No me sueltes

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Y tras aquella última noche solo hubo silencio.

Pasaron días, incluso semanas, en las que no nos vimos. No me atrevía a correr la cortina porque sabía que verlo era dar un paso atrás. No usaba el ascensor; solo imaginar tener que estar unos instantes a solas con él me ponía de los nervios.

Casi no salía de casa. No quería verlo.
Suena a estar medio loca, pero después de aquella última noche lo único que deseaba era verlo y decirle que se olvidase de todo, que lo único que quería era que me abrazase muy fuerte, que necesitaba volver a sentir su respiración con la mía. Necesitaba su ruido, porque el silencio que había dejado en mí era ensordecedor.

Estábamos a unos días de las vacaciones de Navidad. Eso significaba, sí o sí, irme al pueblo y no volver en tres semanas.

En el fondo sabía que era lo mejor que podía pasar en aquel momento, pero el corazón lo tenía completamente aniquilado.

Pensaba que vendría a decirme que quería intentarlo de nuevo. Pensaba que se curraría que pasase algo entre nosotros. No entendí esa desaparición.

Era jueves, el último jueves antes de Navidad, y en clase ese día no íbamos a hacer mucho; a las doce ya estábamos fuera. Estaba sentada en la plazoleta frente a la facultad, con varios compañeros, al sol, tomando cervezas y contando los planes navideños.

Me reía, intentando no pensar en nada que no fuese ese momento, cuando el móvil vibró:

"Hola, Martina. No quiero molestarte, pero me dejé hace tiempo un jersey en tu casa y me gustaría recuperarlo para usarlo hoy. Dime cuándo estás por aquí y paso en un segundo."

¿No tendría otro jersey?
¿En serio, después de un siglo de silencio, ese había sido su mensaje?

Bloqueé el móvil y pedí una cerveza doble. No quería volver a casa, no quería verlo y no quería pensarlo más.

A las seis de la tarde me llamó Guille.
—Marti, estos van a ir a cenar al bar de abajo de mi casa, al de las tapas tan ricas. ¿Te apuntas antes de salir?
—Vale, ¿a qué hora habéis quedado?
—A las nueve en mi casa, ¿te parece?
—Claro, me voy ya para casa, que estoy con la gente de clase.
—Perfecto, fea, luego te veo.

Pagué, me despedí y puse rumbo a casa.

Al llegar entré directa en mi habitación, busqué su jersey y lo doblé. Todo su olor llegó directo a mi nariz y, al aspirar ese aroma dulce, el cuerpo me tembló. Respiré hondo. Tenía que mentalizarme de que iba a verlo, pero no iba a pasar nada. Él ya había tomado una decisión y, por lo visto, yo no estaba en sus planes.

Le escribí:

"Estoy en casa. Ven rápido porque en breve me voy."

Diez minutos después llamaron al timbre.
—Hola, Martina.
—Hola. Aquí tienes tu jersey —dije, alzando la bolsa.
—Gracias.
Se quedó quieto en la puerta.
—¿Necesitas algo más?
—¿Podemos hablar?
—Me viene fatal, la verdad. He quedado y no me da tiempo.
—Por favor, solo dos minutos.
Respiré.
—Vale, pasa al salón.

Si lo llevaba a la habitación sabía que no iba a poder resistirme a arrastrarme como una serpiente en mitad del bosque.

Se sentó en el sofá. Seguía callado.
—Pues tú dirás, de verdad que no tengo mucho tiempo.
—Perdona por no haber dado señales de vida, pero saber que había alguien más me explotó un poco la cabeza.
—Nunca he dicho que hubiese nadie más. Dije que conocí a alguien, no que se hubiese quedado.
—Ya...
—Además, no tienes que darme explicaciones. Es tu decisión, y yo la respeto.
—No lo fue. No supe cómo volver a hablar contigo. Había pasado demasiado tiempo. Y lo único que se me ocurrió fue el jersey.
—Bueno, pues ya estás hablando y ya tienes el jersey.
—Lo siento.
—Da igual. Ya da igual.

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