Janka.
Zanka creía estar escribiendo el guion de una tragedia, sin darse cuenta de que
solo era el actor principal en una obra
dirigida por el hombre que fingía
besar su sombra en el pavimento.
- toxic relationship.
...
La lluvia en la ciudad no limpiaba las calles; solo hacía que la suciedad brillara bajo el neón. Zanka detestaba la humedad, pero esa noche la aceptaba como un mal necesario. El agua hacía que el rastro de Jabber fuera más evidente, una firma invisible que podía rastrear con los sentidos alerta. Podía olerlo a la distancia: una mezcla de tabaco barato, pólvora y ese aroma metálico que desprende la adrenalina de quien se sabe cazador.
Zanka caminaba con la espalda recta, cada paso calculado con una precisión militar. No necesitaba girar la cabeza para confirmar la posición de su perseguidor; sabía que Jabber estaba a exactamente veintidós metros de distancia. El acecho de Jabber no era sutil ni profesional; era el comportamiento de un animal hambriento que disfruta haciendo saber a su presa que los dientes están cerca.
Al doblar la esquina hacia la Avenida Central, Zanka se detuvo frente al escaparate de una tienda de antigüedades. El cristal oscuro le sirvió como un espejo perfecto. Allí estaba él, la sombra que se negaba a desaparecer.
Jabber estaba apoyado contra una cabina telefónica fuera de servicio. Tenía el cabello empapado pegado a la frente y la mirada fija, desorbitada, clavada con una intensidad febril en la nuca de Zanka. No parpadeaba. Su rostro sostenía una expresión de adoración religiosa mezclada con una sed de sangre mal contenida. Jabber no buscaba un final rápido; buscaba la posesión absoluta de cada suspiro y cada movimiento de su objetivo.
—Patético —susurró Zanka para sí mismo, aunque una chispa de placer oscuro recorrió su columna vertebral al sentirse el centro de aquella devoción enferma.
Zanka entró en una cafetería de mala muerte que olía a grasa vieja y café quemado. Escogió una mesa junto a la ventana, la posición más expuesta y vulnerable del local. Pidió una taza de café negro que no tenía intención de beber. A los pocos segundos, la figura de Jabber se materializó al otro lado del cristal, recortada contra la penumbra de la calle.
Jabber pegó la palma de la mano al vidrio. Sus dedos temblaban de una forma rítmica, una manifestación física de una euforia que rayaba en la locura. Sus ojos recorrían la figura de Zanka con una minuciosidad obscena: estudiaba la inclinación de sus hombros, la forma en que sus labios rozaban el borde de la porcelana y la cadencia de su respiración. Era un voyerismo agresivo, una invasión que no requería contacto físico.
De pronto, Jabber sacó un marcador permanente del bolsillo y, con movimientos lentos y ceremoniales, dibujó un pequeño círculo en el vidrio, justo a la altura de la frente de Zanka. Acto seguido, presionó sus labios contra el trazo negro en un beso distorsionado por el frío del cristal.
Cualquier observación de la escena habría revelado a un hombre que había perdido el juicio por completo, un acosador consumido por una obsesión yandere que lo volvía descuidado y errático. Zanka sacó su teléfono por debajo del nivel de la mesa. Sus dedos volaron sobre la pantalla con una frialdad técnica.
> Para: Unidad de Contención > Mensaje: “El espécimen está en fase maníaca. Su fijación es total. No sospecha absolutamente nada. Procedan con la Fase 2 en el almacén. No lo quiero muerto aún; quiero que entienda que su amor es su sentencia”.
Zanka levantó la mirada y le dedicó a Jabber una sonrisa gélida. Jabber respondió con una risa silenciosa, golpeando el cristal con los nudillos en un ritmo frenético, como si quisiera romper la barrera que los separaba. Pero antes de que la persecución continuara esa noche, el recuerdo de cómo habían llegado a este punto de quiebre se hizo presente en la mente de ambos.
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Tres días antes, la dinámica era distinta, aunque igual de retorcida. El sol de la tarde caía sobre el apartamento de Zanka, un espacio minimalista donde cada objeto tenía su lugar. Zanka había encontrado una nota debajo de su almohada esa mañana. No había señales de entrada forzada, ni alarmas activadas. La nota solo decía: “Duermes con la boca abierta cuando sueñas conmigo. Te ves hermoso cuando tienes miedo”.
Esa misma tarde, Zanka había decidido confrontar la sombra. Había subido a la azotea del edificio contiguo, sabiendo que Jabber lo observaba desde algún punto ciego.
—¡Sé que estás ahí! —gritó Zanka al vacío, aunque su voz no mostraba miedo, sino una irritación soberbia. —Deja de esconderte como un animal herido. Si tanto me deseas, ven y tómalo.
Jabber no salió de las sombras de inmediato. En su lugar, una pequeña piedra rodó hacia los pies de Zanka. Luego, una risa rasposa emergió de entre los conductos de ventilación. Jabber apareció gateando por el borde de la cornisa, con una agilidad inquietante que contrastaba con su apariencia descuidada.
Se acercó a Zanka hasta que sus narices casi se tocaron. Su aliento olía a nicotina y a una urgencia desesperada.
—No te estoy siguiendo, Zanka —susurró Jabber, con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa que temblaba. —Estoy cuidando mi propiedad. Cada vez que parpadeas, pierdo un segundo de tu vida, y eso me duele más que cualquier bala.
Jabber se había arrodillado y había comenzado a besar el borde de la gabardina de Zanka, con una devoción que parecía auténtica demencia. En ese momento, Zanka sintió una superioridad absoluta. Vio a un hombre destruido por el deseo, un arma poderosa que ahora era esclava de sus propios impulsos.
Fue ahí donde Zanka decidió que no lo mataría de inmediato; lo usaría. Lo guiaría a través de su obsesión hasta que el mismo Jabber construyera su propia jaula.
Lo que Zanka no analizó en aquel atardecer en la azotea fue la mirada de Jabber cuando bajaba la cabeza para besar su ropa. En esos breves segundos donde Zanka no podía ver sus ojos, la locura desaparecía. Las pupilas de Jabber se dilataban no por amor, sino por el cálculo frío de un depredador que sabe exactamente qué tan cerca debe estar de la llama para no quemarse, pero sí para hacer creer al fuego que tiene el control del incendio.
Jabber se dejó humillar, dejó que Zanka le pateara el hombro para apartarlo y se quedó allí, en el suelo, fingiendo sollozar de placer doloroso mientras Zanka se marchaba triunfante.