Capítulo 1: El peso de la nada

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Dicen que la vida tiene un ritmo, pero no es el del corazón. Es algo más profundo, un pulso constante que corre por debajo de la piel, un calor sordo que habita en los huesos y que la mayoría de la gente ignora hasta que es demasiado tarde. Algunos lo llaman alma; nosotros lo llamamos Esencia.
No es un regalo divino ni un truco de magia. Es, simplemente, lo que somos. Es el motor que nos permite mover el mundo, pero es un motor con una falla trágica: tiene límites.
Desde niños, nos enseñan a escuchar ese pulso. Nos dicen que somos como recipientes de cristal; si intentas verter más de lo que puedes contener, el cristal no solo se desborda, se rompe. He visto a hombres fuertes colapsar, consumidos desde adentro por su propia ambición, dejando tras de sí solo cenizas y el eco de lo que alguna vez fueron. A esos los llamamos Sintetizadores, los que logran domar la marea. Pero es una doma constante, una lucha diaria por no ser devorados por la misma energía que nos mantiene vivos.
Pero hay algo peor que romperse. Hay quienes, en su desesperación o en su oscuridad, dejan que ese cristal se ensucie. Permiten que la Esencia se pudra hasta que ya no queda nada de humanidad, solo un hambre voraz que lo consume todo a su paso. Los Portadores del Vacío no son monstruos de leyenda; son personas que perdieron la batalla contra sí mismas, cascarones vacíos que caminan entre nosotros buscando llenar un hueco que no tiene fondo.
El mundo se ha vuelto un tablero donde el equilibrio es un hilo delgado a punto de romperse. Entre las academias que predican el control y los abismos que prometen poder, hay verdades que han sido enterradas bajo siglos de miedo. Verdades sobre lo que sucede cuando alguien nace sin ese pulso. O peor aún, sobre lo que sucede cuando el pulso sigue ahí, pero el recipiente… el recipiente está roto de una forma que nadie puede explicar.
La historia no la escriben los que tienen más poder, sino los que sobreviven a su propio vacío. Y el vacío está empezando a despertar.

Capítulo 1: El peso de la nada
El frío es real. No es una sensación, es una constante que recorre mi piel y se queda ahí, recordándome que estoy viva aunque no sepa por qué.
Desperté con la mejilla pegada al suelo. El callejón estaba sucio y oscuro. Mis dedos tocaron la basura y los cristales rotos que estaban esparcidos por el asfalto. Sentí el pinchazo del vidrio en la yema de mis dedos y vi un poco de sangre salir. No me dolió de golpe, pero sentía que mi cuerpo no me hacía caso. Intentaba mover los brazos y me costaba que reaccionaran, como si mis músculos estuvieran entumecidos o simplemente no quisieran obedecer. Me sentía torpe, muy lenta, intentando entender cómo hacer que mis propias manos se movieran.
Traté de recordar quién era. Kyouka. Ese nombre me vino a la cabeza de repente. Supuse que era el mío, pero no me traía ningún recuerdo. No me venía ninguna cara, ni una casa, ni nada de lo que hice ayer. Solo era una palabra suelta que no significaba nada en ese momento. Estaba sola en un lugar que no reconocía y con un nombre que se sentía extraño.
Me apoyé contra la pared de ladrillos para intentar ponerme en pie. Mis piernas me temblaban y tuve que hacer mucha fuerza para no volver a caer. La ciudad estaba llena de luces de neón a lo lejos, pero aquí abajo, en el callejón, la luz no llegaba. Fue entonces cuando las vi.
Las sombras empezaron a despegarse de las paredes. No eran manchas causadas por las luces de la calle; se movían por su cuenta, retorciéndose sobre la superficie de los ladrillos. Eran figuras negras, densas, que se estiraban hacia mí. Sabía lo que eran: Fantasmas. Mi instinto me decía que estaba en peligro y que debía defenderme. Intenté buscar esa fuerza de la que parece que tengo conocimiento, esa Esencia que se supone que está en el interior de cada persona. Cerré los ojos y apreté los puños, buscando cualquier rastro de energía en mi pecho o en mi sangre.
No encontré nada. No había calor, no había impulso, no había energía. Solo un vacío total. Mi interior estaba en blanco. No importaba cuánto me esforzara en concentrarme, no podía generar ni una chispa de poder. Estaba frente a una amenaza real y mi capacidad de defensa era nula. No tenía absolutamente nada de esencia.
—Vaya… —dijo alguien al final del callejón—. Realmente no tienes nada de nada, ¿eh?
Me quedé quieta, pegando la espalda a la pared. Un hombre salió de entre la bruma del callejón. No se veía preocupado ni alterado por la presencia de los fantasmas. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, observándome con una frialdad que me obligó a tensar cada músculo de mi cuerpo. Su presencia era dominante y su mirada parecía analizar cada parte de mí, buscando algo que no encontraba.
