Capítulo 1

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Lucy y Ruby habían pasado todas sus vidas obedeciendo. Últimamente, ambas comenzaban a preguntarse por qué, pero ninguna de las dos sabía lo que les costaría dejar de hacerlo.
Lucy estaba absorta en sus pensamientos. Se encontraba sentada en la mesa del comedor, frente a ella estaba Ruby, su hermana, concentrada comiendo una pierna de pollo. Luchando para cortar la carne, Lucy solo la observaba, atentamente, ignorando su propia comida.
Al otro extremo se encontraba el Rey, su padre, demasiado absorto en sus propios pensamientos y en su libro religioso, como para presentarles demasiada atención.
Vio que su hermana se rindió y tomó la comida con la mano. Tosió. Ella volteó a verla y al ver su expresión soltó una risotada.
—Silencio-ordenó su padre, con un tono irritado.
Su hermana volteó los ojos, hizo una mueca y colocó un dedo en su boca a modo de burla. Le dió un gran mordisco, ya con las manos grasosas. Lucy intentó contener la risa pero no pudo.
—Ya fue suficiente—reverberó el rey—. Vayan a sus habitaciones y prepárense para el baile de esta noche.
Ruby se puso de pie, ya resignada, pero antes se terminó de casi tragar la pierna de pollo. Lo que hizo que Lucy hiciera otra mueca.
Volteó hacia Rosita, solo observaba, ella le asintió, lo que sabía que significaba que le llevaría su comida a arriba.
Lucy alisó las arrugas inexistentes de su vestido mientras que Ruby sacudió los restos de comida que quedaban sobre el suyo.
Lucy soltó un suspiro y salió del comedor.
...
Lucy se encontraba detrás de Ruby peinando su oscuro cabello. Estaban en la habitación de Ruby, pronto tendrían que bajar al salón de baile, pero su hermana no dejaba de moverse.
—Quédate quieta por Giake.
—Giake es un imbécil.
Lucy le tiró ligeramente del cabello.
—No digas tonterías, Giake es un dios bondadoso.
—Controlador querrás decir. Ecaena es mil veces mejor.
—¿De qué hablas? Es malvada.
—No, no lo es. Es poderosa, que es diferente—dijo mientras se intentaba dar vuelta-¡Auch!
—Te dije que te quedaras quieta—exclamó mientras ataba la última hebra de cabello a la trenza—Ya está.
Ruby se miró al espejo y pasó la cola de su peinado hacia adelante con una mano.
—Mm, muy ordenado para mi gusto, pero está bien.
—Sí, claro—respondió volteando los ojos y sentándose en el borde de la cama—. Te comportas como una niña pequeña considerando que eres mayor que yo..
—Es que tú eres muy, muy aburrida, Lucy.
Ruby se volteó rápidamente en su asiento, como si se hubiera acordado de algo muy importante y la quedó mirando con una expresión suplicante.
—¿Qué pasa?
—Te he visto escabullirte a la cocina y coquetear con... ¿Cómo se llamaba?—dijo mientras miraba hacía el techo con una mano en la barbilla—Kai...
—Callate.
—¿Te gusta, eh?
—Enserio, Ruby Sylvaris. Cállate.
Ruby llevó sus manos a sus labios simulando un cierre e hizo un gesto como si tirará una llave imaginaria.
—Pero sí. Sí me gusta, pero nadie puede saber.
La sonrisa ligera de Ruby se esfumó.
—Entiendo... ¿Lo amas?
Lucy dudó un segundo antes de responder.
—No... no sé. No importa igualmente.
Ruby se levantó y se sentó a su lado con una expresión de pesar.
—Deberías poder amar a quien tu quieras. Todos deberíamos.
—Pero simplemente no se puede—dijo mientras se ponía de pie, alejando la melancolía que amenazaba con apoderarse de ella—. Tenemos un baile al que ir. Tenemos responsabilidades que cumplir.
—Me iré algún día. Te lo prometo. Tienes que venir conmigo.
Lucy se quedó unos momentos en silencio. Solo le dedicó una sonrisa triste y se dirigió a la puerta.
—Te veo abajo.
Lucy salió, pero Ruby no bajó de inmediato. Se quedó mirando su reflejo en el espejo, tocando la trenza perfecta que su hermana le había hecho, sintiendo el peso de la promesa que acababa de pronunciar: Me iré algún día. No sabía que ese «algún día» sería esa misma noche.
...
Horas después, el baile ya no era más que un murmullo lejano de música y risas falsas que Ruby no soportaba. Escabulléndose por los pasillos oscuros del castillo, buscando refugio, sus pasos la llevaron frente a las grandes puertas de madera de la sala del trono.
La princesa Ruby siempre recorría el castillo. En noches de luna llena, vagaba por los pasillos. Aunque la estructura nunca estaba en silencio, la noche era el momento más tranquilo. Le gustaba ir a la biblioteca y solo quedarse en silencio aunque recientemente habían clausurado la ala lo que era profundamente frustrante para ella. El silencio decía mucho más que las voces que llenaban el lugar todos los días. Siempre había ojos observándola cada vez que pasaba. Ojos que fingían no estar mirando, pero lo hacían, evaluando cada movimiento, cada expresión. Su padre decía que era por su seguridad, pero ella dudaba de que fuera cierto. Había aprendido a escuchar lo que no se decía.
