En la corte de Daeron II, Baelor Targaryen -el príncipe perfecto, el Breakspear honorable, viudo y padre devoto- ha enterrado su deseo bajo capas de deber y silencio. Con su único hijo, Valarr, a punto de casarse con la bella Elinor Tyrell para sell...
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La noche en King's Landing olía a sal, humo y pecado. El viento traía consigo el hedor del puerto mezclado con el sudor de los cuerpos y el vino barato derramado en las cunetas. Las calles del Barrio de los Harapos eran un laberinto de antorchas parpadeantes y risas ahogadas, donde las sombras parecían más densas que en cualquier otro rincón de la ciudad. Allí, los hombres decentes no ponían el pie después del anochecer. O al menos, los hombres decentes que aún se preocupaban por su reputación.
Baelor Targaryen caminaba envuelto en una capa gris raída, la capucha echada tan baja que apenas dejaba ver la línea dura de su mandíbula. El barro se pegaba a sus botas con cada paso, como si la ciudad misma intentara retenerlo en sus entrañas. El príncipe perfecto, el viudo ejemplar, se preguntaba qué hacía allí, lejos de los muros del Septo y de la disciplina que había jurado mantener. Cada latido de su corazón le recordaba que estaba fuera de lugar, que se había dejado arrastrar por una insistencia que no debía haber escuchado.
A su lado, Maekar avanzaba con el mismo paso firme, aunque más rígido, como si cada movimiento le costara una batalla interna. Sus hombros tensos hablaban más que sus labios apretados: estaba allí por lealtad a su hermano, no por deseo propio. Detrás de ellos, Aerion Targaryen -el sobrino impetuoso, el hijo segundo de Maekar- reía por lo bajo, guiándolos con la confianza de quien ha pisado esos adoquines demasiadas veces. Sus ojos brillaban con la malicia de quien disfruta de quebrar las reglas, y su voz se alzó como un cuchillo que cortaba la niebla.
-Vamos, andando -dijo Aerion, su tono un susurro conspirador cargado de burla-. Dos viudos jóvenes todavía, treinta y ocho y treinta y seis veranos, y ¿qué hacéis? Os enterráis en libros y deberes como si el Trono ya fuera vuestro. Valarr se casa en dos días con esa rosa Tyrell, y luego os quedaréis solos con vuestras armaduras y vuestros remordimientos. ¿No merecéis una noche para recordaros que seguís siendo hombres?
Baelor no respondió. Solo apretó los labios, como si el gesto pudiera contener la tormenta que se agitaba en su pecho. Había aceptado venir porque Aerion no dejaba de insistir, porque Maekar había gruñido un "que se calle de una vez" y porque, en lo más hondo de su ser, una parte traicionera anhelaba algo más que el silencio de sus aposentos. Jena llevaba muerta demasiados años, y el recuerdo de su sonrisa se había vuelto un fantasma que lo acompañaba en cada vigilia. Valarr era su mundo ahora, pero en dos días su hijo tendría una esposa, una vida propia. Y Baelor... Baelor se quedaría con Maekar, tal vez, pero un hermano no llenaba el vacío que dejaba una mujer.
-Solo para que te calles, sobrino -masculló al fin, su voz grave como el acero-. Y si alguien nos reconoce, te romperé la cara yo mismo.
Aerion soltó una carcajada que resonó en las paredes húmedas del callejón.
-Con esas capas parecéis mendigos con ínfulas. Nadie os reconocerá. Y si lo hacen... bueno, dirán que los príncipes también sangran rojo como el resto.
El comentario quedó flotando en el aire, insolente y ligero, mientras los tres doblaban la esquina. El bullicio del Barrio de los Harapos se transformó en un murmullo más denso, cargado de música apagada y perfumes dulzones que intentaban disfrazar el hedor del vino rancio. Allí, entre las sombras, se alzaba la puerta del burdel: una casa de tres pisos con ventanas tapiadas y un letrero pintado en dorado que rezaba "El Jardín de las Sombras". Las letras parecían brillar bajo la luz de las antorchas, como si invitaran a perderse en un mundo donde la decencia no tenía cabida.