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En el tokio actual

en una hermosa casona en plena parte alta
de la capital
su silencio era  un contraste marcado con el tráfico exterior.
De repente, el rugido de un motor se cortó bruscamente
un auto oscuro se estacionó de golpe en el camino de entrada, haciendo temblar las macetas de geranios. Del interior salió un joven de mirada ansiosa, cabellos oscuros revueltos por el movimiento, corriendo hacia la puerta con pasos precipitados

«Daimacku… ¡gracias a Dios! ¿Trajiste al doctor?»
gritó con voz tosca y entrecortada, sus ojos brillantes con preocupación. El hombre se ajustó los anteojos y respondió con seriedad:
«El doctor Brent ya viene, pero tu padre pidió verme primero».
El joven se retiró a un lado, sus hombros caídos, mientras escuchaba las palabras que le dolían admitir luego este le dice
«¡Mejor será que sirvas de algo y busques a tu hermano!», le espetó  desde dentro,
con una rabia que ocultaba el terror de su condición.
La frase dejó al joven apenado
era una señal clara de que el mal estado de Yasai Reigge no tenía vuelta atrás
Con un suspiro, se dirigió al interior de la casa para buscar su teléfono, sus pasos lentos y cargados de tristeza.

Mientras tanto, Picoro Daimacku dio cinco zancos firmes hasta llegar a la escalera de madera, cuyos peldaños crujieron bajo su peso
Se detuvo por un instante, cerrando los ojos para ordenar sus pensamientos, conscientes de que lo que iba a escuchar podría cambiar vidas. Luego, subió con prisa, sus zapatos resonando en el pasillo silencioso.
Ante la puerta del dormitorio principal  tomó aire pesadamente, sintiendo el calor del ambiente y el olor a medicinas que se filtraba desde dentro
Al abrirla, la luz tenue del atardecer iluminaba el lecho donde yacía Rey yasai  despierto pero con la cara notoriamente palida, como si la sangre hubiera abandonado sus venas. Su respiración era lenta y pesada, cada inspiración un esfuerzo visible. La barba, otrora oscura y espesa, señal de carácter y orgullo familiar, ahora lucía cana y debilitada, hecha hilos finos que se movían con cada suspiro. Aquel hombre de 78 años parecía una antorcha que se apagaba  lentamente, poco a poco.

Al percibir la presencia de Picoro, Yasai movió los labios con dificultad:
«¿Que bueno… Daimac… tienes que ayudar… debo… hace… algo… ante… de… ir…». Picoro se sentó junto a él, sosteniendo su mano fría y huesuda:
«Claro, señor Yasai. Usted dirá».
El moribundo hizo una señal débil hacia el velador, y con esfuerzo abrió el cajón, sacando un sobre amarillento por el tiempo transcurrido, sus bordes desgastados y su papel opaco.
«Con… esta… carta… debe… ayudar… a repa… rar… una… injusticia… terrible… que… hice… contra… una… emplea… de mi… casa… costera… Goku… Goku… promete que lo… ayu… daras!», susurró, antes de toser con fuerza, su pecho temblando con el esfuerzo.
picoro le dio un vaso de agua, y Yasai se fue quedando lentamente dormido, su rostro relajado por el cansancio. El abogado guardó el sobre con cuidado en su maletín de cuero, sus ojos llenos de duda.
¿Qué había tras de aquella carta?
¿Que passba  con  Goku?
¿Y qué injusticia había cometido Yasai años atrás en su casa costera?

esto sin duda era el inicio de
algo enorme....


continúara
by marangel


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