¿Qué diferencia existe entre dos espejos?
A simple vista, ninguna. Ambos devuelven una imagen fiel, pulida por la luz que los alcanza.
Ambos guardan silencio y obedecen.
Sin embargo, no todos los reflejos dicen la verdad.
Uno de ellos — antiguo, de plata ennegrecida por los años — refleja las características de la casa Snegov: la piel palida como la nieve vírgen, el cabello blanco heredado de generación tras generación, la compostura impecable de quienes nacieron para gobernar.
En su superficie se dibuja la figura del heredero al trono, un príncipe forjado para portar una corona que pesa incluso antes de tocar su cabeza.
Ese espejo habla de linaje.
De invierno.
De un destino impuesto con la misma frialdad con la que cae la nieve sobre Nivara.
Pero existe otro espejo.
Uno que no fue creado para honrar la sangre ni la realeza. Uno que no devuelve un rostro, sino un final. En su reflejo no hay títulos ni promesas, solo la silueta inevitable de la muerte aguardando con paciencia.
No juzga, no apresura... Simplemente espera.
Ese espejo no muestra quien eres, sino cuando dejaras de serlo.
Eugene Snegov aprendió demasiado pronto que ambos espejos podían mirarlo al mismo tiempo.
Que mientras uno le recordaba quien debía ser, el otro le susurraba quien estaba destinado a perder. Porque en Nivara, el invierno no solo cubre las calles y los castillos: también reclamaba aquello que ama.
Y así, entre veladas reales, celebraciones huecas y sonrisas aprendidas, el heredero al trono comenzó a preguntarse si la muerte lo obserbaba desde el cristal... O si siempre había estado reflejada dentro de el.
Al final, no todos los espejos devuelven esperanza.
Algunos solo anuncian el final.
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Reflejos de muerte.
FantasyEn el reino invernal de Nivara, el príncipe Eugene Snegov descubre que no todos los espejos reflejan esperanza. Mientras la realeza celebra veladas vacías y el linaje pesa como una condena, una sombra comienza a seguir sus pasos. Atrapado entre su d...
