El sol apenas empezaba a salir cuando Edgar de la Cruz abrió los ojos. La alarma del celular vibró en la mesita de noche de madera vieja, junto a una foto enmarcada de él con uniforme de marine, sonriendo en una base en Irak. Tenía 38 años, el pelo corto ya con algunas canas en las sienes, y el cuerpo todavía marcado por años de disciplina: hombros anchos, cicatrices en los antebrazos, manos que no temblaban ni con el peor calor.
Vivía en una casa pequeña de playa en Rosarito, Baja California. No era lujosa, pero tenía vista al Pacífico: olas rompiendo contra la arena gris, el olor a sal y petróleo que llegaba cuando el viento soplaba del sur. Edgar se levantó, hizo flexiones rápidas en el piso de cemento, se duchó con agua fría y se puso el overol naranja de seguridad. En el bolsillo del pecho llevaba su credencial de Pemex y una navaja plegable que nunca dejaba en casa.
Desayunó café negro y un par de huevos revueltos mientras veía las noticias en la tele pequeña de la cocina. El titular era el mismo de semanas: "Pandemia global: casos de COVID-19 siguen en aumento en México". Edgar apagó la tele sin cambiar de expresión. "Otro día más", murmuró.
A las 5:45 a.m. salió de la casa con su mochila al hombro. Caminó por la calle de terracería hasta la pequeña playa privada donde los botes de la empresa esperaban. El aire estaba fresco, con ese olor a algas y combustible que siempre le recordaba que no estaba en guerra, pero tampoco en paz.
Allá, junto al muelle improvisado de madera, ya estaba el bote de traslado: un lanchón blanco y naranja con el logo de Pemex borrado por el sol y la sal. Seis hombres esperaban. Todos con overoles idénticos, cascos amarillos y mochilas.
-Llegas puntual, como siempre, güey -dijo Stu, el más grande del grupo, con su acento regio marcado. Era el mecánico jefe, siempre con una sonrisa burlona.
Mike, el más joven (apenas 24), ya estaba fumando un cigarro junto a la borda. José y Mario, los dos soldadores veteranos, revisaban sus herramientas en silencio. Brian, el gringo que llevaba cinco años en México y hablaba español con acento tex-mex, ajustaba su casco.
-Buenos días, cabrones -saludó Edgar, subiendo al bote de un salto.
El conductor del bote, un tipo flaco llamado Chuy que nunca hablaba más de lo necesario, encendió el motor. El ronroneo del diesel llenó el aire.
-Todos listos -dijo Edgar, revisando que cada quien tuviera su chaleco salvavidas y radio portátil-. Hoy toca turno de 12 horas. Plataforma Alfa-7. Mantenimiento rutinario en las válvulas de presión. Nada nuevo.
José soltó una risa seca.
-Siempre dices "nada nuevo" y luego pasa algo.
Edgar no respondió. Se sentó en la proa, mirando el horizonte donde el sol empezaba a pintar el mar de naranja. El bote se alejó de la playa, dejando atrás las casas de Rosarito y las luces lejanas de Tijuana.
El trayecto duró 45 minutos. El Golfo de California se veía tranquilo esa mañana, pero Edgar sabía que el mar nunca era del todo confiable. Cuando la plataforma Alfa-7 apareció en el horizonte -una estructura gris y naranja clavada en el agua, con antorchas quemando gas en la cima-, todos se pusieron de pie.
Chuy acercó el bote al muelle flotante. Dos trabajadores de la plataforma ya estaban ahí para ayudar con las amarras.
-Bienvenidos al infierno flotante -dijo uno de ellos, riendo.
Subieron por la escalera de metal. El olor a petróleo crudo y pintura anticorrosiva les pegó de inmediato. La plataforma vibraba con el ruido constante de las bombas y generadores.
Y ahí, en la zona de bienvenida (un pequeño helipuerto reconvertido en área de descanso), esperaba el equipo de reportaje.
Tres personas. Una mujer de unos 30 años con micrófono en mano, pelo recogido en coleta y chaleco antibalas con el logo de un canal de noticias nacional. A su lado, un camarógrafo con cámara al hombro y gorra al revés. Detrás, un tipo con tablet y auriculares: el productor.
La mujer se acercó con una sonrisa profesional.
-Buenos días. Soy María Torres, reportera de Televisa Noticias. Venimos a documentar un día en la vida de los trabajadores de la industria petrolera. ¿Quién es el supervisor del turno?
Todos miraron a Edgar.
Él dio un paso adelante, extendiendo la mano con cortesía seca.
-Edgar de la Cruz. Supervisor de seguridad y mantenimiento. Bienvenidos a Alfa-7.
María le dio un apretón firme.
-Gracias por recibirnos. Vamos a grabar el turno completo: rutinas, seguridad, cómo es vivir aquí. Nada invasivo.
El camarógrafo (un tipo fornido llamado Hy, con tatuajes en los brazos) ya estaba ajustando la cámara. El productor, un hombre de traje informal llamado Antonio, se presentó con una sonrisa amplia.
-Antonio Ramírez, dueño de la productora independiente que hace el segmento. Nada mal hasta ahorita, ¿verdad? El paisaje es impresionante.
Edgar miró al horizonte, luego de vuelta a ellos.
-Impresionante hasta que el mar se pone bravo o una válvula falla. Reglas claras: chaleco y casco siempre puestos. No se separen del grupo. No toquen nada sin permiso. Si suena la alarma, obedezcan sin preguntar.
María asintió, entusiasta.
-Entendido. ¿Empezamos grabando la llegada de ustedes?
Edgar se encogió de hombros.
-Adelante.
Hy levantó la cámara. María miró a la lente.
-"Desde la plataforma petrolera Alfa-7 en el Golfo de California, estamos con los hombres y mujeres que mantienen viva la industria energética de México. Hoy seguiremos el turno de Edgar de la Cruz y su equipo..."
Mientras grababan, Stu se acercó a Edgar y murmuró por lo bajo:
-Oye, carnal... ¿viste las noticias anoche? Dicen que en Brasil hay algo raro. Gente atacando a mordidas. Como perros rabiosos.
Edgar miró al horizonte. El sol ya estaba alto.
-Rumores -dijo-. Siempre hay rumores.
Pero en el fondo, algo en su estómago se apretó. El mismo instinto que había sentido en Irak cuando el aire cambiaba antes de un ataque.
El turno acababa de empezar.