—¿Quién eres? —le pregunté. Mi voz salió débil y seca, pero logré que no temblara.
Él no me miró a los ojos de inmediato. Se quedó observando a uno de los fantasmas que se deslizaba por el suelo hacia mis pies, una masa de oscuridad que abría un hueco negro en su centro.
—Alguien que está perdiendo el tiempo aquí —respondió con desgana—. Aunque ver a alguien con cero de esencia es una novedad. Normalmente, incluso los muertos guardan un rastro de lo que fueron, pero tú no tienes absolutamente nada. No emites ninguna señal.
Se acercó un poco más. Los fantasmas parecieron dudar ante su presencia, retrocediendo unos centímetros. Yo no me moví. No tenía a dónde ir y no tenía energía para correr. Solo podía observar a este desconocido que hablaba de mi falta de esencia como si fuera un defecto de fábrica. Él sacó una mano del bolsillo y se ajustó la ropa, mirando a su alrededor con aburrimiento, como si la posibilidad de que me mataran en ese instante fuera simplemente un inconveniente para él.
—Pareces un experimento fallido que alguien olvidó tirar a la basura —continuó él, acercándose lo suficiente para que pudiera ver el brillo de sus ojos en la penumbra—. Pero el hecho de que sigas de pie sin un solo gramo de energía es… curioso.
Me quedé en silencio, asimilando sus palabras. Estaba vacía, rodeada de monstruos y frente a un hombre que me miraba con desprecio y curiosidad a partes iguales. Mi situación no tenía ninguna lógica, pero el frío en mis manos y el peligro frente a mí eran lo más real que había sentido nunca.

Sentía sus manos sobre mí. No eran unas manos que buscaran ayudarme, sino manos que me agarraban con una fuerza que me inmovilizaba. Estaba atrapada contra una superficie fría y no podía moverme. Él estaba demasiado cerca, tanto que sentía su respiración en mi cuello, y eso me daba un asco que me revolvía el estómago. Intentaba empujarlo, intentaba gritar, pero mis brazos no tenían fuerza y mi voz no salía. Me sentía utilizada, como si mi cuerpo no fuera mío, sino algo que él podía tocar y manipular a su antojo. El miedo no era solo por el dolor, sino por la forma en que me miraba, tratándome como si no fuera un ser humano. Era una invasión que me dejaba sin aire.
De repente, pegué un salto y abrí los ojos de golpe.
Me dolía la espalda y el cuello. Estaba en el suelo, con la mejilla pegada al asfalto duro del callejón. No había nadie encima de mí. No había manos, ni respiración cerca, ni miradas de desprecio. Estaba sola.
Me quedé quieta unos segundos, intentando que mi respiración volviera a la normalidad. Tenía la frente empapada de sudor y el corazón me iba muy rápido. Me toqué los brazos y los hombros, comprobando que estaba sola. Todo lo que acababa de pasar no era real. Había sido una pesadilla, pero la sensación de asco y de impotencia seguía ahí, pegada a mi piel como si fuera suciedad.
Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la pared de ladrillos. Mis dedos temblaban. Miré hacia los lados, recorriendo el callejón con la vista. Estaba oscuro, solo iluminado por un reflejo lejano de las luces de la ciudad. No había rastro del hombre de pelo oscuro, ni de los fantasmas que creí ver. Solo había basura, charcos de agua y el silencio de la noche.
—Solo fue un sueño —susurré, pero mi voz salió rota.
Me froté los brazos con fuerza, intentando quitarme la sensación de que alguien me había estado tocando. Me sentía sucia y muy cansada. No sabía cuánto tiempo llevaba allí tirada ni cómo había llegado. Mi nombre, Kyouka, seguía siendo lo único que tenía claro, pero todo lo demás era un vacío que me asustaba.
Intenté levantarme otra vez. Esta vez mis piernas respondieron un poco mejor, aunque todavía sentía una debilidad que me obligaba a apoyarme en la pared. Tenía que salir de allí. No importaba a dónde fuera, solo quería alejarme de ese callejón donde mi mente acababa de crear algo tan horrible.
Caminé unos pasos, arrastrando un poco los pies. Cada sombra que veía en las esquinas me hacía dar un respingo, pensando que el hombre de mi sueño iba a aparecer de verdad. Pero no había nadie. Estaba realmente sola en medio de la ciudad, sin memoria y con el recuerdo de una pesadilla que se sentía demasiado real. Me puse de pie usando la pared para aguantar mi peso. Tenía las manos raspadas y las uñas llenas de suciedad. Miré mi ropa y vi que estaba destrozada. La tela de la camisa tenía varios cortes en los hombros y los pantalones estaban manchados de aceite y polvo. Me sentía sucia y muy cansada.
