Parte 1

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Aun no se acostumbraba del todo al clima frio de la costa, y cada mañana lo sorprendía de mala gana con un viento fresco que lo hacia temblar un poco antes de ponerse una chaqueta. Después de todo, siempre había sido un hombre de ciudad; allí había nacido, se había criado y, por supuesto, había crecido junto al gran suburbio de enormes edificios y calles cementadas donde el calor siempre se hacia notar. Pero aquellos días ya eran un recuerdo, uno medio agridulce que Farfadox había tomado la decisión de dejar por su propio bienestar. Un poco cobarde dirían algunos, pero el argentino no quería seguir pasando días con la incertidumbre constante de recibir una puñalada por la espalda o un tiro entre las cejas.

Se llevo las manos a la boca y exhalo aire para calentarse, mientras iniciaba su caminata hacia el pequeño muelle de madera cerca de su hogar. Había iniciado esta rutina hacia poco mas de un mes, luego de comprarse un barco de madera para poder comenzar su nuevo emprendimiento: la pesca.

¿Farfadox sabia de pesca? No. Sin embargo, podía recordar haber ido a pescar unas cuantas veces de niño, y siempre sacaba el pez mas grande del agua.

— Eres un niño afortunado— le decían. Esperaba que esa fortuna de niño aun lo acompañara después de tantos años de atrocidades cometidas.

Llego al muelle luego de unos cinco minutos caminando. La madera de la estructura crujió un poco bajo el peso de sus botas, y lo hizo aun mas cuando el hombre comenzó a caminar hasta donde había amarrado su humilde embarcación; un viejo bote de madera de unos cinco metros de largo. Era de un bonito color blanco y celeste, pintura que hacia su mejor esfuerzo por ocultar la antigüedad del navío. Lo importante era que, aunque viejo, se podía navegar en el y, por supuesto, pescar. Estaba hecho para llevar a bastantes personas, así que Farfadox estaba tranquilo ante la idea de un posible hundimiento. No estaba tan pesado como para hundir un barco. Seguramente Amilcar le diría lo contrario.

— Ah—. balbuceo Farfadox ante el recuerdo del alfa. Mejor no pensar en eso, al menos, no tan temprano.

Soltó la embarcación y, después de tambalearse un poco por el movimiento del océano bajo sus pies, se acomodo para zarpar. Dejo su bolso entre los asientos, encendió el motor, se acomodo con un poco de pereza sobre las tablas de madera y arranco. El sonido del mar abriéndole paso y el motor rugiendo lo reconfortaron de cierta manera.

Había iniciado a pescar por dos razones; una, porque había escuchado en el pueblo que era una fuente decente de ingresos y dos, porque necesitaba un hobby que le tomara tanto tiempo como fuese posible. Las memorias de su pasado comenzaban a perseguirlo con mas constancia cada día que pasaba, provocándole una ansiedad asfixiante imposible de ignorar. Si se mantenía ocupado podría mantener a raya a su mente traicionera de recuerdos y vivencias pasadas. Así pensaba hace unos días, hasta que durante sus largas sesiones de pesca acabo llorando desconsoladamente en mitad del mar, por lo que tuvo que agregar un nuevo factor a su ecuación para encontrar calma: el alcohol.

Mientras se adentraba en el extenso mar llamo su atención la nula presencia de otros botes rondando las aguas, algo raro tomando en cuenta que todos los días a esa misma hora ya podía contar al menos un par de ellos.

Quizá era día de descanso para la pesca y nadie le había dicho. No sería raro tomando en cuenta que llevaba viviendo en ese pequeño pueblo costero tres meses, y en todo ese lapso de tiempo no había dedicado mucho tiempo ni esfuerzo por conocer a los habitantes de la zona.

Ni siquiera tenía vecinos con quienes dialogar, pues el mismo tomo la decisión de comprarse una casa alejada del resto; una construcción más lujosa que la mayoría de casas del pueblo, ubicada muchísimo más cerca de la playa (quizá para aparentar exclusividad). A Farfadox le gustó por su estilo cúbico, su pintura negra y por tener una pileta amplia en el patio (irónico considerando lo cerca que tenía el mar).

Profundo (farfarich)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora