Capitulo 1: El eco de lo perdido
El amanecer no traía esperanza. El cielo estaba cubierto de un gris tan espeso que parecía querer caer sobre la ciudad y aplastarlo todo. Nicholas ajustó la correa de su mochila y se obligó a seguir caminando. El polvo se levantaba con cada paso, flotando lento, como si ni siquiera la gravedad tuviera fuerzas en este lugar.
El silencio era casi perfecto. Casi. Porque Nicholas sabía que en las ciudades muertas nada estaba realmente quieto. Siempre había algo mirando desde los rincones, esperando.
Un crujido lo hizo detenerse. Unos metros más adelante, entre los restos de un kiosco, un cuerpo se movió. No caminaba: se arrastraba con movimientos quebrados, como si alguien invisible tirara de sus extremidades. El estómago de Nicholas se encogió. No era humano. Era uno de ellos.
Se pegó a la pared más cercana, conteniendo la respiración. El cuerpo giró la cabeza con un chasquido seco, huesos contra huesos. Los ojos estaban vacíos, sin luz, pero Nicholas juraría que podía sentirlos sobre él.
No era la primera vez que veía un Marionetista, pero nunca dejaba de ser igual de aterrador. Cada encuentro era un recordatorio brutal: la ciudad no estaba abandonada. La ciudad estaba tomada.
Esperó unos segundos eternos hasta que la cosa se perdió entre las sombras. Solo entonces se atrevió a moverse, despacio, cuidando de no pisar los vidrios rotos que cubrían la vereda.
Pasó junto a una panadería. El cartel colgaba de un clavo oxidado, las letras a medio caer. El interior era un esqueleto: estantes quemados, bolsas de harina abiertas y ennegrecidas. El olor ya no era de pan recién hecho, sino de humedad y ceniza.
Un recuerdo lo golpeó con violencia: su hermana pequeña riendo mientras robaba un pedazo de masa cruda de la mesa, su madre fingiendo enojarse y luego persiguiéndola por la cocina. El recuerdo fue tan nítido que le ardieron los ojos.
—Basta —murmuró para sí mismo, como si pudiera regañar a su memoria.
Siguió caminando. No podía permitirse recordar demasiado tiempo. Recordar era bajar la guardia. Y bajar la guardia en esta ciudad era morir.
A la vuelta de la esquina encontró un charco de agua sucia. Se inclinó y vio su reflejo. Apenas lo reconoció. El chico que había sido ya no existía. El que lo miraba ahora tenía la piel curtida, ojeras marcadas, ojos que ya no conocían descanso.
—Te ves como un fantasma —se dijo en voz baja, y se obligó a apartarse.
El viento arrastró papeles quemados por la calle. Uno de ellos se pegó contra su pierna. Lo tomó. Era un folleto viejo del régimen, amarillento, con las letras desdibujadas: “El orden nos salvará.” Nicholas apretó los dientes y lo arrugó hasta hacerlo un puño.
Un ruido metálico retumbó a lo lejos. Algo cayó. Nicholas se agachó de inmediato, pegando la espalda a una pared. Su corazón latía como un tambor en el pecho. No veía nada, pero eso no significaba que no hubiera algo.
Esperó, respirando lo más bajo posible. El sonido no se repitió. Solo el eco distante de la ciudad muerta.
Se obligó a moverse. Tenía que encontrar un refugio antes de que oscureciera. No porque la noche trajera frío —ya no lo sentía—, sino porque la noche traía más de ellos. Los Marionetistas parecían multiplicarse en la oscuridad, como si fueran parte misma de ella.
Pasó frente a un coche volcado. El parabrisas estaba roto y el interior lleno de polvo y hojas secas. Se detuvo un momento y metió la mano en la guantera. Nada útil, solo un encendedor gastado. Lo guardó de todos modos. En este mundo, incluso una chispa podía significar la diferencia entre vivir y morir.
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La Ciudad de Los Marionetistas
AdventureEn una ciudad devorada por las cenizas y el silencio, Nicholas camina entre ruinas donde nada está realmente muerto.