Al caminar hacia la salida del callejón, recordé algunas cosas. Eran fragmentos de información que estaban ahí, en mi mente, sin mucho orden. Me acordé de que la gente usa algo llamado Esencia. Es una energía que todos deberían tener en el cuerpo. Recordaba que hay personas, los Sintetizadores, que entrenan para controlarla y que eso les da capacidades especiales. Se supone que esa energía se puede ver y que tiene colores.
Me miré las manos mientras caminaba. No vi ningún color. No sentía ese calor interno que las voces de mi memoria decían que es la base de la vida. Me vino a la cabeza el nombre de los Portadores del Vacío, los que se corrompen y lo pierden todo, pero mi situación era distinta. Yo no tenía nada que se estuviera pudriendo, simplemente no tenía nada.
Salí a la calle principal. Las luces de los carteles brillantes me hicieron entrecerrar los ojos porque me molestaban. Había mucha gente caminando, personas con sus vidas normales y sus ropas limpias. Pasé junto a ellos y nadie se detuvo a mirarme. Me apreté los brazos contra el cuerpo para intentar ocultar los rotos de mi ropa y seguí adelante por la acera. No sabía a dónde iba, pero el hambre y el frío empezaban a ser muy molestos y necesitaba encontrar un lugar seguro.

Terminé de caminar un par de manzanas más. El ruido de los coches y las conversaciones de la gente me daban dolor de cabeza. Me sentía muy expuesta. Cada vez que alguien pasaba cerca, yo me tensaba. La mayoría simplemente se apartaba para no chocar conmigo; yo era un estorbo en mitad de la acera.
El hambre se volvió insoportable. Tenía una sensación molesta en el estómago que me hacía sentir débil. Vi un local pequeño, con un mostrador de madera vieja y unas cortinas que daban a la calle. Olía a comida caliente, a caldo y a carne. No tenía dinero, pero entré de todos modos. El calor del local me dio en la cara y dejé de tiritar por un momento.
Me senté en el rincón más oscuro de la barra. El cocinero, un hombre mayor con una cicatriz en el brazo, dejó de limpiar un cuenco y me miró con mala cara. Estaba claro que no me quería allí. Miré a los otros clientes; todos tenían un brillo suave a su alrededor, una especie de aura de colores que apenas se notaba pero que estaba ahí. Recordaba que eso era su energía, su esencia. Yo me miré los brazos otra vez y seguía sin ver nada. Estaba apagada, totalmente en blanco.
—No servimos comida gratis —dijo el cocinero con voz áspera.
Agaché la cabeza. No tenía fuerzas para discutir. Justo cuando iba a levantarme para volver al frío de la calle, alguien puso una moneda pesada sobre la madera de la barra.
—Dale un cuenco de ramen. El especial —dijo una voz tranquila a mi lado.
Giré la cabeza con lentitud. Era un hombre joven, con el pelo oscuro y una chaqueta de buena calidad. Estaba sentado a dos taburetes de distancia, bebiendo algo en un vaso pequeño. No me miraba a mí, sino al menú que colgaba de la pared. No se parecía en nada al hombre de mi pesadilla; su rostro era diferente, más serio y sin esa mirada que me había causado tanto asco. Se quedó ahí, esperando a que el cocinero se pusiera a trabajar.
—¿Por qué? —le pregunté. Mi voz sonaba un poco mejor, pero seguía siendo un susurro.
Él dejó el vaso en la mesa y finalmente me miró. Sus ojos eran oscuros y no tenían ninguna señal de lástima.
—Porque haces mucho ruido al respirar y me estás molestando —respondió sin más—. Come y guarda silencio.
El cocinero dejó el cuenco humeante delante de mí. El olor era tan fuerte que se me olvidó el miedo por un segundo. Agarré los palillos con las manos temblorosas y empecé a comer. Estaba muy caliente y me quemé un poco la lengua, pero no me importó. El calor del caldo me bajó por la garganta y sentí que mis músculos se relajaban un poco.
El hombre de al lado pidió otro vaso y siguió allí, sentado en silencio, mientras yo terminaba de comer. No parecía tener prisa por irse, y yo tampoco tenía otro sitio a donde ir.

Terminé el cuenco de ramen hasta que no quedó nada de caldo. Dejé los palillos sobre la madera y apoyé las manos en mis rodillas. El calor de la comida me había sentado bien, pero no quitaba el hecho de que seguía sin saber qué hacer ni a dónde ir. El hombre de al lado terminó su bebida y dejó el vaso sobre la barra con un golpe seco.
Él se levantó de su asiento. Era bastante más alto que yo y se movía con una tranquilidad que me ponía alerta. Se quedó mirándome un momento, fijándose en la ropa rota y en las manchas de suciedad que todavía tenía en los brazos.
—¿A dónde piensas ir ahora? —me preguntó. Su tono no era de preocupación, sino más bien de curiosidad.
