El silencio se convirtió en mi estado actual o quiero creer que mi mejor espacio y no porque lo elegí simplemente no me queda opción
O eso creo...
A veces siento que mis palabras son como cristales que, si se soltaran, podrían cortar la delicada calma que hemos construido. Me quedo ahí, procesando en silencio, mientras por dentro las ideas chocan unas con otras buscando una salida que no dañe a nadie. Es una presión extraña en el pecho, un peso que me dice que es mejor seguir el guion, responder lo esperado y mantener la estructura intacta, aunque sienta que me estoy desdibujando bajo el peso de todo lo que guardo. Sonrío con la sintaxis correcta y el tono adecuado, convencida de que mi silencio es el pegamento que evita que el mundo a mi alrededor se agriete, mientras yo me ahogo lentamente en lo que nunca llego a decir.
A veces el silencio no es ausencia de sonido, sino una acumulación de palabras que no encontraron salida y terminaron por cristalizarse en la garganta
En ocasiones me pregunto si la verdadera paz es esto: una rendición incondicional al silencio. Si la solución para que el mundo no se desmorone es que yo me convierta en una estatua que solo asiente, entonces que así sea. Quizás mi voz no es una herramienta, sino una amenaza, y aprender a asfixiarla es mi única forma de amar a los que me rodean. Me digo que no pasa nada, que el vacío que siento en el pecho es solo espacio libre, una limpieza profunda de todo lo que alguna vez quise gritar y que ahora, por fin, se está quedando mudo.
Pero hay una duda que me muerde por dentro, una pregunta que no puedo apagar: ¿cuánto de mí queda si quito todo lo que no puedo decir? Si me convierto en este refugio silencioso para los demás, ¿quién se queda a vivir conmigo en mi propio naufragio? A veces acepto que esta es la solución, que el silencio es mi escudo y mi condena, pero otras veces... otras veces el aire me falta tanto que me pregunto si estoy salvando sus vidas a cambio de enterrar la mía.