Esa noche, al pasar frente a la sala del trono de su padre, escuchó un grito. La voz del rey, furiosa, quebró el silencio como un golpe seco. Era muy extraño que estuviera en el salón del trono mientras se celebraba un baile. Con inevitable curiosidad se acercó a las grandes puertas de madera oscura, lo suficiente para escuchar la discusión. Estaba discutiendo con Fenry, uno de los guardias que estaban asignados a su cuidado, y con unos cuantos guardias más.
—Ya tiene diecisiete años y en dos semanas cumplirá dieciocho, tiene que casarse—el rey levantó la voz—me da lo mismo lo que ella piense.
—Si... Entiendo, mi señor.
—Ya hable con el rey de Valdoria, el príncipe se casará con ella y nos traerá una alianza útil.
—Organizaremos todo—dijo una voz desde el otro lado del salón. William, el maldito que siempre se le insinuaba a la princesa.
Ruby sintió que el aire se le iba de los pulmones.
—La boda será en una semana. Es lo más seguro para todos.
Seguro.
En una semana.
Se llevó una mano a la boca para no hacer ruido. Su corazón latía con violencia. No podía creer lo que estaba escuchando. O sí, si podía. Su padre siempre le había ocultado muchas cosas.
Pensó en irse. Pero estaba harta de que pasaran por encima de ella. Recordó la promesa que le había hecho a su hermana «Me iré algún día».
Entonces, irrumpió en la habitación. Todos la quedaron mirando. En silencio. Tenía las mejillas rojas y sin percatarse las lágrimas ya corrían por su rostro.
—Ruby, ¿Qué haces husmeando?—dijo su padre con un tono severo—. No es digno de una dama estar escuchando lo que no le incumbe. Deberías estar en el baile.
Sus palabras la golpearon como una cachetada en el rostro. La rabia le nublaba la vista.
—¿Lo que no me incumbe?—exclamó mientras avanzaba hacia el trono donde se encontraba el rey con una calma irritante—Oh claro que me incumbe, que quieras seguir controlando mi vida. Que me quieras casar con un príncipe pretencioso.
—No, no te importa—dijo con una sonrisa-. Soy tu Rey y tu padre. Puedo hacer de tu vida lo que se me plazca. Lo que más me parezca conveniente.
Ruby apretó los dientes. Su padre se puso de pie dejando su trono y bajando las lujosas escaleras de mármol. Se acercó a ella, de una forma tranquila y autoritaria, mientras ella temblaba de la impotencia.
La tomó de la barbilla, mirándola fijamente a los ojos, ella le mostró toda la rabia que tenía acumulada, levantó su rostro y dijo:
—¿Entiendes? Es por tu bien. No tienes de qué quejarte, serás Reina, vivirás cómoda. Y tu...—hizo una pausa—«pretencioso» esposo se hará cargo del trabajo pesado—terminó de decir y la soltó con un gesto de desdén.
Le dió la espalda y comenzó a caminar nuevamente al trono. La música del baile se alcanzaba a escuchar como un eco lejano.
—No. Ya no más. Me cansé todo, de ti, de tus manipulaciones—exclamó con fuerza, sorprendiendo a sí misma por el tono controlado.
—¿Qué dices, niña tonta?
—Eso. Lo que escuchaste. No quiero ser más tu princesa de títere.
—Guardias. Lleven a la princesa a sus aposentos. Está... delirando. Definitivamente
Miró a Fenry, en sus ojos lograba ver una profunda compasión y una suplica para que parara, ella sabía que él no haría nada.
Varios guardias se acercaron a ella para tomarla de los brazos.
—¡No me toquen!
Ruby sintió el calor acumulándose en su pecho y subiendo por su garganta.
Luego se desplazó hacia las puntas de sus dedos e invadió todo su cuerpo.
No sabía qué era.
Pero ... no lo detuvo.
Entonces explotó.
Unas llamas azules se apoderaron de toda de sí. En sus ojos se alcanzaban a ver llamaradas incandescentes.
Con un ademán las llamas salieron de sus manos y envolvolvieron a los guardias dejándolos hechos cenizas. Cómo los restos de una fogata. Hechos polvo.
El Rey la miraba fijamente con una expresión deformada, transmitía un miedo que calaba los huesos. Le tenía miedo. Lo que le causaba una extraña satisfacción, pero al mismo tiempo al mirar los cuerpos carbonizados sintió terror de sí misma. Ruby lo miró fijamente, con la mirada perdida, usó lo que sea que fuera ese ardiente fuego en su interior y creó una barrera.
—Yo no... no... yo no quería. Perdón.
Bajó la vista hacia sus manos que temblaban. No sabía que había hecho, no sabía lo que era capaz de hacer. Se sentía como un monstruo, como un animal enjaulado, pero a pesar de todo, corrió.