Me quedé callada. No tenía una respuesta. No sabía si tenía una casa, una familia o un sitio donde esconderme. Miré hacia la salida del local, donde la oscuridad de la calle parecía más pesada que antes.
—No lo sé —dije al final. Mi voz salió un poco más firme que antes, pero seguía sonando cansada.
Él soltó un suspiro, como si mi falta de planes le resultara una molestia. Se ajustó la chaqueta y me hizo un gesto con la cabeza para que me levantara.
—Tienes un problema grave —dijo él mientras caminaba hacia la puerta—. No tienes energía. Nada. Eso no es normal en este mundo. Si te quedas ahí fuera en ese estado, cualquier cosa que ande suelta por la noche te va a despedazar solo por ver qué eres. Y no voy a estar cerca para pagar otra cena.
Me levanté del taburete. Mis piernas todavía se sentían un poco débiles, pero el hambre ya no me distraía tanto. Lo seguí fuera del local. El aire frío de la noche me volvió a golpear en la cara, haciéndome tiritar de nuevo. Él empezó a caminar por la acera y yo me mantuve a unos pasos de distancia, sin saber muy bien por qué lo seguía.
Caminamos por varias calles que no conocía. Me fijaba en los escaparates de las tiendas y en la gente que pasaba. Todos tenían ese brillo suave de colores a su alrededor, una señal de que estaban vivos y tenían esa fuerza interna. Yo me miraba los pies al caminar, sintiéndome como una extraña entre tanta gente que sí encajaba en el lugar.
Llegamos frente a un edificio muy grande, con muros altos y guardias en la entrada. No parecía una casa normal; tenía un aspecto mucho más serio, casi como un cuartel o un hospital privado. El hombre se detuvo y me señaló la entrada principal.
—Entra ahí —me dijo—. Busca a alguien que lleve uniforme y dile que vienes de parte de Ryūsai. Te van a revisar y te darán ropa que no esté hecha jirones.
—¿Ryūsai? —repetí, intentando que el nombre se me quedara grabado.
—Ese es mi nombre. No hagas que lo repita —respondió él, dándose la vuelta para irse por donde habíamos venido—. Si tienes suerte, mañana sabremos por qué estás tan vacía.
Se alejó sin mirar atrás, perdiéndose entre la gente que caminaba por la calle. Me quedé sola delante de los guardias, que me miraban con desconfianza por mi aspecto. Uno de ellos se acercó a mí, con la mano cerca de un dispositivo que llevaba en el cinturón. Me apreté los brazos contra el pecho, sintiendo el roce de la tela rota, y me preparé para hablar. El guardia me miró de arriba abajo. Puse mis manos en los bolsillos rotos para que no viera cuánto me temblaban. No quería parecer débil, pero el frío y el cansancio me lo ponían difícil.
—Ryūsai me envió —dije. Mi voz sonó más baja de lo que quería.
Él frunció el ceño. Sacó un aparato pequeño, parecido a un mando a distancia, y lo pasó cerca de mi pecho sin llegar a tocarme. Se quedó mirando la pantalla del aparato un buen rato y luego miró al otro guardia que estaba a su lado.
—Dice que viene de parte de Hoshigaki —le dijo a su compañero—. Pero esta cosa no marca nada. Está en cero.
El otro guardia se acercó también. Miró la pantalla, me miró a mí y luego volvió a mirar el aparato. Parecía confundido, como si la máquina estuviera rota o no funcionara bien conmigo.
—Pasa —dijo al final, señalando una puerta lateral—. Ve por ese pasillo hasta el fondo. Busca la zona de enfermería. Allí te están esperando.
Entré en el edificio. El interior era enorme y las luces blancas del techo eran tan potentes que me hacían parpadear mucho. Todo estaba demasiado limpio. El suelo brillaba tanto que me daba vergüenza caminar por él con mis zapatos llenos de barro y suciedad del callejón. Intenté caminar rápido, mirando siempre hacia adelante, ignorando a un par de personas vestidas con uniformes que se me quedaban mirando al pasar.
Llegué a una zona donde el olor a desinfectante era muy fuerte. Había una puerta abierta y dentro vi a un hombre con una bata blanca escribiendo en una pantalla. Me detuve en el marco de la puerta. Él levantó la vista y me analizó con la mirada, deteniéndose en los rotos de mi ropa y en la suciedad de mi cara.
—Llegas tarde —dijo, sin ninguna emoción en la voz. Me señaló una camilla de metal que había en el centro de la habitación—. Siéntate ahí. Ryūsai me ha dicho que estás vacía, pero quiero comprobarlo yo mismo.
Me senté en la camilla. El metal estaba helado y el contacto con mi piel me hizo estremecer. El hombre se acercó y empezó a colocarme unos parches pequeños en las sienes y en las muñecas. Los parches estaban conectados a unos cables que iban a una máquina grande. Yo me quedé quieta, mirando mis manos. Seguía teniendo restos de suciedad bajo las uñas y eso me hacía sentir muy fuera de lugar en esa habitación tan blanca.
