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PRÓLOGO.

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"El miedo es aquello que queda cuando la voz se apaga, pero la respuesta insiste en existir."

Lo leí por primera vez sin entenderlo, y eso me pareció normal. Estaba escrita en la última página de un cuaderno que no era mío, con una letra irregular, como si quien la hubiera copiado tuviera prisa o no quisiera que alguien la viera. No había nombre, ni fecha, ni ninguna explicación. Solo esa frase, sola, como si no necesitara nada más para quedarse en la cabeza de quien la leyera.

Durante un tiempo pensé que hablaba de cosas simples. De quedarse callado cuando uno quiere decir algo importante, o de pensar una respuesta correcta demasiado tarde. Cosas comunes, de esas que le pasan a cualquiera y que no cambian nada de verdad. No había razón para darle más vueltas.

En mi ciudad, el miedo no era un problema grande. Era algo pequeño y cotidiano, casi invisible. Los adultos lo mencionaban en voz baja, los niños aprendíamos rápido a no hacer demasiadas preguntas, y todos seguíamos con nuestras rutinas sin detenernos demasiado a pensar por qué. La vida avanzaba así, sin sobresaltos.

Los días eran normales. Las clases eran normales. La gente hacía cosas normales y vivían vidas normales. Por eso nadie se detenía demasiado en frases extrañas escritas en cuadernos viejos. Yo tampoco lo hice.

Si alguien me hubiera dicho entonces que el miedo podía quedarse después de la muerte, me habría reído. Me habría parecido una historia exagerada, de esas que se cuentan para asustar niños o para justificar reglas que nadie quiere explicar. No tenía sentido pensar en algo así.

Pero hay ideas que no se van cuando uno se ríe de ellas. Se quedan en silencio, esperando. Y cuando uno crece lo suficiente, regresan, no para aclararse, sino para empezar a hacer preguntas que ya no se pueden ignorar.

Ahora que tengo veinte años, esa frase volvió a aparecer.

No en el cuaderno, ni escrita en una pared, ni repetida por alguien más. Volvió como vuelven las cosas que uno cree superadas: sin avisar, en medio de un día común, cuando no hay tiempo para prepararse. La escuché en mi cabeza mientras esperaba el transporte, rodeado de gente que miraba el suelo o sus teléfonos, todos igual de cansados, todos igual de vivos.

A los veinte, uno cree que ya entiende cómo funciona el mundo. No del todo, pero lo suficiente como para no sorprenderse con facilidad. Ya no se espera que las cosas tengan explicaciones claras, ni finales justos. Se aprende a aceptar órdenes, horarios, silencios. A no preguntar demasiado.

La ciudad también cambió en esos años, aunque nadie lo diría en voz alta. Algunos edificios fueron reemplazados, otros simplemente cerraron y nunca volvieron a abrir. Aparecieron nuevas señales, nuevas normas, nuevas personas con insignias que decían estar ahí para proteger. Al principio se sentían como parte del paisaje. Después, como algo más.

Los Jo-gon ya existían cuando era niño, pero no tenían nombre para mí. Eran solo hombres y mujeres con trajes grises, presentes en los noticieros y ausentes en las conversaciones familiares. Decían que mantenían el orden, que se encargaban de cosas que era mejor no ver. Nadie discutía eso. Nadie quería hacerlo.

Con el tiempo, aprendí que había palabras que no se usaban. Miedo era una de ellas. No porque no existiera, sino porque decirla demasiado fuerte hacía que alguien te mirara con atención. Y la atención, en esta ciudad, no era algo bueno. A los veinte, uno empieza a notar esas miradas.

Empieza a recordar cosas que antes parecían insignificantes. Sueños repetidos. Noticias mal explicadas. Cuerpos cubiertos demasiado rápido. Empieza a unir puntos que nunca estuvieron pensados para conectarse. Y es ahí cuando la frase cobra otro peso. El miedo no se va cuando la voz se apaga. Solo cambia de forma, se acomoda, aprende a esperar. No necesita atención constante; le basta con saber que, tarde o temprano, alguien va a escuchar.

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⏰ Last updated: Jan 25 ⏰

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