Nadie sería capaz de asegurar que los monstruos existen, ¿cierto?
Eso pensaba yo mientras el timbre de regreso a clases anunciaba la culminación de una tormentosa hora de recreo que había quedado para la memoria como el decimocuarto día en que Augusto Barón me acorraló para robarme mi almuerzo. Él y su séquito de bullies tenían la capacidad de encontrarme, como si poseyeran un olfato de perro; en la cafetería, en el parque y hoy, en el baño.
—Dile a tu madre que no le ponga ensalada a la próxima, Martín —dijo mientras probaba mi almuerzo y se alejaba riéndose por la puerta del baño.
Augusto no parecía un joven normal. Para sus diecisiete años poseía la mirada de un hombre adulto y su cuerpo se había desarrollado por encima del de los demás jóvenes: extremadamente musculoso y ágil. A pesar de todas estas capacidades, había algo que detestaba: la música. ¿Pueden creerlo? Lo había escuchado despotricar en ocasiones sobre la banda de la escuela, a la cual perseguía constantemente para esconder o destruir sus instrumentos. Ciertamente era un caso extraño. Pero bueno, supongo que cuando eres un bully profesional debes sacrificar ciertas cualidades de tu humanidad.
Me levanté del frío suelo del baño y limpié mi ropa embarrada de tierra tras el forcejeo. Frente al espejo encontré mi ojo morado, producto de un forcejeo quizás innecesario, pero muy motivado. Estoy cansado de sus abusos. La puerta del baño se abrió de repente y mi corazón brincó de mi pecho al ver a la persona que acababa de ingresar.
—No puede ser —me dijo Paco mientras me analizaba de arriba hacia abajo.
Se acercó lentamente, observando a su alrededor el baño que había sido destruido por los matones. Con la ternura de un padre que acaba de encontrar a su hijo indefenso, puso su mano sobre mi hombro.
—Tenemos que decirle esto al rector.
—Déjalo así, Paco.
—Te juro que si veo a ese desgraciado le voy a romper la cara —su rostro se arrugó de rabia y, lentamente, tras una bocanada de aire que expulsó, me observó fijamente— Amigo, tienes que tomar cursos de autodefensa.
Me reí; él también. Paco era nuestro líder de grupo en Cazadores y Dragones. Audaz, decidido, valiente: todos los adjetivos que no podrías relacionar conmigo. Era capaz de enfrentarse a los profesores de forma astuta y salirse con la suya; era correteado por la policía cuando lo encontraban a altas horas de la noche y ese día, mientras salíamos del baño y me daba fuerzas, sus ojos se clavaron directamente sobre Augusto Barón.
Caminó directo hacia mi victimario con una sonrisa en su rostro.
—Hey, Barón, ¿por qué no bailamos un momento?
Augusto pudo a duras penas darse media vuelta cuando el puño de Gonzalo golpeó su mandíbula y lo dirigió al suelo. Siempre creí que Gonzalo sería el único que podía enfrentarse cuerpo a cuerpo a Augusto, pero nunca lo había visto hacerlo en persona. El gigante se levantó tras el puñetazo, decidido a devolvérselo a mi amigo, pero en ese momento el profesor Reyes entró en escena y detuvo lo que probablemente habría significado la muerte de Paco.
—Señor Barón, creo que sería bueno que reconsiderara si realmente quiere hacer eso.
—Dígaselo a él —señaló a Gonzalo—. Yo estaba tranquilo con los muchachos y este imbecil me golpeó.
—¡Profesor Reyes, él empezó! —interrumpió Gonzalo.
—Y aquí termina, Rambo. No quiero tener que verlos en detención después de clase, así que lo dejaremos como una primera advertencia. ¿Estamos claros?
Paco y Augusto se observaron fijamente y asintieron. El bully levantó la mirada y me observó fijamente. Sentí el odio en su mirada y me paralicé.
—Deja de verlo —le dijo Paco, llamando su atención—, y lo que es con él, es conmigo.
—¡Señores! Dense la mano, por favor, y vamos a regresar a nuestras clases —insistió Reyes.
Paco le extendió su mano en señal de paz, pero Augusto dio media vuelta y se retiró. Reyes suspiró, derrotado.
—No me pagan lo suficiente por esto —creí escuchar refunfuñar al profesor mientras se alejaba.
Me acerqué a Paco, quien se masajeaba su mano adolorida por el golpe.
