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La lluvia golpeaba contra las ventanas del apartamento vacío. Christopher Bahng permanecía inmóvil frente al cristal, observando cómo las gotas se deslizaban hacia abajo, distorsionando las luces de la ciudad. Hacía tres días que Seungmin no regresaba a casa.

Tres días que se sentían como una eternidad.

Chris apretó el teléfono en su mano, marcando por enésima vez el número de su esposo. Buzón de voz. Siempre buzón de voz. Había llamado a hospitales, comisarías, a todos los amigos que conocían. Nada. Seungmin había salido esa tarde a comprar ingredientes para la cena favorita de su hijo, y simplemente... desapareció.

—Papá, ¿cuándo vuelve appa? —la vocecita de Minjae, su hijo de cinco años, lo sacó de sus pensamientos.

Chris se giró, forzando una sonrisa que no alcanzó sus ojos. El pequeño abrazaba el peluche de lobo que Seungmin le había regalado en su último cumpleaños.

—Pronto, campeón. Muy pronto —mintió, porque no podía permitirse pensar en otra posibilidad.

Había presentado la denuncia por desaparición el primer día. La policía le había pedido que esperara, que muchas veces las personas regresaban por su cuenta. Pero Chris conocía a Seungmin. Su omega jamás lo haría preocuparse así. Algo estaba terriblemente mal.

Al cuarto día, recibió la llamada.

El detective Kim tenía una voz cansada, profesional pero con un matiz de compasión que heló la sangre de Christopher. "Señor Bahng, necesitamos que venga a la morgue. Creemos que hemos encontrado a su esposo."

El mundo se detuvo.

Chris apenas recordaba el viaje hasta allí. Había dejado a Minjae con su madre, incapaz de articular más que palabras sueltas. El edificio de la morgue era frío, aséptico, olía a desinfectante y a algo más que Chris no quería identificar.

—Señor Bahng —el detective lo esperaba en el pasillo—. Debo advertirle que... lo que va a ver es difícil. El cuerpo fue encontrado en un callejón abandonado en el distrito industrial. Estuvo ahí varios días.

Chris asintió mecánicamente. Cada paso hacia esa sala parecía arrastrarlo hacia un abismo del que sabía que nunca podría salir.

La puerta se abrió. La camilla. La sábana blanca.

Y entonces la retiraron.

El grito que salió de la garganta de Christopher no sonó humano. Se lanzó hacia adelante, las piernas fallándole, pero alcanzó a sostener el cuerpo frío de Seungmin entre sus brazos.

—No, no, no, no —repetía una y otra vez, acariciando el rostro pálido de su amado—. Seungmin, despierta. Por favor, despierta. Tenemos que ir a casa. Minjae te está esperando. Yo te estoy esperando.

Las heridas eran evidentes incluso bajo la sábana. Múltiples. Violentas. Chris no podía procesar lo que veía. Este no podía ser su Seungmin, su omega dulce y gentil que sonreía cada mañana al despertar, que cantaba mientras cocinaba, que abrazaba a su hijo con infinita ternura.

—Señor Bahng, por favor —manos intentaban separarlo del cuerpo, pero Chris se aferraba con desesperación.

—¡No! ¡No me lo quiten! ¡Es mi esposo! ¡Seungmin, por favor!

Tardaron tres personas en apartarlo. Chris cayó de rodillas en el suelo frío, sollozando de una manera que desconocía que era posible. Algo dentro de él se había roto, partido en mil pedazos que sabía que jamás podrían volver a unirse.

Los días siguientes fueron una nebulosa de dolor. La autopsia reveló la brutal verdad: Seungmin había sido asaltado por su reloj y su billetera. Cuando intentó defenderse, los atacantes —porque fueron más de uno— lo acuchillaron repetidamente. Veintitrés veces. Veintitrés puñaladas que le arrebataron la vida a la persona más pacífica y bondadosa que Chris había conocido.

"El precio de salvarte" || ChanminStories to obsess over. Discover now