La puerta se cerró detrás de ellos con un golpe seco.
No hubo saludo.
No hubo preguntas.
Solo respiraciones agitadas.
Habían pasado tres años desde la última vez que se vieron, pero el cuerpo no olvida lo que la mente intenta enterrar. Y cuando sus miradas chocaron en esa fiesta, entre luces bajas y música lenta, supieron que era cuestión de tiempo.
—No deberíamos… —murmuró ella, aunque ya estaba demasiado cerca.
Él no respondió. Solo la miró como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre.
El primer beso no fue dulce. Fue urgente.
Como si intentaran recuperar cada segundo perdido.
Ella lo empujó contra la pared, riéndose nerviosa, pero esa risa se apagó cuando él la sostuvo de la cintura y la acercó más. Había electricidad. De esa que eriza la piel y acelera el pulso.
El mundo afuera dejó de existir.
Las manos buscaban.
Los cuerpos respondían.
No era solo deseo. Era historia. Era orgullo roto. Era todo lo que nunca se dijeron.
Entre susurros y respiraciones entrecortadas, la tensión se volvió imposible de ignorar. Cuando finalmente cruzaron el límite, no fue impulsivo… fue inevitable.
Y en medio de ese caos de emociones y calor, algo cambió.
Porque esta vez no era solo pasión.
Era despedida… o era el comienzo.
Cuando horas después quedaron en silencio, mirándose con la intensidad de quien sabe que algo importante acaba de pasar, ella preguntó:
—¿Y ahora?
Él sonrió, pero no con seguridad.
Con miedo.
Porque a veces lo más peligroso no es el deseo…
es lo que viene después.—¿Y ahora? —repitió ella, todavía respirando agitado.
La habitación estaba en silencio, pero no era un silencio cómodo. Era de esos que pesan.
Él pasó una mano por su cabello, evitando mirarla por un segundo.
—Ahora… volvemos a la realidad.
Esa frase cayó como agua fría.
Ella se sentó en la cama, cubriéndose con la sábana más por orgullo que por frío.
—¿Realidad? —susurró—. ¿Cuál realidad? ¿La que fingimos desde hace tres años?
Él levantó la mirada. Y ahí estaba. El mismo conflicto que siempre los había separado.
—No era tan simple.
—Nunca lo fue. Pero tampoco era imposible.
El problema no era lo que había pasado esa noche.
El problema era lo que todavía sentían.
Porque no había sido solo deseo acumulado.
Había sido amor mal resuelto.
Él se acercó otra vez, más lento esta vez. Se sentó frente a ella.
—Me voy en dos semanas —confesó.
Ella sintió que el piso desaparecía.
—¿A dónde?
—A otro país. Trabajo nuevo. Vida nueva.
Y entonces todo cobró sentido.
La urgencia.
La intensidad.
El “no deberíamos”.
No era una recaída.
Era una despedida.
Ella tragó saliva, intentando no romperse frente a él.
—Entonces esta fue tu forma de decir adiós.
Él negó suavemente.
—No. Fue mi forma de comprobar si todavía dolía.
Silencio.
Y dolía.
Más de lo que cualquiera de los dos quería admitir.
Ella lo miró fijamente, con esa mezcla de rabia y deseo que siempre los había consumido.
—¿Y qué pasa si no quiero que te vayas?
Él sonrió apenas.
—Entonces no lo hagas fácil.
El aire volvió a cambiar.
Ya no era solo pasión.
Era decisión.

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⏰ Last updated: Feb 19 ⏰

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