Gracias

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Me senté en esa sala de interrogatorios fría, con las manos esposadas, mirando al oficial que grababa todo. "24 horas hasta que llegaron ustedes, señor policía, y luego otras 12 aquí, esperando. ¿Sabe qué? Fueron las mejores de mi vida", dije con una sonrisa que no podía contener. Él levantó una ceja, pero yo seguí, como ahora confesándome que todo comenzó hace años, en esa misma iglesia donde el padre Miguel me encontró vulnerable.

Era un niño entonces, buscando refugio en la fe. Él se ganó mi confianza con palabras suaves, con promesas de salvación. Lentamente, sus manos se desviaron a partes que no debía tocar: primero un roce accidental en el hombro, luego en la espalda, y después... después destruyó todo. Mi fe se hizo trizas bajo sus caricias prohibidas, en el silencio del confesionario. Cuando se supo –de él y de varios más–, la iglesia lo mandó a otro lado, lejos, sin castigo. Como si nada. Pero ayer lo hallé de nuevo. Busqué en mapas viejos, en rumores de feligreses, y allí estaba, en una parroquia remota, fingiendo santidad.

La iglesia estaba sola esa noche, un edificio antiguo con ecos de oraciones olvidadas. Entré sigiloso, lo encontré rezando en el altar. Lo inmovilicé con una cuerda que traía, y durante esas largas horas, lo toqué en lugares que no debía. No con manos, no. Con una raqueta matamosquitos que encontré en el sótano, esa de metal que chisporrotea con electricidad. Cada descarga era un eco de lo que me hizo: en el pecho, en las piernas, en lo más íntimo. Gritaba, suplicaba, pero yo le susurraba versos de la Biblia mientras el hambre me roía por dentro –no había comido nada en todo el día, solo rabia y hambre de justicia tambien–. Horas interminables, hasta que dudó de su fe, como yo dudé de la mía. Lágrimas en sus ojos, balbuceando que Dios lo había abandonado.

Pero acá estoy, continué confesándome ante usted, señor policía, con el alma ligera por primera vez. De pronto, la cámara se apagó con un clic seco. Todos los oficiales entraron a la sala, sin testigos, sin luces rojas parpadeantes. Me sacaron las esposas en silencio, me guiaron al pasillo, al coche patrulla. No entendía nada hasta que me dejaron en mi casa, bajo la lluvia. El último oficial, antes de cerrar la puerta, me miró fijo y murmuró:

"Gracias...en nombre de todos".

*Extracto del diario del día: "Padre Miguel es hallado muerto por suicidio, con drogas y material gráfico ilegal en su posesión. Caso cerrado."*

Ya no tenía más hambre.

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⏰ Last updated: Feb 13 ⏰

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