parte:1 el primer día

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Maddison odiaba las mudanzas.
Las cajas, el polvo, las paredes nuevas que no olían a hogar… y sobre todo, empezar en una escuela donde nadie sabía su nombre.
Tenía ocho años cuando llegó al vecindario.
Su madre acomodaba plantas en el jardín mientras ella sostenía con fuerza su osito favorito, observando la casa de al lado. Fue entonces cuando lo vio.
Un niño de cabello rizado y despeinado, con una camiseta demasiado grande y rodillas raspadas, la miraba desde la acera con curiosidad.
—¿Te vas a quedar ahí parada todo el día? —preguntó él.
Maddison frunció el ceño.
—No.
—Entonces ven. Estoy construyendo una fortaleza.
Ella dudó. No conocía a nadie. Y él parecía… extraño.
Pero también parecía seguro. Como si supiera exactamente dónde pertenecía.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella finalmente.
—Jeffrey.
Él extendió la mano como si fuera un adulto importante cerrando un trato.
Maddison lo miró unos segundos antes de estrecharla.
—Maddison.
Ese fue el inicio.
La “fortaleza” resultó ser una estructura improvisada de cajas viejas y una sábana robada del tendedero. Jeffrey le explicó que era una base secreta contra monstruos invisibles y vecinos aburridos.
—Aquí estamos a salvo —dijo con total seriedad.
Maddison no creía en monstruos.
Pero esa tarde decidió creerle.
Porque por primera vez desde que llegó, no se sentía sola.
Los años pasaron rápido.
A los diez ya eran inseparables.
A los doce, sabían los secretos del otro.
A los catorce, la gente comenzó a hacer preguntas incómodas.
—¿Son novios? —les preguntaban en la escuela.
—¡No! —respondían al mismo tiempo.
Siempre al mismo tiempo.
Siempre riendo después.
Siempre convencidos de que era imposible.
Pero nadie notó el pequeño detalle que empezó a cambiarlo todo.
A los quince, Jeffrey dejó de ver a Maddison como la niña de coletas que lloraba cuando perdía en videojuegos.
Y Maddison dejó de ver a Jeffrey como el niño que le regaló una piedra “especial” diciendo que era un diamante.
Ahora lo veía diferente.
Más alto.
Más serio.
Más… atractivo.
Una tarde, sentados en la vieja fortaleza —que ya no era más que un recuerdo y un par de cajas olvidadas en el garaje— Jeffrey la miró fijamente.
—¿Sabías que prometimos algo cuando éramos niños?
—¿Qué cosa? —preguntó ella.
—Que siempre íbamos a estar juntos.
Maddison sonrió.
—Eso lo dicen todos los niños.
Jeffrey negó con la cabeza.
—Yo no lo decía en broma.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.
Más pesado.
Más peligroso.
Porque en algún momento entre las cajas de cartón y las rodillas raspadas… dejaron de ser solo niños.
Y lo que comenzó como una amistad inocente…
Estaba empezando a convertirse en algo que ninguno de los dos sabía cómo manejar.
Pero eso todavía no lo sabían.
Por ahora, seguían siendo lo que siempre habían sido.
Solo amigos.

solo "amigos"Des histoires addictives. Découvrez maintenant