Decisiones Impulsivas

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"La entropía de un sistema aislado no puede disminuir con el tiempo; por el contrario, tiende a incrementarse hasta alcanzar un estado de equilibrio en el que ya no es posible realizar transformaciones útiles. Este principio implica que todo proceso natural conlleva una pérdida irreversible de orden, conduciendo inevitablemente hacia la degradación energética del sistema."

Segunda ley de la Termodinámica.

***

Vi algo que jamás debí ver.

—¡Hiram! ¡Hiram!

Me sacudió el hombro, arrancándome de ese rincón donde mis pensamientos me habían escondido. Impresión. Confusión. Un dolor punzante en medio del pecho. Una hoja dentada que giraba, destrozando todo mientras no podía gritar, ni moverme. Si lo hacía, si mostraba una brecha en la coraza, todo se iría al diablo y ni siquiera nos quedaría la amistad.

Seguí mirando al piso, sin responder. Algo dentro de mí quiso prolongarlo, tensar la cuerda hasta ese momento donde revienta y extender la mano el instante justo antes de verlo caer. Sabía que estaba descompuesto: el cabello ceniciento desarreglado, la tez más pálida que nunca, los ojos y los labios abiertos en esa expresión de súplica. Fue mezquino, lo sé. Pensé que debía dejarlo en medio de sus ruinas todo lo que pudiera. Que debíamos pasarla mal los dos.

—Hiram...

—¿Qué? —respondí. Con más aspereza de la que le había demostrado nunca. Cerrando las manos entre ellas para poder resistir su mirada debilitante, su expresión de absoluto desamparo que conseguía doblegarme cada vez.

Se agachó ante mí. En un movimiento reflejo extendió las manos hacia las mías, pero las retrajo antes de tomarlas. Quiso conservar la dignidad, aunque estuviera temblando, y el nudo en mi garganta solo se espesó más.

—Prométeme que no le dirás a nadie —pidió con la voz rota—. Puedo meterlo en muchos problemas.

Ahora sí le importaban los problemas. Ahora sí reconocía los riesgos. Lo que había visto era gravísimo. Si no lo reportaba al comité moral me convertiría en cómplice de un delito. Si nos descubrían, sería el fin de mi carrera, de mi reputación, de mi vida como la conocía. El silencio tampoco era una opción: un secreto como ese me envenenaría lentamente, lo volvería todo tan pesado, tan gris.

Odié que Andrés siempre me hiciera lo mismo. Un testigo pasivo de su vida. Me odié a mí mismo por permitírselo cada vez.

—Andrés, yo...

Me cortó tomándome las manos, finalmente. Las apretó entre las suyas. Los ojos sosteniéndome la mirada con una mansedumbre que me resultó repulsiva.

—Te lo suplico.

Me atravesó como un disparo. Nunca en la vida lo había escuchado decir esas palabras en voz alta. A nadie. Ni siquiera a su padre.

—Sé que lo que te estoy pidiendo es muy peligroso. Te lo compensaré como quieras. —Se peinó el cabello con los dedos, intentando mantener los nervios a raya—. Pero es que... Hiram... solo puedo confiar en ti.

Fue desconcertante. Sus labios tensos, sus cejas fruncidas. Ese gesto al borde del llanto. Andrés sabía lo que guardar ese secreto significaba para los dos y lo encontré humillante. Me pedía poner mi futuro en riesgo para resguardarlo y todavía se creía con derecho de mostrarse así, desesperado; mientras mi rabia debía quedarse en el fondo de mi estómago, donde no le estorbara.

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