Capitulo 1

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Hola, probablemente muchos de ustedes ya me conocen pero para los que no, me presento...

Soy Lionel Scaloni y llevó trabajando en la industria de la moda por más de veinte años, soy el dueño de SCLN Management, la agencia de modelaje más importante del país.

Junto a mi esposo, el reconocido fotógrafo Pablo Aimar, hemos construido un espacio que ha ayudado a potenciar las carreras de miles de diseñadores, fotógrafos y modelos por años pero esta vez, queremos hacer algo diferente.

Estoy buscando a una estrella.

Por eso, esta vez, te estamos buscando a vos.

Estamos buscando al siguiente rostro masculino del modelaje y queremos documentar todo el proceso.

Buscamos a trece participantes, todos desconocidos, para participar en un reality de encierro dónde semana a semana se irán enfrentando a diferentes desafíos hasta que sólo uno se corone cómo el gran ganador.

¿Los premios? Un contrato nacional con Adidas, la oportunidad de firmar y tener un contrato exclusivo con mi agencia por tres años, ah, me olvidaba, también ganar cien millones de pesos.

Si te interesa la fotografía, el diseño, el modelaje o si simplemente te interesa participar en el primer reality de este estilo en nuestro país, si estás dispuesto a enfrentarte a este desafío, anotate en el link que aparece abajo y vas a poder participar del gran casting general que haremos en Buenos Aires.

Te estamos buscando.

El gran ganador podrías ser vos…














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Esa última frase de Scaloni se quedó incrustada en el cerebro de Julián mientras la publicidad terminaba de emitirse por la televisión. Incluso cuando la pantalla cambió de programa y volvió a su programación habitual, esas palabras seguían ahí, reproduciéndose en su cabeza sin parar.

Sabía que era una locura.
Pero… ¿y si esa era la oportunidad que había estado esperando toda su vida?

Desde chico, la moda había sido parte de su mundo sin que él se diera cuenta. Creció entre percheros repletos de telas, etiquetas cosidas a mano y conversaciones sobre colores, talles y temporadas. El modesto local de ropa de su mamá en Calchín había sido su primer universo creativo: el olor a tela nueva, el sonido de la tijera cortando, el espejo del probador en el que se miraba de reojo haciendo muecas y posando mientras nadie lo veía. Su abuela, con el hilo siempre enredado entre los dedos, había terminado de sembrar esa fascinación, enseñándole que una prenda no era solo ropa, sino una forma de expresión, una forma de vida.

Le gustaba la moda. Le gustaba la idea de vestir prendas finas, de sentir cómo la ropa se adaptaba a su cuerpo, de darle vida con un gesto, una mirada, una postura. Le gustaba imaginarse frente a una cámara o caminando por una pasarela con las luces encima, los flashes estallando a su alrededor, el corazón golpeándole el pecho con fuerza. Solo pensarlo le aceleraba la respiración, como si su cuerpo reconociera ese deseo antes que su cabeza.

Y aun así, nunca había hecho nada para perseguirlo.

Tal vez por miedo. Tal vez por resignación. Tal vez porque al crecer en un pueblo tan pequeño como Calchín le había enseñado, casi sin querer, que ciertos sueños eran para otros. Ahí la moda no era prioridad, no era aspiración, no era futuro, no era algo que estuviera destinado a la grandeza, el local de su madre había ayudado a los ingresos de la familia por años pero nunca en montos exagerados. Además, Buenos Aires quedaba lejos. Ese mundo parecía inaccesible, reservado para gente distinta, más valiente, más segura, más todo.

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