Septiembre de 1822
La tarde caía sobre la Plaza de la Constitución con un murmullo expectante que no se parecía a ninguna manifestación común. Desde temprano, los soldados habían ocupado cada espacio, elevando toldos, alineando filas... y una sola consigna se repetía entre los ciudadanos:
"Discurso del Emperador, esta noche a las siete".
Gómez Farías caminaba entre la multitud con el ceño apenas fruncido, señas de su habitual impaciencia ante las ceremonias estatales. Cuántos discursos había escuchado ya sobre "unidad", "fortaleza" y "progreso"... y cuántos de ellos acabaron en tensiones entre soldados y legisladores, o en crisis económicas que el pueblo pagaba con sudor. El Imperio, desde su reciente coronación, había sido una fuente constante de altibajos.
Pero esta convocatoria... era diferente. No había simple emoción popular o desdén. Había preocupación lista para estallar.
Como republicano convencido, hizo un cálculo automático: mostrar apoyo público a un discurso imperial sin la aprobación del Congreso... podría cimentar aún más poder autocrático.
La plaza estaba llena de miradas diversas: criollos curiosos, mestizos y mulatos observando con cautela, y algunos —como él— más atentos que tranquilos. Algunos diputados criollos debatían sobre detener la reunión; otros se resignaban, sabiendo que no tenían medios claros para hacerlo.
Y entonces Agustín I subió al podio.
No llevaba corona ostentosa ni ropajes deslumbrantes. En su lugar, un uniforme militar sobrio, como el de un comandante que sabe que la guerra no se gana con palabras vacías.
El discurso comenzó con elogios a la independencia, sí, pero pronto viró hacia una realidad más dura: la economía maltrecha, la fuga de propiedades valiosas y una propuesta radical:
"Utilizaremos las propiedades de los peninsulares que quedan en México para beneficio de nuestro país...".
Eso lo detuvo en seco.
Valentín Gómez Farías inclinó la cabeza con ligera incredulidad. No por el contenido —que sabía sería popular entre muchos criollos— sino por la audacia de presentarlo sin previo acuerdo con el Congreso. Un decreto no debatido, una confiscación de bienes sin mediación legislativa... todo eso sonaba a un golpe de facto maquillado de patriotismo.
Sin embargo, escuchó con atención. No se trataba de un monarca que hablaba solo de grandeza y títulos. Este discurso expresaba una lectura pragmática del estado de la nación, reclamos pertinentes y propuestas que resonaban con la frustración popular.
Y mientras el emperador bajaba del estrado, el diputado Valentín estaba preparando una refutación; señalaría que esto era improcedente sin la autorización del Congreso, la falta de marco legal, pero tenía que tener la elocuencia y fuerza suficiente para hacer un contrapeso ante el discurso tan preparado del emperador.
Pero tenía que ser rápido, las personas a su alrededor parecían ya convencidas, solo los legisladores republicanos podían actuar en este momento, pero solo él tendría el ingenio suficiente para poder improvisar un discurso.
Los agitadores ya se encontraban iniciando los vítores, tendría que dar un grito, un rotundo "no" que se hiciera escuchar por toda la plaza, y ya con la atención de todos tendría que improvisar. Inhaló una bocanada de aire, pero algo más sucedió: el emperador había regresado al estrado.
Agustín I continuó:
—Como emperador, exigiré una respuesta inmediata al Congreso sobre esta propuesta. Es para la verdadera independencia. No hay tiempo de políticas innecesarias. ¡Que todos los congresistas asistan al Congreso ahora mismo!
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Los Republicanos del Imperio Mexicano.
FantasyMientras el Imperio Mexicano gracias al Príncipe Heredero se consolida con ferrocarriles, capital y victorias militares. En los pasillos del Congreso, Valentín Gómez Farías y los republicanos intentan sobrevivir a un país que avanza demasiado rápido...
