El trono de Astillas

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"En este mundo, el poder se firma con sangre y se hereda con fuego, pero hasta el más grande de los Don sabe que el giro del destino no acepta sobornos: hoy dictas la sentencia, mañana eres el mensaje."
El Palacio Mastrasshio olía a historia, a incienso caro y, esa noche, a traición.

Narrador anónimo

Lorenzo di Loreto caminaba por el pasillo principal con la parsimonia de un rey que ya ha reclamado la corona antes de la batalla.

Sus botas de cuero italiano resonaban rítmicamente sobre el mármol, un metrónomo de muerte.

A su lado, sus hombres -un escuadrón de élite vestido de negro- aseguraban cada esquina. El padre de Lorena, el patriarca Mastrasshio, ya había firmado el acuerdo de cesión en el búnker subterráneo, temblando como una hoja al viento.

-Todo ha sido demasiado fácil -murmuró Marco, el segundo al mando de Lorenzo, ajustando su subfusil-. Los Mastrasshio han perdido el poder.

Lorenzo no respondió. Sus ojos, fríos como el acero de una tumba, se fijaron en las imponentes puertas dobles de la biblioteca privada de la "Emperatriz". Había oído historias sobre la hija del clan. Decían que era la verdadera mente tras los negocios de la familia, una mujer que prefería el olor a pólvora que el de las rosas.

-Ella es la única moneda que me interesa -dijo Lorenzo, su voz era un barítono profundo que no admitía réplica-. Retírense. Ella es mía.

Lorenzo empujó las puertas con una fuerza arrogante.

-Se acabó el juego, Lorena. Tu padre ha firmado tu destino. Prepárate para...

No pudo terminar la frase. El instinto, forjado en mil emboscadas, le hizo inclinar la cabeza hacia la derecha un milisegundo antes de que un cuchillo táctico pero con un toque femenino, rosado y de brillantina pasara rozando su oreja para clavarse profundamente en la madera de la puerta, una sonrisa ladeada surco su rostro por una fracción de segundos al percatarse de este detalle tan infantil.

-En esta casa, Lorenzo di Loreto, nadie entra sin ser invitado -la voz de Lorena Emperatriz Mastrasshio llegó desde las sombras, cargada de un veneno letal.
Ella salió a la luz.

No llevaba un camisón de seda, sino un conjunto de combate táctico que se ajustaba a su cuerpo espectacular como una segunda piel, resaltando cada curva peligrosa. Su cabello oscuro estaba recogido en una trenza tensa, y sus ojos -dos carbones encendidos- prometían un infierno.

Lorenzo sonrió, una mueca depredadora.
-He venido a cobrar una deuda. Y tú eres el pago.
-Entonces ven a cobrarla, Di Loreto -lo retó ella, deshaciéndose de su arma de fuego y lanzándola al suelo con desprecio-. Si eres lo suficientemente hombre como para intentar tocarme sin tus perros falderos detrás.

Lorenzo aceptó el desafío. Se despojó de su chaqueta, revelando unos hombros anchos y una musculatura tensa bajo la camisa blanca.

El primer choque fue brutal.
Lorena no se movió como una mujer, se movió como un rayo. Antes de que Lorenzo pudiera cerrar la distancia, ella lanzó una patada giratoria que él bloqueó con el antebrazo, sintiendo el impacto vibrar en sus huesos. Ella era rápida, increíblemente técnica. En un parpadeo, Lorena estaba en su guardia personal, conectando un codazo en su mandíbula y barriendo sus pies con una agilidad que lo obligó a retroceder.

-¿Eso es todo? -se burló ella, su respiración apenas agitada-. Me decepcionas.

Rugiendo internamente, Lorenzo se lanzó de nuevo. Esta vez, la atrapó. Su mano rodeó la cintura de Lorena, sintiendo la firmeza de su cuerpo, y la estampó contra la mesa de caoba. Pero ella no se rindió. Usando sus piernas, Lorena se enroscó en su cuello, aplicando una llave de asfixia que hizo que Lorenzo viera puntos negros.
Lucharon por el suelo, una danza de golpes, agarres y respiraciones entrecortadas.

El odio se mezclaba con una descarga de adrenalina que empezaba a mutar en algo más oscuro. Por un momento, Lorenzo logró dominarla, sujetando sus muñecas contra el suelo, su cuerpo pesado presionando el de ella.

-Te tengo -gruñó él, sudoroso, fascinado por la belleza feroz de la mujer bajo él.
-Ni en tus sueños -respondió ella.
Con un movimiento de cadera experto, Lorena se zafó, le propinó un cabezazo que le abrió la ceja a Lorenzo y se puso en pie de un salto, recuperando un puñal oculto en su bota.

Lorenzo se limpió la sangre de la cara, lamiendo sus labios. Estaba herido, estaba furioso y, por primera vez en su vida, estaba completamente obsesionado.

-Vas a ser una perra difícil de domar, Lorena Emperatriz.
-Domar es para animales, Lorenzo. A mí tendrás que matarme si quieres llevarme.

El sonido de más hombres acercándose y el eco de una granada de humo lanzada por Marco interrumpió el duelo.

La habitación se llenó de un gas grisáceo. Lorena tosió, su visión nublándose por el sedante que Lorenzo había ordenado disparar al ver que el combate cuerpo a cuerpo se le escapaba de las manos.
Antes de caer al suelo, sintió unos brazos poderosos atrapándola.

-Has ganado esta batalla, Emperatriz -susurró Lorenzo al oído de ella, su aliento caliente contra su piel-. Pero acabas de empezar una guerra que no puedes ganar. Bienvenida a tu nueva vida.

Imperio de Sombras: Deuda Mastrasshio Stories to obsess over. Discover now