1: "El día en que los cielos rugieron"

3 0 0
                                        


Hace siglos, los dragones y los humanos compartían el mundo en equilibrio. No existían guerras entre razas, sino pactos antiguos y rituales que mantenían la armonía. Los dragones no eran solo criaturas de fuego y escamas; eran guardianes del conocimiento, del tiempo y del poder que conectaba a todos los seres vivos. Los guardianes humanos, elegidos por su coraje y pureza de corazón, protegían a los dragones y aseguraban que la chispa sagrada nunca se extinguiera.
Lord Aldric era uno de los guardianes más poderosos y respetados. Su armadura brillaba bajo el sol, reflejando no solo su autoridad sino también la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros. Era alto, con cabellos oscuros que caían hasta los hombros y ojos de un gris profundo, capaces de transmitir tanto seguridad como temor. Nadie dudaba de su fuerza ni de su juicio, y su nombre era recordado con respeto en todos los rincones del reino.
Sin embargo, incluso los guardianes más nobles podían albergar secretos. Aldric había descubierto algo que cambiaba su destino: su hijo, Eren, nacido con una chispa única y potente, estaba destinado a ser el próximo rey de los dragones. Ese poder era tan inmenso que incluso él, su padre, no podía controlarlo completamente. El miedo comenzó a crecer en su pecho, mezclándose con la ambición y la desesperación: ¿y si Eren se volvía demasiado fuerte, demasiado impredecible? ¿Y si el mundo no estaba listo para un rey que superara todo lo conocido?
Por esa razón, Aldric tomó la decisión más drástica de su vida. No podía permitir que Eren descubriera su verdadero destino tan pronto. Con un plan calculado, comenzó a esconder a los dragones del mundo, llevándolos a cavernas ocultas y sellándolos con magia ancestral. Cada criatura fue custodiada, cada pista borrada, y los pactos sagrados que mantenían la armonía fueron rotos en silencio. Aldric justificaba sus acciones con la idea de proteger a su hijo y al mundo, pero en el fondo, su corazón estaba teñido de miedo, celos y un deseo de control absoluto.
Mientras tanto, Eren crecía sin saber nada de esta historia. Era un niño con cabello castaño oscuro que brillaba bajo el sol y ojos azul profundo, que reflejaban curiosidad y un corazón valiente. Su vida transcurría en un pequeño poblado al borde del bosque, donde aprendía a leer los símbolos antiguos, a escuchar las historias de los dragones y a sentir la chispa de magia que lo rodeaba, aunque él no entendía completamente su significado.
El bosque era su lugar favorito. Caminaba entre árboles centenarios cuyas raíces parecían tocar el corazón del mundo, escuchando el crujir de las hojas y el canto de aves que parecían conocer secretos antiguos. Allí, sentía una conexión con algo más grande, algo que lo llamaba y despertaba un poder latente en su interior.
Una tarde, mientras exploraba un claro rodeado de columnas de piedra derruidas, Eren encontró un fragmento de inscripción antigua. La chispa dorada que llevaba en su interior reaccionó con fuerza, iluminando los símbolos que hablaban de dragones sellados y guardianes que habían fallado en su misión. Su corazón palpitó con fuerza. Había algo que no encajaba, algo que su intuición le decía que debía descubrir.
—¿Qué es esto? —susurró Eren, tocando las piedras gastadas—. ¿Quién hizo esto?
No sabía que su padre estaba cerca, observando desde las sombras. Aldric lo había seguido, asegurándose de que Eren aprendiera sin descubrir demasiado. Cada gesto, cada movimiento de su hijo era cuidadosamente medido. Pero incluso Aldric no podía prever la rapidez con que la chispa dorada de Eren comenzaba a reaccionar a los secretos que lo rodeaban.
—Eren —dijo Aldric finalmente, emergiendo entre las columnas—. Algunas verdades son peligrosas para los que aún no están listos. Debes concentrarte en aprender, no en curiosear en ruinas antiguas.
Eren lo miró, sintiendo una mezcla de respeto y confusión. Las palabras de su padre sonaban a advertencia, pero también a control. Sin saberlo, estaba caminando sobre el filo de un destino que nadie podía cambiar, y cada paso lo acercaba a descubrir secretos que habían sido ocultados durante siglos.
Mientras Aldric hablaba, un rugido distante resonó entre los árboles. Era un sonido que hacía vibrar el aire y la tierra misma. Eren sintió un escalofrío recorrer su espalda: aunque no podía verlos, los dragones estaban ahí, escondidos, esperando, conectándose con su chispa dorada. La emoción se mezcló con miedo y curiosidad, y una certeza comenzó a formarse en su corazón: su destino estaba ligado a ellos, y algún día debía descubrir toda la verdad.
El día terminó con un cielo teñido de naranja y púrpura. Eren y Aldric regresaron al poblado, pero ninguno de los dos podía ignorar la sensación que había surgido en el claro. Para Eren, era un llamado, un misterio que debía resolver. Para Aldric, era un recordatorio del peligro que su hijo representaba y de los secretos que aún debía proteger… aunque cada día se volvían más difíciles de ocultar.
El mundo estaba cambiando silenciosamente, y los dragones aguardaban, invisibles pero presentes. Eren todavía era un niño que ignoraba su verdadero destino, pero la chispa dentro de él comenzaba a brillar con fuerza. El tiempo, los secretos y las decisiones de su padre habían comenzado a entrelazarse en un hilo invisible que pronto lo guiaría hacia la aventura más grande de su vida.
El legado de los guardianes y el destino de los dragones dormían aún en la sombra, esperando a que Eren diera el primer paso hacia su verdadera misión. Y así, con la brisa del bosque acariciando su rostro y la chispa dorada pulsando suavemente, Eren comenzó a caminar hacia un futuro lleno de misterio, magia y desafíos que cambiarían su mundo para siempre.

"El Destino del Dragón"Stories to obsess over. Discover now