En Kansas, el cielo no se mira: se interpreta.
Los Kent lo sabían bien. Habían aprendido a leerlo como se lee una cara conocida: la forma de las nubes, el color de la luz al atardecer, el olor del aire cuando la tormenta aún estaba lejos pero ya venía. Esa tarde de 1995, Martha lo dijo antes de cerrar la primera ventana:
—Esta noche nos va a pegar feo.
Y les pegó.
A las nueve, el viento silbaba por debajo de las puertas. A las nueve y media, la lluvia empezó a golpear el techo de chapa con una constancia que no dejaba escuchar ni la radio. A las diez, un trueno hizo vibrar la vajilla del aparador.
Jonathan Kent levantó la vista del café, miró por la ventana y agarró la linterna sin dramatizar.
—Se soltó el portón del norte.
Martha ni se molestó en discutir si iba sola o no. Ya estaba sacando sus botas.
—Esperame.
—No hace falta—
—Jonathan.
Él levantó las manos, rendido.
—Sí, señora Kent.
Salieron al agua como dos puntos oscuros en mitad del patio. Cada paso hundía la suela en barro blando. La linterna apenas abría un túnel estrecho de luz entre lluvia y hojas moviéndose. En el campo, de noche, todo parece más lejos; en tormenta, el mundo entero parece una sola cosa mojada.
Caminaron en silencio hasta el sector oeste, donde el maíz empezaba. Fue ahí donde algo dejó de tener sentido.
Los tallos estaban aplastados en línea recta, como si una cuchilla enorme hubiera pasado abriendo una cicatriz. No era viento. No era tractor. No era nada de lo que Jonathan conociera después de toda una vida arreglando cercas y motores.
—¿Lo ves? —preguntó Martha, aunque era obvio.
Jonathan asintió.
Siguieron el rastro entre plantas quebradas hasta que la linterna encontró metal.
Media enterrada en la tierra negra había una cápsula de forma extraña: oscura, lisa, sin tornillos, sin marcas. No parecía algo fabricado por nadie cercano. No parecía ni nuevo ni viejo. Parecía... fuera de contexto.
Jonathan rodeó el objeto una vez, luego otra. Buscó una tapa, una bisagra, un cable, cualquier cosa familiar. No encontró nada.
Y entonces Martha escuchó un sonido mínimo.
Respiración.
No fue un instante cinematográfico ni heroico. Nadie gritó. Nadie hizo un discurso. Sólo se quedaron quietos, bajo la lluvia, mirando ese objeto imposible mientras dentro se escuchaba un pecho pequeño subiendo y bajando.
La cápsula se abrió sola.
Tres placas retrocedieron con un siseo de vapor tibio y dejaron ver el interior. Allí, envuelto en tela roja con un emblema extraño en el pecho, había un bebé de ojos azules abiertos y tranquilos. No lloraba. No pataleaba. Miraba a Martha como si la estuviera reconociendo.
Ella lo levantó sin pensarlo.
—Hola... —susurró, con la voz quebrada por el frío y algo más.
El bebé apoyó la mejilla en su hombro, calmado.
Jonathan tocó la manta y frunció el ceño.
—Está caliente.
—¿Fiebre?
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El Último Hijo de Midgard
FanfictionEn una versión del MCU donde el sol es más intenso, un niño cae del cielo durante una tormenta en Kansas y es criado por los Kent como Clark. Desde pequeño, su poder es descomunal, pero su verdadera evolución no trata de "volverse más fuerte", sino...
