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Prólogo - Antes del ruido

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Con el tiempo entendí que no empezó con el virus.

Empezó mucho antes.

Cuando dejamos de mirarnos a los ojos.

Al principio eran solo teléfonos.
Servían para mantenernos en contacto.
Después llegaron las redes sociales.

Fotos.
Videos.
Comentarios.

El tiempo empezó a acortarse.
Los videos duraban treinta segundos.
Después quince.
Después ocho.

Ocho segundos para reír.
Ocho segundos para indignarse.
Ocho segundos para seguir de largo.

La atención se volvió frágil.
Deslizar el dedo era más fácil que pensar.
Responder con un emoji era más simple que hablar.

Después llegó la inteligencia artificial.
Al principio era cómoda.

Sugería qué mirar.
Qué comprar.
Qué escuchar.

Luego empezó a sugerir qué decir.
Mensajes listos.
Respuestas automáticas.
Decisiones optimizadas.
Delegar se volvió normal.

— Es más eficiente.
— Es más objetivo.
— Es más seguro.

No parecía peligroso.

Era simplemente práctico.

Después aparecieron los primeros videos extraños.

Un hombre en el supermercado, parado frente a la caja con el carrito lleno, sin pagar.

Una chica sentada en un banco durante horas.
Un profesor que interrumpía una frase a la mitad y no la retomaba.

Al principio parecían casos aislados.
Estrés.
Burnout.
Exceso de estímulos.
Después los casos aumentaron.

Las personas afectadas no eran agresivas.

No eran violentas.
Podían comer.
Podían caminar.
Podían hablar.

Pero parecían incapaces de hacer cosas simples.

Responder una pregunta directa.
Tomar una decisión.
Reaccionar ante algo urgente.
Como si la parte más compleja se hubiera apagado.

Los noticieros evitaron la palabra “virus” durante semanas.

Después llegó.

Virus.
Era real.

Aislado en laboratorio.

Secuenciado.
Capaz de transmitirse.
Pero no se entendía cómo actuaba realmente.

Afectaba a algunas personas más que a otras.
No seguía una lógica clara.

Ni edad.
Ni país.
Ni condición económica.

Los científicos hablaban de degeneración neuroconductual.
La gente lo llamó de otra manera.
Estupidiotas.

No era un término médico.
Pero quedó.
Mientras tanto, ocurría algo que al principio parecía desconectado.

Los animales.

Bandadas que cambiaban de dirección con una precisión antinatural.

Cuervos que dejaban objetos frente a las casas.

Perros que evitaban a algunas personas y se acercaban a otras.
Después llegaron los primeros estudios.

Aumento de la actividad neuronal en ciertas especies.
Mayor coordinación entre grupos.
No estaba claro por qué.

Los Estados reaccionaron con miedo.
Si el virus podía tener origen animal, entonces los animales eran el problema.

En algunas ciudades comenzaron sacrificios masivos.

Bandadas eliminadas.

Zonas “desinfectadas”.

Cielos repentinamente vacíos.
Las imágenes dieron la vuelta al mundo.

Pero el comportamiento animal no disminuyó.

Al contrario.
La sociedad, en cambio, se ralentizaba.

No explotaba.

Se vaciaba.

Cada vez más personas incapaces de reaccionar.
Cada vez más silencios.
Cada vez menos decisiones.

La escuela cerró “temporalmente”.
No volvió a abrir.
En ese momento nadie hablaba de selección.

Nadie hablaba de reequilibrio.
Era solo una crisis.

Un virus extraño.

Una sociedad frágil.
Animales inquietos.
No parecía el inicio de algo nuevo.
Parecía simplemente el final de algo viejo.

PostHomo - Los Que QuedaronHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora