Michael nunca creyó en el amor eterno.
Para él, todo tenía fecha de caducidad: las promesas, las personas, incluso la felicidad. Por eso le sorprendió tanto Topten.
Topten llegó sin hacer ruido. Sin promesas grandes ni palabras bonitas. Solo se quedó. Día tras día. En los silencios incómodos, en las risas pequeñas, en las noches donde Michael fingía estar bien.
—No tienes que explicarme nada —le dijo una vez Topten—. Solo déjame estar contigo.
Y Michael lo dejó.
Con el tiempo, se volvió costumbre que Topten fuera el primero en notar cuando algo no iba bien. Cuando Michael se quedaba mirando la nada, cuando su voz se apagaba un poco más de lo normal.
—¿Qué tanto miras? —preguntó Topten una tarde.
—El miedo —respondió Michael con media sonrisa—. A perder lo poco bueno que tengo.
Topten no dijo nada. Solo tomó su mano con cuidado, como si fuera algo frágil.
Ese fue el día en que Michael entendió que ya no estaba solo… y que eso también daba miedo.
