Leonardo Stark conducía su coche desde Florida con destino a Dark City. Ya eran altas horas de la noche; había estado al volante durante seis horas.
Hacía mucho tiempo que ni él ni su esposa visitaban Dark City, especialmente él. Aún recordaba vívidamente que, cuando estudiaba en la universidad, no podía dejar de contar los días para abandonar esa ciudad.
Dark City se había caracterizado siempre por su extrema violencia, hasta el punto de que el Gobierno de los Estados Unidos dejó de incluirla en sus mapas. Para el Gobierno, era una ciudad inexistente. Pero Leonardo tenía que ir allí para ver a su viejo amigo, Howard Queen, a quien había conocido en la universidad y quien le había presentado a su ahora esposa, Rebeca.
Rebeca era una mujer alegre, cuyo espíritu contrastaba maravillosamente con la seriedad de Leonardo. Él estaba profundamente agradecido con Howard por presentarle a una mujer tan maravillosa. Ella le había contagiado esa alegría de vivir, e incluso había logrado que su estancia en aquella ciudad fuera agradable.
La noche caía en una oscuridad abrumadora. Rebeca, sentada en el asiento del copiloto, miraba por la ventana, observando las estrellas. Le daba miedo la ciudad a la que se dirigían, y más miedo aún le daba aquella oscuridad. Algo en su interior le decía que dieran la vuelta, pues esa noche no presagiaba nada bueno.
De repente, Leonardo soltó una risa seca, rompiendo el silencio denso del coche.
-¿En qué estás pensando, mi amor? Pareces una estatua de sal -preguntó Leonardo, sin apartar los ojos de la carretera, aunque su voz era suave.
Rebeca se sobresaltó ligeramente y luego esbozó una pequeña sonrisa.
-En nada importante. Solo en el cielo. Es precioso, ¿verdad? Y tan oscuro...
-Demasiado oscuro para mi gusto -replicó él, haciendo un gesto con la barbilla hacia el frente-. Y no me extraña que lo mires tanto. Sabes que, a veces, olvido que estoy casado con una de las estrellas más bonitas de la galaxia.
Rebeca no pudo evitar soltar una carcajada, golpeándole suavemente el brazo.
-¡Ay, Leonardo! Eres ridículo. ¿Estás tratando de quitarme el miedo o de que no me dé cuenta de lo tenso que estás por ir a ver a Howard?
-Un poco de ambas, supongo. Y hablando de la galaxia... -Su voz se volvió soñadora. -Mira esas estrellas, Rebeca. Solo son puntos luminosos aquí abajo, pero allá arriba, son mundos. Gigantes. ¿Te imaginas?
-¿Imaginármelo? Lo sé de sobra. Es tu plan secreto: huir de mí y convertirte en un vagabundo espacial.
-¡Jamás huiría de ti! -protestó, pero su tono era de broma-. Pero sí. Sé que lo sabes. No quiero pasar el resto de mi vida diseñando puentes y edificios. Quiero descubrir algo. Algo realmente importante.
Rebeca se recostó en su asiento, su miedo atenuado por el entusiasmo de él.
-Sé que serás un gran astronauta, Leo. Lo sé. Y cuando lo seas, nos compraremos una casa grande, en una ciudad luminosa, con un gran jardín para que juguemos con... con nuestros hijos. ¿Te imaginas a mini-Leos corriendo por ahí?
Leonardo sonrió, un gesto que pocas veces se permitía. Por un instante, la oscuridad de Dark City no importó. Solo existía ese futuro brillante que Rebeca le había pintado.
-Me los imagino. Y el mayor de ellos llevará tu alegría y mi... mi seriedad. Y le enseñaré a mirar el cielo. Y le contaré que su madre era una estrella.
-Prométeme que ese día llegará. Que este viaje es solo un pequeño paso atrás, antes de dar el gran salto.
-Te lo prometo, Rebeca. A ti y al universo entero.
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Abos: El camino a ser un súper
Ciencia FicciónEn un mundo donde la ciencia y la tecnología están alcanzando límites insospechados, surge una historia de heroísmo y sacrificio. Osiel, un joven que lucha contra el cáncer, se convierte en el protagonista de una trama que cambiará su destino y el d...
