Yace mi cuerpo en este habitáculo cercado y veo el triunfo de un ser que ya no siento.
Nace la vida y el reloj ya cuenta los suspiros:
los exactos para agotar la brevedad de un momento.
Y yo ya no tengo un ahora.
Mi aura me abandona,
no quiere aguantar mi sufrimiento;
es una ausencia demoledora para un cuerpo
que ansía anestesia de sentimientos.
Y me escucho totalmente desolado.
He aparcado los deseos a un lado entregándome a la renuncia.
Yo, que busqué refugio entre los trasnochados
solo para olvidar
que bajo tierra había quedado mi astucia.
Cada vez comprendo mejor los susurros de la muerte al ver mi cadáver.
Cuatro, tan solo cuatro paredes serán tumba de mi carne y
como si de alguien importante se tratara,
no se os dejará ver.
