suguru caminaba por las calles de shibuya. la noche era fría, por el invierno. suguru llevaba un chaqueta puesta y aún así, cada oleada de frío lo azotaba.

era común que suguru saliera de noche, a distraer su mente del deber. la vida no siempre era fácil cuando heredarías un gran negocio familiar a tus recién cumplidos veintiún años.

suspiró.

a veces se sentía tan abrumado por la vida. pero ver las estrellas, las familias caminando, los carros en movimiento, las hojas de los árboles y las flores poniéndose blancas por la nieve... eso llenaba su corazón. se sentía, por una vez en paz.

la ciudad parecía respirar a su alrededor, y por un instante, los problemas que lo esperaban en casa se desvanecieron entre el murmullo de la noche. Suguru cerró los ojos, dejando que el aire helado rozara su rostro, y por primera vez en días, permitió que una sonrisa tranquila se dibujara en sus labios.

aunque su destino lo llamaba con responsabilidades pesadas y decisiones que nunca había querido enfrentar, allí, bajo las luces de shibuya y la nieve silenciosa, solo era él. nadie más, ningún título, ningún deber... solo suguru, caminando entre estrellas y sueños que aún no se atrevían a marchitarse.

pero, la tranquilidad fue interrumpida por un individuo con capucha y sosteniendo un arma blanca, amenizándolo con este al poner el arma en su cuello sin poner mucha presión.

—haz silencio, hermosura.

murmuró aquel hombre arrastrando al chico hasta un callejón oscuro donde se encontró con sus secuaces.

—por favor, no me hagas daño, te lo
suplico...—pidió suguru, su voz salió temblorosa. aterrorizado.

todos a su alrededor se rieron, y el hombre anterior tiró al azabache al suelo.

—eres lindo, demasiado. ¿quieres divertirte con nosotros?—acarició el rostro frío de suguru con una sonrisa ladina en su rostro. suguru apartó la mano ajena abofeteándola.
—¡pequeño mocoso! —.

y suguru recibió un fuerte puñetazo, cayendo de pecho al suelo sollozando.

uno de los tipos hizo un gesto, y entre todos arrastraron a suguru hacía la oscuridad.

los hombres le quitaron su camisa, tres sostenían al chico y otros dos jugaban con el. pasaron el lado no punzante del arma por su vientre lentamente, y rió.

—eres muy divertido, ¿sabes? hace mucho tiempo que no clavo mi polla en un lindo chico como tú. bueno, ninguno de nosotros en realidad—todos rieron maliciosos.

—¿q- qué? ¡no! ¡por favor!—suplicó.

y de ahí en adelante, todo se volvió borroso por las lágrimas de chico.

rato después, suguru pudo zafarse del agarre de todos esos hombres perversos. suguru jadeaba, con la cabeza baja, intentando pensar rápido mientras sus pies resbalaban en la acera húmeda. en el camino iba poniéndose su chaqueta que pudo recuperar, su camiseta por otro lado no tuvo suerte... el frío de la noche le quemaba la piel, pero ni eso lograba distraerlo del terror que sentía. los pasos detrás de él sonaban como ecos de condena. cada vez que giraba la cabeza, veía la silueta de los secuaces acercándose, y el cuchillo brillando le hacía sentir que la oscuridad se cerraba sobre él.

—¡vamos, mocoso, no te hagas el valiente!—gritó uno de ellos, su voz ronca y burlona, mientras se acercaban.

suguru tropezó, casi cayéndose, pero logró impulsarse hacia adelante, con la única idea de escapar. dobló una esquina, casi corriendo, sintiendo que su corazón le explotaba en el pecho. la calle estaba desierta, salvo por algunas farolas que parpadeaban, proyectando sombras que parecían manos listas para atraparlo.

the space between danger & u.Where stories live. Discover now