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La alarma no era un simple sonido; era un martilleo rítmico que parecía golpear directamente contra mis sienes, recordándome que el mundo no se detiene por mucho que uno quiera desaparecer entre las sábanas. Me quedé inmóvil, sintiendo el peso del cansancio como una manta de plomo. Esos cinco minutos extra de sueño fueron una mentira piadosa que me conté a mí misma, un breve refugio antes de enfrentar la realidad de un día que se sentía gris incluso antes de empezar.
Me levanté con la pesadez de quien carga un mundo que no pidió.
Odio madrugar. Odio el colegio. Soy Denis, y mi vida se mide en bostezos y ganas de que el reloj avance más rápido.
- ¡Denis! ¡Baja ya, que el café se enfría! -el grito de mi madre subió por las escaleras, rompiendo el frágil silencio de mi cuarto.
Ella era el sol de la mañana, siempre radiante y activa cuando yo apenas era una sombra. Me miré al espejo. El tiempo se me escapaba entre los dedos. Hoy era día de educación física, pero la sola idea de pelear con un cepillo me agotaba. Decidí dejar mi cabello suelto; una cascada de hilos rebeldes que caían sobre mis hombros sin orden ni concierto. Sabía que sería molesto, un velo que se cruzaría en mi vista constantemente, pero el desorden externo no era más que un reflejo de mi caos interno.Me cambie tan rápido que flash estaría orgulloso de mi.
Bajé a la cocina, sintiendo el frío de la mañana y el viento soplando cada rato como si quisiera darme una lección por levantarme tarde.
- Tardaste mucho, ¿qué pasó? ¿Otra vez peleando con la almohada? -me dijo ella con esa sonrisa que mezcla cansancio y ternura.
- Como siempre, mamá. No creo que mi cuerpo esté diseñado para funcionar antes de las diez -respondí, tomando la taza caliente entre mis manos.
- Debes acostumbrarte, hija. El mundo no se detiene por nadie.
Me perdí en el humo que subía del café, no había escuchado a mamá, además estaba pensando en preguntas raras que no tenían respuesta, hasta que la hora me golpeó la cara: 7:30.
A las 8:00 se cerraba el mundo escolar. Salí disparada, sintiendo el peso de la mochila y del tomatodo que mi madre me obligó a llevar.
Después de salir lo único que pensaba era que tenía que subir la pendiente hacia la parada era como escalar una montaña sin oxígeno. Mis pulmones ardían y mi pecho silbaba con esa fatiga que siempre me hacía sospechar que tenía asma, o quizás solo era el alma pesándome demasiado.
El refugio antes de la tormenta
El autobús era una cápsula de metal donde el ruido de mi música favorita era el único escudo contra el mundo.
Al llegar al colegio, el auxiliar selló mi agenda con la misma indiferencia de todos los días. Subí a clase y allí estaba ella:
Noemí.
- ¡Holaaaaa! -exclamó Noemí, y su voz fue como un rayo de luz en ese salón sombrío.
- Holaaaaaaa -respondí, sintiendo que la carga se aligeraba un poco.
Noemí era la única que lograba descifrar el mapa de mis locuras.
- ¿Qué haces, Denis? -preguntó, asomándose a mi cuaderno.
- Terminando matemáticas. Anoche mi cerebro decidió que era mejor dormir que resolver ecuaciones.
- ¿Había tarea? -su rostro pasó del entusiasmo al pánico puro-. ¡No puede ser! ¿Me dejas copiar?
- Yo me copié de Dannie, así que técnicamente es una copia de una copia -reí, mientras le pasaba el cuaderno.
En instantes, El profesor llegó y la monotonía se instaló en el aire, densa como el polvo, cada compañera tenía nervios de que revisara la dichosa tarea que la verdad nunca la entendí
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ZOMBIELAND
AventureEn un abrir y cerrar de ojos, los pasillos de un colegio femenino se transforman en un matadero. El mundo exterior ha muerto, y lo que queda de la humanidad se desmorona tras barricadas de pupitres y estantes metálicos. Denis, una exatleta cuya val...