Él pulsó unos botones y la máquina empezó a emitir un pitido suave y constante. Se quedó mirando los gráficos que aparecían en la pantalla. Frunció el ceño y ajustó un par de mandos, pero la máquina seguía haciendo el mismo ruido.
—Esto no tiene sentido —dijo él, rascándose la barbilla—. Tu cuerpo funciona, tu corazón late, respiras… pero no hay ni rastro de energía. Ni siquiera un residuo mínimo. Es como si fueras un hueco.
Me sentí mal al oírlo. Me hacía sentir que me faltaba algo fundamental para ser una persona, como si fuera un objeto incompleto.
—¿Eso es malo? —le pregunté.
—Es raro —respondió él, quitándome los parches con brusquedad—. En este mundo, todo emite algo. Hasta las plantas tienen un poco de esencia. Pero tú no. Eres un cero absoluto.
Se dio la vuelta y sacó un montón de ropa limpia de un armario. Me la puso sobre la camilla. Era un uniforme gris, sencillo y de una tela que parecía resistente.
—Cámbiate. Hay una ducha al final del pasillo. Quítate toda esa mugre y vuelve aquí. Tenemos que hablar de lo que vamos a hacer contigo, Kyouka.
Agarré la ropa. Se sentía suave al tacto. Salí de la habitación buscando la ducha, deseando quitarme de encima el olor del callejón y esa sensación de suciedad que todavía sentía por culpa de la pesadilla. Necesitaba que el agua caliente borrara todo lo que había pasado hoy.

Encontré la ducha en el pasillo.Era una habitación pequeña, con azulejos blancos y una luz que parpadeaba en el techo. Me quité la ropa rota y la dejé en un rincón, sobre el suelo frío. Al verme en el espejo, me di cuenta de lo delgada que estaba. Tenía algunos moretones en los brazos y las piernas, manchas moradas que no recordaba cómo me había hecho.
Abrí el grifo y esperé a que el agua saliera caliente. Me metí debajo del chorro y cerré los ojos. El agua me golpeaba los hombros y arrastraba la suciedad hacia el desagüe. Usé el jabón para frotarme la piel con fuerza, especialmente en los sitios donde sentía que todavía me quedaba la sensación de la pesadilla. Quería quitarme cualquier rastro de ese sueño. Me restregué hasta que la piel se me puso roja, intentando borrar la sensación de esas manos que no habían existido.
Salí de la ducha y me puse el uniforme gris. Me quedaba un poco grande, pero la tela estaba limpia y no tenía agujeros. Me sentí un poco mejor, menos expuesta. Me sequé el pelo con una toalla áspera y volví a la habitación donde estaba el hombre de la bata blanca.
Él estaba sentado frente a una mesa llena de papeles y pantallas. Al verme entrar, dejó lo que estaba haciendo y se me quedó mirando. Esta vez su mirada era distinta; no era solo curiosidad profesional, había algo en su forma de observarme que me puso alerta.
—Mucho mejor —dijo él. Me señaló una silla frente a su escritorio—. Ahora pareces una persona. Siéntate, Kyouka. Tenemos que hablar sobre lo que dicen estos archivos de ti.
Sacó una carpeta de un cajón. En la portada había una etiqueta que ponía: Sujeto 100. Me quedé mirando el número. No sabía por qué, pero ver ese número me produjo una punzada de miedo en el estómago.
—Me llamo Kazuma Aoi —se presentó, apoyando los codos sobre la mesa—. Soy el encargado de tu supervisión médica en este lugar. Según estos papeles, tú no eres una persona común que simplemente pasaba por un callejón. Eres un caso especial.
Se inclinó hacia adelante, mirándome fijamente a los ojos.
—Tu cuerpo no tiene nada de esencia. Los resultados de la máquina no mienten: eres un cero absoluto. En teoría, deberías ser un cadáver, o al menos alguien sin conciencia. Pero aquí estás, hablando y caminando. Eso te convierte en algo que no podemos ignorar.
Me quedé callada, mirando la carpeta. Quería preguntar qué significaba ser el “Sujeto 100”, pero mi garganta se sentía apretada.
—Ryūsai te trajo porque cree que puedes ser útil, o quizá solo porque le das curiosidad —continuó Aoi—. Pero para mí, eres un problema que tengo que resolver. No sabemos qué eres capaz de hacer si ese vacío que tienes dentro decide llenarse de alguna forma.
Se levantó de la silla y caminó hacia mí. Se detuvo muy cerca, invadiendo mi espacio personal de una forma que me recordó, por un segundo, al miedo del sueño.
—Mañana empezaremos con pruebas más serias. Necesito ver qué pasa cuando te enfrentas a una presión real. Por ahora, te quedarás en una de las habitaciones del ala oeste. No intentes salir del edificio. Los guardias tienen órdenes de no dejarte pasar y, sin esencia, no tienes ninguna oportunidad contra ellos.