Dio media vuelta y corrió hacia las grandes puertas y se perdió en la oscuridad del pasillo. Atrás escuchó un grito lleno de determinación del rey: «¡Persiganla, es una bruja! Atrapenla sin llamar la atención.».
Ruby sintió como las lágrimas inundaban sus ojos y como su corazón se aceleraba.
Bruja.
La palabra se repetía en su mente. Las brujas eran malvadas. Despreciadas. Perseguidas. ¿Lo sería ella también?
Ruby se sentía pisoteada. No sabía que acababa de hacer ni cuáles serían las consecuencias.
Solo sabía que no había manera de deshacerlo.
Había asesinado a personas. Cómo podría enmendarlo pensaba mientras su mente iba a toda velocidad.
Frente a ella apareció Lucy. Parecía preocupada. Ruby la miró sin decir ninguna palabra.
—Te estaba buscando-dijo mientras observaba su vestido ahora quemado en ciertas partes-¡¿Qué te pasó?!
—Ne... necesito irme. Ahora. Ya no hay tiempo.
—No te entiendo. Más despacio -pidió Lucy, dando un paso hacia ella e intentando tocarle el brazo, pero Ruby retrocedió, asustada de su propio poder.
—¡No me toques!—exclamó con la voz rota-. Tienes que venir conmigo, Lucy. El rey... los guardias... —su voz se ahogó en un sollozo—. Solo ven conmigo, estaremos bien. Lo siento.
Lucy le dedicó una mirada triste y luego se volvió dura y contenida.a
—¿Qué? ¿De qué estás hablando? No puedo irme. Tenemos deberes. ¿A dónde piensas ir?
—Más allá del muro. Al bosque maldito.
—¿Estás loca?—exclamó.
—No entiendes, me matarán. No puedo esperar más. Ven, pero si no lo harás no te interpongas en mi camino.
Sin esperar a que su hermana pudiera reaccionar o detenerla, Ruby la esquivó, pero cuando estaba a unos cuantos metros, su hermana gritó su nombre, Ruby volteó y su hermana dijo:
—Cuídate, te amo. Nos volveremos a ver.
—Lo prometo.
Lágrimas corrieron por las mejillas de las princesas y Ruby siguió corriendo desesperada hacia su habitación.
Entró y cerró la puerta detrás de ella, pasando el cerrojo con manos temblorosas. Rosita estaba dentro, la quedó mirando. Dudó un segundo pero por fin dijo:
—Pero, ¿Qué pasó? -dijo con tono de preocupación—. Estaba ordenando su closet.
—Nada.
—Pero...
—¡Pero nada! —alzando la voz—. ¡Vete!
—No me hable así, señorita.
—Perdón... —más bajo—. No digas nada. Por favor.
Sabía que Rosita a pesar de no llevarse del todo bien la quería, era como su madre. No esperaba que le creyera, pero sí que no dijera nada y que no se metiera en problemas por su culpa.
Rosita la miró unos segundo. No pregunto nada más. Ruby se acercó y le dio un abrazo fuerte pero corto.
—Te quiero. Gracias por todo.
—Yo igual la quiero. Cuídese mucho.
Ruby sabía que ella sospechaba su plan, pero no la detuvo, solo asintió y se fue.
La princesa comenzó a vestirse con rapidez. Al final, tomó una capucha negra, oscura como el ébano, y abrochó como pudo sus tres botones. Se miró al espejo, sus ojos estaban llenos de lágrimas y su cuerpo temblaba.
Se limpió el rostro. No sonrió.
Tenía que ir al bosque. Al bosque maldito. Dónde vivían las brujas. Si ella era una de ellas, ahí estarían las respuestas.
En el lugar del que nadie hablaba sin bajar la voz. El lugar que, según decían, estaba lleno de monstruos, magia corrompida y muerte segura. El lugar que existía fuera de los muros... y fuera de todas las explicaciones.
Tenía que salir de este lugar, antes de que la encontraran y la ahogaran en el río. O la colgaran en el árbol de la plaza.
Pensar en eso le puso la piel de gallina.
Los gritos y los pisotones se escuchaban cada vez más fuertes. Más cerca.
Se acercó a la pared y tocó la superficie hasta encontrar la ranura de su escondite. Sacó su arco y flechas. Se colocó este en su espalda y arregló la capucha. Cualquiera pensaría que era solo un arquero solitario.
Abrió el mueble café donde las sirvientas guardaban las herramientas y agarró una cuerda un poco gruesa para bajar al jardín y una más delgada para subir los muros del exterior. Lo ató con fuerza a la cama, que estaba firmemente unida a la cerámica del suelo. El nudo parecía resistente... o al menos eso esperaba.
Se acercó a la ventana.
El aire nocturno le rozó el rostro cuando subió al marco, con el corazón latiendo con fuerza. Escuchó los gritos, ya en el pasillo. Estaba a punto de saltar cuando su pie resbaló.
Todo ocurrió demasiado rápido. Ruby perdió el equilibrio y cayó. En caída libre, directo hacia el suelo. Ya no había vuelta atrás. La jaula se había abierto por fin, pero estaba lista para prenderle fuego al nido.

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