Introducción: Preludio

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Antes de que el señor creara los cielos y la tierra, y todo lo que habitaba en ella, el creador formó su primera creación, seres divinos de hermosas alas doradas y brillantes como los rayos del sol, puros de corazón, sin maldad ni corrupción, de cabellos finos como hilos de oro, y de piel blanca como la nieve, con una infinita belleza y divinidad. Hechos para servirle y alabarlo, creados al igual para servir y proteger a su siguiente creación: el hombre.

A partir de ahí, el primer capítulo del Génesis comienza.

... En el principio, el señor creó los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo...

***


- ¿Qué has hecho, Semyazza? -

Qué era ese sentimiento. No entendía, jamás lo había sentido. ¿Era miedo? ¿Odio? ¿Rencor? No, era otra cosa, envidia tal vez. La sensación era extraña, sentía algo pesado dentro de sí, en ese lugar dónde el creador había sembrado solo amor y bondad desde su creación, ahora estaba naciendo lo que Lucifer había dicho antes a su primer seguidor: dudas.

Semyazza estaba sintiendo dudas y celos pero no del creador, no de sus hermanos, sino de los humanos mismos. Dudas del por qué tenían que perder sus alas o morir al arrebatarles su gracia por fallar, eso desde qué el padre los formó del polvo hace milenios.

¿Por qué el creador quería más a los humanos que a ellos mismos siendo sus fieles servidores? ¿Por qué tanta devoción a seres frágiles y fáciles de manipular?

Los humanos, desde el inicio de su formación siempre fueron tan inútiles y banales, hechos por el polvo que ningún ángel o arcángel se atrevería a pisar, ni siquiera el creador en toda su divinidad celestial había tocado el suelo donde los humanos pisaban, entonces ¿Por qué cuidarlos? ¿Por qué protegerlos? Semyazza verdaderamente no lo entendía, quizás Lucifer tenía razón en algo, ¿Por qué amar y cuidar de los humanos, si desde que vivieron en el jardín del Edén estaban destinados a fracasar como creación? Destruían todo lo que tocaban sus sucias, inmundas y corruptas manos. El único humano perfecto y bondadoso que había pisado la tierra, había sido un hermano celestial en la fé, la primera creación del señor, Emmanuel, quién llegó a transformarse en un bebé y nacer como humano, he de ahí la perfección en persona.

Pero ahora Semyazza tenía dudas, y las dudas se estaban convirtiendo en celos, celos de que los humanos tuvieran el amor, la bondad y la compasión del creador cuando no habían hecho nada para merecerlo. Celos, por qué solo sabían destruir y eran siempre perdonados en la bondad inmerecida del padre. Cómo lider del regimiento de vigilantes, había visto durante milenios como los humanos destruían todo a su paso, y con solo buscar al creador, con solo decir una oración, con tan solo pedir perdón, el padre se los concedía, como sí lo qué hicieron jamás hubiese pasado. Pecados tan grandes cometidos por el humano sea macho o hembra, el hombre siempre era perdonado, los pecados que eran tan rojos como el escarlata, el creador los hacía tan blancos como el color de la nieve en la estación mas fría y cruda del invierno en la tierra.

¿Por qué los podía perdonar, pero a ellos no? ¿Por qué a ellos no se les permitía fallar y ser perdonados?

Desde que el primer hombre fue creado, había destruido lo que él creador en su bondad le había regalado. Habían pasado miles de años, y quizás el primer humano que pecó ya no estuviese en la faz de la tierra, pero generaciones tras generaciones el hombre seguía destruyendo y arrasando con las creaciones del creador.

Entonces, ¿Por qué? Se repetía en su mente una y otras vez, ¿Por qué los sigues perdonando, padre? Era la duda. ¿Por qué seguía enviándolos para protegerlos? Eran los celos. Ellos no lo merecían.

The Fallen Angel Where stories live. Discover now