Me dio un papel con un número de habitación y me indicó la salida con un gesto de la mano. Salí de allí rápido, deseando perder de vista su sonrisa y esos ojos que me analizaban como si fuera un objeto roto. Mientras caminaba por el pasillo hacia mi habitación, me miré las manos. Estaban limpias, pero seguían sintiéndose vacías. No sabía qué era el Sujeto 100, pero tenía la seguridad de que nada bueno podía salir de ese nombre.

Llegué a la habitación que me habían asignado. El número estaba grabado en una placa de metal en la puerta. Entré y cerré con llave. El cuarto era pequeño, con una cama de sábanas blancas, un escritorio vacío y una ventana que daba a un patio interior. No había nada personal en ese lugar. Me senté en el borde de la colchón y me quedé mirando la pared gris.
No podía quitarme de la cabeza la forma en que Aoi me había mirado. Sus ojos no eran los de un médico que quiere curar a alguien, sino los de alguien que está estudiando una pieza rota para ver si todavía sirve para algo. Y luego estaba ese nombre, Sujeto 100. Me hacía sentir que no era una persona con un pasado, sino solo un número en una lista de experimentos.
Intenté dormir, pero fue difícil. Cada vez que cerraba los ojos, el miedo de la pesadilla volvía. Sentía que el aire se volvía pesado y que alguien estaba a punto de entrar por la puerta. Me pasé gran parte de la noche sentada en la cama, abrazando mis rodillas y escuchando los ruidos del edificio. El silencio era casi peor que el ruido, porque me obligaba a pensar en ese vacío que tenía en el pecho.
A la mañana siguiente, un zumbido fuerte en la pared me despertó. Me levanté, me lavé la cara con agua fría y me puse el uniforme gris. Todavía me sentía un poco débil, pero el ramen de la noche anterior me había dado fuerzas suficientes para caminar sin tambalearme.
Al salir de la habitación, encontré a Ryūsai apoyado en la pared de enfrente. Tenía la misma expresión de aburrimiento de ayer, pero esta vez llevaba un uniforme negro más ajustado y unas vendas en las manos.
—Te han dado ropa nueva —dijo, mirándome de arriba abajo—. Al menos ya no hueles a basura.
—¿Qué va a pasar ahora? —le pregunté.
—Aoi quiere ver si ese cero que tienes es real o si solo estás escondiendo tu energía por miedo —respondió él, empezando a caminar por el pasillo—. Me han encargado que te lleve a la sala de pruebas. No esperes que sean amables contigo allí dentro.
Lo seguí en silencio. Atravesamos varias puertas de seguridad hasta llegar a un pabellón muy amplio. El suelo era de un material elástico negro y las paredes estaban reforzadas con planchas de metal. En el centro de la sala había varios chicos de mi edad entrenando. Todos ellos tenían ese brillo de colores a su alrededor que yo no tenía. Se movían rápido, lanzando golpes que dejaban rastros de luz en el aire.
Cuando entramos, todos dejaron de entrenar y se quedaron mirándome. Sus miradas eran pesadas. Algunos susurraban entre ellos y señalaban mi pecho, probablemente porque no veían ninguna señal de energía saliendo de mí. Me sentí como un animal raro en medio de un grupo de cazadores.
—Ryūsai, ¿esta es la nueva? —preguntó un chico alto que estaba cerca de nosotros. Tenía un aura roja muy brillante y sudaba por el esfuerzo del entrenamiento.
—Es la que encontraron en el callejón —respondió Ryūsai sin detenerse—. No te acerques mucho, no queremos que se rompa antes de que Aoi termine con ella.
Llegamos al final de la sala, donde Kazuma Aoi nos esperaba junto a un panel de control. Tenía una tableta en la mano y una sonrisa que no me gustaba nada.
—Bienvenida, Kyouka —dijo él—. Vamos a ver qué pasa cuando te ponemos en una situación donde tu cuerpo necesite esa esencia que dices que no tienes.
Me señaló un círculo marcado en el suelo, en el centro de la sala. Me coloqué allí, sintiendo cómo todos los demás se alejaban para dejarnos espacio. Ryūsai se quedó a unos metros, observándome con los brazos cruzados.
—El ejercicio es sencillo —continuó Aoi—. Alguien va a intentar golpearte. Si tienes energía, tu cuerpo reaccionará para protegerte. Si no la tienes… bueno, espero que sepas esquivar rápido.
Miré a Ryūsai, esperando que dijera algo, pero él solo me devolvió una mirada fría. De repente, el chico del aura roja dio un paso adelante y se puso frente a mí, apretando los puños. Sentí un nudo en la garganta. Estaba en un lugar desconocido, rodeada de extraños, y mi única defensa era un cuerpo que se sentía vacío.

