A los veinticinco (o veintiséis, todavía no lo tengo claro) se supone que una ya debería tener ciertas cosas resueltas. O al menos aparentarlo bastante bien. Yo hago lo que puedo.
Terminé la carrera, tengo un trabajo decente y una familia que no me deja olvidar ni por un segundo que “el tiempo pasa”. Mis hermanas, por ejemplo, son el recordatorio constante de que algunas personas nacen con un manual de instrucciones que a mí nunca me llegó.
Ellas saben elegir: ropa, decisiones, parejas. Yo sé dudar. Mucho. Y pensar las cosas de más, incluso cuando no hace falta pensarlas.
El amor dejó de entusiasmarme después de comprobar que no siempre viene con finales felices, y que confiar ciegamente suele salir caro. Así que adopté una postura bastante cómoda: expectativas bajas, sarcasmo alto y cero ilusiones innecesarias. Funciona… casi siempre.
Esa noche, sin embargo, acepté salir. Con frío, con un vestido que mostraba más piel de la que me parecía razonable y con la firme convicción de que no iba a pasar absolutamente nada interesante. Porque, seamos sinceros, las cosas importantes nunca pasan cuando una las espera.
Spoiler: estaba equivocada.
Y como suele pasar, todo empezó cuando yo estaba ocupada fingiendo que tenía todo bajo control.
BẠN ĐANG ĐỌC
El riesgo de volver a latir
Lãng mạnNo todos los encuentros importantes pasan en fiestas descontroladas ni empiezan con miradas perfectas. Algunos pasan en eventos aburridos, por compromiso, porque tu madre insiste y vos solo querés irte lo antes posible. Ella tiene su vida más o...
