La grabadora zumbaba como un insecto atrapado entre siglos.
Daniel Molloy había aprendido, con los años, que el silencio era más elocuente que cualquier confesión. Con Louis lo había entendido desde la primera noche: los vacíos, las pausas, las miradas que se desviaban. Con Lestat, en cambio, el silencio era una provocación, un juego peligroso. Pero aquella noche había algo distinto.
No eran dos.
Amina estaba sentada entre ellos, no como un punto medio, sino como un eje invisible alrededor del cual todo parecía girar. Su piel oscura contrastaba con la palidez imposible de ambos vampiros, como si la noche misma la hubiese elegido para sostenerlos. Louis se inclinaba apenas hacia ella, casi imperceptible, como si su cuerpo reaccionara antes que su mente. Lestat, en cambio, la observaba con descaro abierto, una sonrisa lenta curvándole los labios.
—No estabas en la primera entrevista —dice Daniel, rompiendo el aire espeso—. Ni en los registros. Ni en las transcripciones originales.
Amina no parece sorprendida. Sus dedos se entrelazan con calma sobre su regazo.
—Porque entonces Louis aún no sabía cómo nombrarme —responde—. Y Lestat no estaba dispuesto a compartir la narrativa.
Louis baja la mirada. El gesto es breve, pero Daniel lo reconoce: culpa antigua.
—No quise convertirla en un apéndice de mi historia —dice—. Ya había hecho eso antes... y perdí demasiado.
Lestat suelta una risa baja, musical.
—Oh, mon cher, no seas tan duro contigo mismo. —Inclina la cabeza hacia Amina—. Aunque debo admitir que ella nunca fue buena aceptando papeles secundarios.
Amina ladea el rostro lo justo para mirarlo.
—Nunca me ofreciste uno —dice—. Querías que brillara... mientras te reflejaba.
La tensión es inmediata. Daniel siente que está observando algo íntimo, algo que no le pertenece.
—Entonces —interviene—, ¿qué eras para ellos?
Amina no responde enseguida. Se inclina hacia Louis primero. Su mano se posa sobre la suya con naturalidad, un gesto que no necesita permiso. Louis entrelaza los dedos con los de ella como si fuera un acto reflejo. Luego, Amina extiende la otra mano hacia Lestat. Él la toma sin dudar, besando lentamente sus nudillos.
—Fui el deseo que no supieron justificar —dice al fin—. La verdad que ninguno quiso decir en voz alta.
Daniel aclara la garganta.
—¿Amante?
—Sí —responde ella.
—¿Confidente?
—También.
—¿Amenaza?
Lestat sonríe, mostrando apenas los colmillos.
—Definitivamente.
Louis levanta la vista.
—Fue lo único real cuando todo lo demás era sangre y arrepentimiento —dice—. Amina me recordó que amar no siempre es redimir.
Amina apoya su frente en el hombro de Louis por un segundo, un gesto íntimo, casi doméstico. Lestat observa la escena sin celos abiertos, solo con esa intensidad suya que mezcla adoración y posesión.
—Mi historia no empieza con ellos —dice ella, mirando a Daniel—. Pero mi eternidad... —hace una pausa— mi eternidad no puede contarse sin ambos.
Daniel detiene la grabadora por un instante.
Por primera vez desde que comenzó esta nueva entrevista, entiende algo fundamental:
Esta no es una historia de amor.
Es una historia de coexistencia.
ŞİMDİ OKUDUĞUN
Entrevista con los inmortales
Hayran KurguNunca fueron dos. Desde las sombras de Nueva Orleans hasta los escenarios sangrientos de París, esta es la historia no contada de Louis, Lestat y Amina, la tercera voz silenciada de la eternidad. Amarse fue su condena. Compartirse, su herejía. Y sob...
