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En un mundo donde a las personas se les asignaba un “alma gemela”, alguien que supuestamente las complementaría a la perfección, estaba Kenma.
Kenma Kozume era un joven que no creía en ese estúpido emparejamiento. Para él, el sistema no era ni confiable ni certero.
¿De verdad el gobierno podía saber quién era la persona ideal para alguien? ¿Cómo podían decidir algo tan personal basándose únicamente en números y estadísticas?

Existía una asociación gubernamental que asignaba una pareja a cada ciudadano al cumplir los dieciocho años. En caso de que una de las dos personas fuera mayor, debía esperar a que la otra alcanzara la mayoría de edad. Solo entonces ambos eran informados de su compatibilidad y de quién era su supuesta “otra mitad”.
Por eso, no era extraño que muchas personas pasaran años sin conocer a su pareja asignada, incluso después de cumplir los dieciocho.

Ese era el caso de Kuroo Tetsurō.
Increíblemente atractivo, descarado, coqueto y poseedor de un carisma natural que parecía atraer miradas sin esfuerzo. Y, casualmente, hijo del hombre que dirigía la asociación FYOS, siglas de Find Your Other Self, la entidad encargada de calcular y administrar los porcentajes de compatibilidad entre las personas.

Kuroo también trabajaba allí. No ocupaba un puesto especialmente alto —carecía de estudios formales por ahora—, pero pasaba sus tardes libres ayudando en lo que podía, más por decisión propia que por obligación.
A diferencia de muchos, Kuroo sí creía en el sistema.

Había crecido observando cómo los números encajaban, cómo las parejas asignadas encontraban estabilidad y cómo los porcentajes no eran simples cifras, sino patrones cuidadosamente calculados. Para él, la compatibilidad no era una ilusión romántica, sino una forma distinta de entender el destino.
Creía que, en algún punto, los datos siempre decían la verdad.
Y estaba convencido de que, cuando llegara el momento de conocer a su otra mitad, no existirían dudas.
La asociación FYOS fue creada oficialmente treinta y dos años atrás, en respuesta a lo que los informes gubernamentales denominaron la crisis de compatibilidad social. Las tasas de divorcio aumentaban, los conflictos interpersonales se multiplicaban y la soledad comenzó a tratarse como un problema estadístico antes que emocional.

FYOS prometía una solución objetiva.
A través de datos genéticos, patrones de conducta, respuestas neurológicas y proyecciones psicológicas, el sistema calculaba el porcentaje de compatibilidad entre dos personas con una precisión que superaba cualquier criterio humano. No hablaba de amor, sino de estabilidad. No de sentimientos, sino de probabilidades de éxito.
El programa fue presentado como una guía, no como una imposición.
Sin embargo, con el paso de los años, la compatibilidad dejó de ser una recomendación y comenzó a percibirse como una verdad incuestionable. Los números no solo sugerían con quién estar. Definían expectativas, justificaban decisiones y, para muchos, determinaban el valor de una relación.
FYOS no prometía felicidad.
Prometía eficiencia.
Pero eso era algo que no todos comprendían.

Y eso nos llevaba nuevamente a Kenma.
Sus padres habían sido el ejemplo perfecto de lo que ocurría cuando alguien permitía que las estadísticas definieran una relación. A medida que sus porcentajes de compatibilidad descendían con el tiempo, en lugar de intentar reconstruir lo que tenían, simplemente se separaron. Sin discusiones dramáticas ni intentos desesperados por arreglarlo. Solo aceptaron los números.
Kenma tenía catorce años cuando sucedió.
Aunque en su momento lo afectó más de lo que estaba dispuesto a admitir, con los años aprendió a convivir con ello. Actualmente vivía solo, algo que muchos consideraban extraño para alguien de su edad, pero que para él representaba tranquilidad.

Había ingresado a la universidad un año antes de lo habitual, gracias a su sobresaliente rendimiento académico. Estudiaba Diseño y Programación de Videojuegos, una carrera que le permitía pasar la mayor parte del tiempo frente a una pantalla, analizando mecánicas, estructuras y sistemas que funcionaban bajo reglas claras.

No le interesaba contar grandes historias ni crear mundos llamativos. Lo que realmente le gustaba era entender cómo funcionaban los juegos desde dentro: el equilibrio entre dificultad y recompensa, la lógica detrás de cada decisión y la forma en que pequeños cambios podían alterar por completo la experiencia del jugador.
Para Kenma, los videojuegos no eran solo entretenimiento.
Eran sistemas predecibles en un mundo que no lo era.

Hoy era 14 de octubre y estaba a punto de terminar su primer año universitario. Había hecho algunos amigos —pocos, pero suficientes— y comenzaba a adaptarse a una rutina que no le exigía más interacción social de la estrictamente necesaria.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que tenía el control absoluto de su propia vida.
Al menos, eso era lo que creía.



Al menos, eso era lo que creía

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Holaa soy kukis. Primer cap ke emocionnn ojala les guste mua besosss

asignados- kurokenStories to obsess over. Discover now