Bruma Alta siempre olía a humedad y a cosas que no se dijeron a tiempo.
La niebla bajaba temprano, como si el pueblo tuviera miedo de verse a sí mismo con claridad. Lía caminaba con las manos en los bolsillos del abrigo, contando sus pasos para no pensar. Pensar era peligroso. Pensar traía recuerdos. Y los recuerdos no pedían permiso para doler.
Tenía dieciséis años y ya sabía lo que era perder.
Su madre había muerto dos inviernos atrás. No de golpe, no con ruido. Se había ido despacio, apagándose como una luz que nadie cambia. Desde entonces, la casa era demasiado grande y su padre demasiado pequeño dentro de ella. Hablaban lo justo. Se miraban lo mínimo.
Lía aprendió a desaparecer sin irse.
Cada tarde caminaba hasta el muelle viejo, aunque el lago ya no existiera. Decían que se había secado, pero ella creía que simplemente se había cansado de reflejar a gente triste.
Se sentaba ahí, con los pies colgando sobre la nada, y escuchaba el crujido de la madera. Ese sonido le recordaba que algo todavía resistía.
Ese día no estaba sola.
Había un chico apoyado contra uno de los postes, mirando el horizonte vacío como si esperara que algo apareciera de la nada. Tenía el pelo desordenado y una expresión tranquila, pero cansada. No la miró de inmediato. Eso le gustó.
—No suele venir gente —dijo él, sin girarse.
—No suelo contarme como gente —respondió ella.
El chico sonrió apenas. Una sonrisa triste, como las que duran poco.
—Elías.
—Lía.
Silencio.
No fue incómodo. Fue... nuevo.
Se quedaron ahí, sin preguntas, sin explicaciones. A veces el alma reconoce a otra rota antes que la mente.
—Este pueblo —dijo él al rato— tiene algo raro.
—¿Qué cosa?
—Te hace sentir que si decís lo que sentís, algo se va a romper.
Lía tragó saliva.
—O que ya está roto y nadie quiere admitirlo.
Elías la miró por primera vez. Sus ojos no tenían sorpresa, sino reconocimiento. Como si alguien, por fin, hubiera dicho algo que él llevaba tiempo pensando.
No hablaron más. No hizo falta.
Cuando Lía se fue, no miró atrás. No porque no quisiera... sino porque por primera vez en mucho tiempo, algo le dio miedo perder antes incluso de tenerlo.
Esa noche, mientras se acostaba, pensó en algo que no se permitió decir en voz alta:
Tal vez el dolor no se va.
Tal vez solo cambia de forma.
Y tal vez... no quería estar sola cuando eso pasara.
La niebla cubría Bruma Alta.
Y sin saberlo, también empezaba a cubrir su corazón.
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La Niebla También Aprende a Amar
Romance"La Niebla También Aprende a Amar" es una novela sobre crecer cuando todavía estás rota, sobre amar cuando no sabés quedarte, y sobre aprender que algunas personas no llegan para salvarte, sino para marcarte. La historia sigue a Lía, una chica que v...