El chico dio un paso hacia adelante. No dijo nada, pero sus ojos estaban fijos en mi pecho. La luz roja que salía de sus manos se hizo más intensa y noté cómo el aire a su alrededor se volvía más caliente. Yo me quedé quieta, apretando los dientes. No tenía nada con lo que responder, solo mis manos desnudas y mi cuerpo que todavía se sentía un poco lento.
Él se lanzó hacia mí. Fue muy rápido. No pude ver bien su movimiento, solo vi un borrón rojo que se acercaba. Intenté echarme a un lado, pero no me dio tiempo a reaccionar. Su puño me golpeó en el hombro derecho con mucha fuerza.
Sentí un crujido y un dolor seco que me recorrió todo el brazo. El golpe me mandó al suelo de inmediato. Caí de lado y mi cabeza golpeó el material elástico del suelo. Me quedé sin aire por un momento, intentando recuperar la respiración mientras el dolor en el hombro se volvía más fuerte. El suelo estaba frío contra mi cara y me costaba mucho moverme.
—¿Eso es todo? —preguntó el chico, deteniéndose a unos metros—. Ni siquiera has intentado sacar un poco de energía para frenar el golpe. Te he dado de lleno.
Miré hacia la zona donde estaban Ryūsai y Aoi. Aoi estaba anotando cosas en su tableta sin dejar de mirar la pantalla. No parecía importarle que me hubiera hecho daño. Ryūsai seguía con los brazos cruzados, con la misma cara de aburrimiento de siempre, pero sus ojos no se apartaban de mí.
—Levántate, Kyouka —dijo Ryūsai. Su voz no era amable, era una orden—. Si te quedas ahí, solo le estás facilitando el siguiente golpe. No hemos venido a verte dormir en el suelo.
Me apoyé con la mano izquierda en el suelo. El hombro derecho me quemaba y me costaba mover el brazo; sentía un peso muerto ahí que me dificultaba el equilibrio. Me puse en pie poco a poco, con las piernas temblando. El chico volvió a cerrar los puños, y esta vez la luz roja subió por sus brazos hasta llegar a sus hombros. Se estaba preparando para algo más fuerte.
—Sigue en cero —dijo Aoi en voz alta, mirando su pantalla—. Su ritmo cardíaco ha subido mucho por el dolor, pero su esencia no se ha movido ni un milímetro. Es como si el golpe hubiera dado contra un objeto inanimado. No hay reacción interna.
El chico volvió a atacar. Esta vez fue a por mi estómago. Vi venir el golpe y traté de poner los brazos delante para protegerme, pero él fue más listo y cambió la dirección del puño en el último momento. Me dio justo debajo de las costillas. El impacto fue tan fuerte que me levantó del suelo unos centímetros antes de volver a caerme. Sentí ganas de vomitar y el aire se me escapó de los pulmones por completo.
Me quedé ovillada en el suelo, apretando el estómago con las manos y tosiendo. El dolor era muy real y me costaba mantener los ojos abiertos. Escuché los pasos del chico acercándose otra vez, el roce de sus zapatos contra el suelo elástico sonaba cada vez más cerca.
—Basta —dijo Ryūsai de repente. Sus pasos sonaron rápidos y se interpuso entre el chico y yo—. Ya hemos visto suficiente por ahora. No va a reaccionar.
—Todavía no —respondió Aoi desde su sitio—. Quiero ver qué pasa si el peligro es mayor. Si su cuerpo siente que su vida corre peligro de verdad, la esencia tiene que salir por puro instinto de supervivencia. Es una ley física.
Sentí que alguien me agarraba del pelo y me obligaba a levantar la cabeza. Era el chico de la luz roja. Me miraba con una mezcla de desprecio y duda. Tenía la cara muy cerca de la mía y podía oler el sudor de su entrenamiento.
—¿De verdad no tienes nada? —me susurró—. ¿O es que nos estás engañando a todos? No es posible que alguien sea tan nula.
No pude responder. Solo podía mirarlo, sintiendo cómo el frío de mi interior seguía ahí, igual de sólido que siempre. No importaba cuánto me pegaran o cuánto miedo tuviera; no había nada dentro de mí que fuera a salir a defenderme. Mi interior seguía totalmente en blanco, sin una sola chispa de esa energía que todos los demás parecían tener de sobra.
Aoi se acercó a nosotros, guardando su tableta. Me miró con una frialdad que me dio más miedo que los golpes del chico.
—Llevadla a su habitación —ordenó Aoi a dos guardias que estaban en la puerta—. Ryūsai, mañana intentaremos algo distinto. Si el dolor físico no funciona, tendremos que buscar otra forma de romper ese bloqueo que tiene.
