Dicen por ahí que los lugares que alguna vez fueron importantes para nosotros se quedan en la memoria del corazón. Debo admitir que yo nunca creí en eso, hasta que, sin querer (o quizás queriendo), tomé el tren de regreso a ese bello pueblo de mi infancia.
Durante una gran parte de mi vida, ese pueblo era mi día a día; muchas veces me quejé de él, pero hoy admito que soy quien soy gracias a crecer ahí.
Por alguna razón, a la que yo llamo intuición, estoy aquí. Mi cabeza no dejaba de gritar que volviera, aunque fuera una sola vez. De solo pensar en regresar, mi corazón latía con desesperación, obligándome a escucharlo, a poner atención y regresar lo más pronto posible. Pude haber utilizado mi auto para regresar, pero antes de siquiera meditar la decisión, me encontraba pagando el boleto de este viejo tren.
Aún puedo sentir el olor a madera y las pequeñas lámparas que dejan una luz tenue. Me agrada; es como estar en otoño aun cuando es pleno invierno. En el aire siento el aroma a hogar. Me permito respirar un segundo más de lo normal. La ciudad siempre tiene un aire de efusión, como si todos viviéramos a prisa, como si todos aún buscáramos algo… aunque aquí se puede percibir una calma increíble, de almas que ya no buscan, sino que han encontrado la verdadera razón para vivir.
Quizás por eso estoy aquí…
Al terminar el viaje reconozco la estación; puedo encontrar el motivo del destino para traerme aquí, esta vieja estación del tren…
Al salir siento el aire frío golpear contra mi cara y quedo aún más desconcertada de lo que ya estaba. Observar las puertas de madera que antes brillaban; ahora se encuentran más opacas, han perdido su verdadero color. Del lado derecho se encuentra esa taquilla de techado verde y una ventanilla con barrotes color café, mientras que del lado izquierdo se encuentran unas pequeñas bancas…
Esas bancas…
Los años han pasado. No suelo recordar mucho este lugar, o no me lo permito.Pero si cierro mis ojos, aún puedo percibir los rayos de sol de aquel abril.
Salgo por completo de aquel tren y voy directo a esas bancas. Al sentarme, millones de emociones se expanden, mi cabeza sueña despierta y viajo a aquella tarde
Los rayos de sol se encuentran en mi cara; voy a despedirlo a él, se va por unos meses, pero el tiempo es lo de menos, el motivo aún más. Estoy aquí compartiendo unos últimos momentos. No me importa el mañana, solo el presente, solo estos momentos en los que aún puedo escuchar su voz, sentir su cercanía y apreciar su existencia.
No estoy triste, sé que regresará. Solo sé con certeza que lo extrañare, y eso es lo que pesa en la pequeña voz que grita en mi cabeza.
Puedo sentir mis mejillas doler de tanto sonreír, me piden que pare de reír, disfruto de todo lo que siento a su lado, de las mariposas que intrusas se cuelen en mi estómago sensible, del latido de mi corazón traicionero, en medio de todo este caos, lo siento…
Puedo percibir su mano, más cerca de lo debido, rozando casi lo prohibido. El dorso de mi mano está contra la madera, pero su meñique se acerca al mío como una invitación a poder sentir el calor del otro, a pasar un límite que no tendrá vuelta atrás, y yo me permito su toque, me permito arruinarlo todo.
Para el momento en que sus dedos y los míos se toman por completo, mi corazón está acelerado. Me he dejado de reír, pero la sonrisa ha permanecido, aunque ahora se ha convertido en timidez. Mis mejillas se tornan de color rojo; podría culpar al sol de esto, pero me niego a darle créditos.
Por primera vez, observo sus lindos ojos. Son dos luceros entre la oscuridad. Tienen un color café tan profundo que me hipnotiza. Me pierdo entre su mirada que grita más que mil palabras; en sus ojos veo la única verdad. Sus mejillas también están rojas, pero sé que el sol no tiene nada que ver. Una sonrisa se percibe en su rostro, como quien encuentra el motivo de la felicidad.
El silencio se hace presente entre los dos, aunque no hace falta decir nada. No es incómodo, es la libertad de decidir un secreto.Puedo sentir cómo se ha acercado aún más; sus ojos van directo a un lugar que está prohibido, una barrera que no podemos cruzar según las reglas de la sociedad. Pero ya no hay marcha atrás…
Dejo guiarme por él. Sus manos ahora se encuentran en mi cintura, atrayendo mi cuerpo a él, mientras las mías se posan en la suavidad de su pecho, pero no en un intento de alejarlo.
Nos acercamos poco a poco, con el miedo de que alguno de los dos se aleje, y para cuando nuestras respiraciones se mezclan, nuestros corazones se sincronizan.
Miro sus ojos, que ya me observan desde hace rato. Veo el miedo, uno que también siento, pero simplemente ya no puedo callar más.
Asiento, dándole permiso de hacer lo que está destinado a suceder. Sin más que esperar, puedo sentir sus labios chocar con los míos. No es un beso que hable de deseo, es un beso que habla de algo más profundo, algo que tiene nombre, pero asusta de verdad.
Ahí, en medio de trenes que van y vienen, dos jóvenes acaban de cruzar una barrera: ya no podrán llamarse amigos. Los amigos no se besan, eso está prohibido. Lo que pasó en esa estación ahora es historia, pero de esas que marcan la memoria.
Regreso a la realidad. Puedo escuchar los trenes pasar una vez más. Ya no soy una adolescente que acaba de besar a quien sería su primer amor, pero sin duda él fue un amor que marcó, dejó una huella hasta el día de hoy.
Cuando siento que mis pensamientos me han comido por dentro, me levanto de aquel banco viejo y voy en dirección a las puertas de antes, con la intención de ir a alguna parte, adonde pueda escapar de todo esto que me consume.
Y al estirar mi mano para empujar la puerta, alguien más lo hace por mí. Puedo sentir la respiración de aquella persona por encima de mí y, sin querer, reconozco un olor que se ha quedado en mi corazón. No puedo creer que aún después de años siga oliendo a lo mismo.
Puedo sentir mis piernas temblar y a mi corazón chillar, mientras me doy la vuelta para observar a ese hombre que llevo años sin mirar, sin dirigirle una sola palabra. Me permito mirar sus ojos y apreciar lo mucho que ha crecido; ya no es el mismo adolescente que tomó mi mano en aquel banco. No sé en quién se ha convertido, pero aquí estoy, parada entre una puerta abierta y un hombre que ha tenido muchos títulos: desde mi mejor amigo hasta mi primer amor.
Ahí, en esa vieja estación de tren, el corazón se siente enloquecido, por primera o última vez.
Nota de la autora: Holaaaaa, mucho gusto a todos los que decidieron darle una oportunidad a esta historia, espero que les esté gustando
Está historia es muy importante para mí, es la primera vez que publicó un relato hecho por mi, la última vez que escribí algo en esta plataforma tenía apenas unos doce o trece años, así que espero que se note la mejora
Sin nada más que agregar, espero que lo disfruten
Besos sabor a miel
Atte: Ahita
BẠN ĐANG ĐỌC
No fue falta de amor
Lãng mạnA veces creemos que las historias importantes se miden por cuánto duran, cuando en realidad se definen por cuánto nos transforman. Esta no es una historia de finales abruptos ni de promesas rotas; es una historia de silencios, de decisiones pequeñas...