—Gracias. Aunque no tenías que hacerlo.
Paco me regaló una sonrisa y me guió hacia el salón, al final del pasillo. Todos los estudiantes ya habían retornado a sus salones, y él y yo nos desplazábamos lentamente hacia el nuestro como si fuésemos los dueños del colegio. No es como que nos llamara mucho la atención la clase de educación sexual que dictaban antes de gimnasia.
—¿Y bien? —me preguntó Paco.
—¿Qué?
—¿Iremos a las fiestas esta noche?
Esa mañana de Halloween de 1987, en Barcelona, solo se hablaba de una cosa: la gran fiesta que el alcalde Marcus Darwin y todo su equipo de gobierno organizarían esa noche. Un evento de tradición que tuvo su origen hace 15 años, cuando el entonces actor Marcus Darwin propuso que estas fiestas fueran un espacio para que la ciudad gótica permitiera a los actores y actrices relacionarse con el público común. ¿Se imaginan? Tener la posibilidad de bailar una noche con Antonio Banderas o con la bella Carmen Maura. ¿A qué safado se le pudo haber ocurrido aquella locura?
En los sesenta, Marcus era la estrella de un programa de televisión bastante reconocido: La Academia Vampiro. En él se narraban las aventuras del rector de un colegio vampiro —protagonizado por Marcus—, quien debía dirigir un colegio de humanos. El programa, éxito en rating, posicionó al elenco como los mejores actores de su tiempo y a Marcus se le empezó a llamar "El señor de la noche". De La Academia Vampiro siguieron Drácula, Colmillos y sangre, ¡Transilvania! y otra docena de producciones que abarcaron cine, radio, telenovelas y series de televisión, donde los colmillos de Marcus hacían palpitar los corazones de cientos de fanáticas. Las mismas que apoyaron su propuesta de las fiestas de Halloween cuando buscaba que las patrocinara el Estado, en un esfuerzo por convertir a Barcelona en la capital de las fiestas góticas. Y bueno, el resto es historia.
—No lo sé.
—¿Qué dices? ¡Esta noche estarán espectaculares! Escuché que cada fiesta será celebrada en una mansión diferente, con temáticas variadas. Está la del doctor Jekill y Mr Hyde, la del hombre lobo, y Marcus ha puesto su casa como la sede de la tercera fiesta, con temática vampírica. Están celebrando los 15 años de La Academia Vampiro. Será una fiesta por lo alto.
—No soy alguien de fiestas, ya lo sabes.
Mi respuesta cansada borró la sonrisa de mi amigo, quien pareció haberlo entendido. Estábamos a pocos metros del salón y Paco decidió guardar silencio. De repente, una sonrisa se desprendió de su rostro.
—Es una pena que no vayas. Unos amigos dicen que podrían presentarte a Vianca Darwin.
Siempre admiré a Marcus. Sus películas poseían esa cualidad encantadora, casi hipnótica, que te dejaba con una extraña sensación de bienestar al final. Pero más que Marcus, quien llamaba la atención de este joven de diecisiete años era Vianca Darwin.
Siguió la carrera de su padre, y aunque quizás no gozaba de la misma chispa, era una mujer encantadora y con una carrera en ascenso vertiginoso. Su cabello negro y corto, estilo blunt bob, contrastaba con su piel, tan pálida como una hoja que no ha sido escrita, y su estilo de camisas francesas de líneas blancas y negras gruesas la dotaba de un misterio particular. Tenía todos sus pósters,que me los regalaba el proyeccionista del cine que quedaba cerca de mi casa; rentaba los VHS cada vez que una nueva película salía en formato casero y era capaz de interrumpir el zapping de canales si ella aparecía. Sin embargo, nunca me había atrevido a ir a una de las famosas fiestas de su padre, donde seguramente tendría grandes posibilidades de conocerla.
Me detuve lentamente mientras Gonzalo me daba unas palmaditas en el hombro, acompañadas de un ligero guiño del ojo e ingresaba al salón. Mi mente se quedó afuera.
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Entre calabazas y colmillos
FantasyDurante la maratón de cuatro fiestas de Halloween de Barcelona, Martín (17) se enamora perdidamente de Vianca (19) una vampira vegetariana que lo llevará a embarcarse en una misión: salvar a su hermano y a su mejor amigo quienes han sido capturados...
