempre eran esos besos los que ardían en sus labios.

Rodrigo tenía un mar de confusiones. La discusión con Rogelio Armenis, uno de los segundos socios mayoritario de las empresas, lo tenía contrariado.
Su cuerpo estaba ahí, sus labios juntos a los de Aitiana. Pero su mente lejos de todo eso.
—Lo siento amor. Creo que no soy un buen acompañante hoy. —dijo alejándose de ella.
Aitiana apretó sus labios y suspiró profundo. Tomó su cartera. Se acercó a el y lo miró fijamente.
—Cuando resuelvas me buscas. No quiero interferir en tu trabajo. —dijo ella.  Dio vuelta y salió de la oficina.
Rodrigo trato de alcanzarla, pero ella lo detuvo.
—Lo siento amor. —dijo el agarrando su antebrazo.
Aitiana no respondió, no lo miró, solo siguió su camino en completo silencio, entró al ascensor y descendió al estacionamiento, las puertas metálicas se abrieron, salió y subió a su auto, se quedó un momento, agarrando el volante, cerró los ojos y suspiró profundo, a lo lejos divisó a Rogelio sentado en su auto, recordó el mal momento de la oficina y salió de ahí.
Todo el trayecto fue sobre pensar en ciertas actividades de Rodrigo.  Su comportamiento últimamente no era precisamente el hombre a punto de casarse.
Aitiana llegó a su residencia sintiendo un mal sabor de boca.
Creyó que la noche terminaría como empezó su día. Pero algo no estaba encajando y todas aquellas experiencias de los preparativos de la boda.
—Solo es un mal día para él. Mañana será mejor. Si, seguro será mucho mejor.
Dijo, salió del auto y fue a su habitación.

Hábito Ardiente.  Where stories live. Discover now