Los guardias me agarraron de los brazos y me levantaron del suelo. Mi hombro soltó un pinchazo de dolor que me hizo cerrar los ojos. Me arrastraron fuera de la sala mientras yo veía, por última vez antes de salir, cómo Ryūsai me miraba con una expresión que no supe descifrar. Me sentía derrotada y más sola que nunca. No sabía qué era el Sujeto 100, pero estaba claro que para ellos yo no era más que una herramienta que no sabían cómo encender.
Los guardias me soltaron al llegar a la puerta de mi habitación. Uno de ellos metió una tarjeta en la ranura y la puerta se abrió con un pitido. Me empujaron un poco hacia dentro y cerraron detrás de mí. Oí cómo echaban el cierre desde fuera.
Me apoyé en la pared y me deslicé hasta el suelo porque las piernas me fallaban. El hombro derecho me dolía mucho y cada vez que intentaba mover los dedos de esa mano, sentía un calambre que me llegaba hasta el cuello. El chico del aura roja me había pegado con mucha fuerza. Tenía la respiración entrecortada y me costaba mucho no ponerme a llorar, pero no quería hacerlo. No quería que si alguien me estaba mirando por alguna cámara de seguridad, viera que estaba sufriendo tanto.
Me levanté como pude, fui al baño y me miré en el espejo. Tenía el labio partido y un moretón que empezaba a ponerse morado en la mejilla. Me eché agua fría en la cara. Quería quitarme el rastro del sudor de aquel chico y la sensación de sus manos sobre mí cuando me había agarrado del pelo. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la cara de Aoi y su sonrisa. Me daba más miedo él con su libreta de notas que los golpes del entrenamiento.
Me quité la camisa del uniforme con mucho cuidado. El hombro estaba muy hinchado y tenía un color feo. Me senté en el suelo de la ducha, pero no abrí el agua. Solo quería sentir el frío de los azulejos contra mi espalda. Sentía que me habían pegado solo para ver si mi cuerpo reaccionaba de alguna forma, como si fuera una máquina que intentan arreglar a base de golpes.
De repente, oí que la puerta se abría otra vez. Me puse tensa de inmediato y me tapé con la camisa sucia. Pensé que sería Aoi para hacerme más pruebas, o el guardia de antes. Pero no era ninguno de ellos.
Era Ryūsai. Entró en la habitación y cerró la puerta. No dijo nada al principio. Se quedó allí parado, mirando el cuarto hasta que me vio en el suelo del baño. Caminó hacia mí y se agachó a mi altura. Llevaba una pequeña caja de metal en la mano.
—Te dije que no sería amable —dijo él. Su voz no tenía ninguna emoción, pero al menos no sonaba tan mal como la de Aoi—. Deja de esconderte y enséñame ese hombro.
—¿Para qué? —le pregunté, apretando los dientes—. ¿Para ver si ya he empezado a brillar de algún color?
—No digas tonterías —respondió él, abriendo la caja. Sacó un bote con una crema que olía muy fuerte, a plantas y a alcohol—. Si se te inflama más, no vas a poder moverte mañana, y mañana las pruebas van a ser peores.
Se acercó y me puso la crema en el hombro. Sus manos estaban frías, pero se movía rápido. No me miraba a la cara, se centraba solo en la zona inflamada. Por un momento, el silencio de la habitación no me molestó. Era la primera vez que alguien me tocaba sin intentar hacerme daño y sin que me diera asco.
—¿Por qué me ayudaste en el callejón? —le pregunté mientras sentía que el frío de la crema me calmaba el dolor.
Ryūsai se detuvo un segundo y luego siguió extendiendo la pomada.
—Porque me pareció raro ver a alguien que no emitía nada de ruido —respondió él—. Todo el mundo hace ruido. Sus pensamientos, su energía, su miedo… todo se nota. Pero tú no emites ninguna señal. Me dio curiosidad saber si estabas muerta de pie o si eras algo diferente.
—Aoi dice que soy un problema.
—Aoi solo ve números. Para él eres un fallo que quiere corregir —Ryūsai guardó el bote en la caja y se puso de pie—. Yo solo veo a alguien que no sabe quién es y que se va a dejar matar si no aprende a defenderse pronto.
Se dirigió a la puerta, pero antes de salir se detuvo y me miró.
—Descansa. No pienses en lo del Sujeto 100. Piensa en cómo vas a evitar que ese idiota te vuelva a tocar mañana.
Salió de la habitación y volví a quedarme sola. Me toqué el hombro; el dolor ya no era tan agudo. Me puse la camisa limpia y me eché en la cama. No sabía si Ryūsai era alguien en quien confiar, pero era el único que me había hablado como si fuera una persona. Me quedé mirando el techo, esperando que el sueño no trajera otra vez la cara del hombre de la pesadilla.
Me desperté antes de que el zumbido de la pared volviera a sonar. El hombro no me dolía tanto gracias a la crema de Ryūsai, pero sentía el cuerpo rígido. Me puse el uniforme y me senté a esperar. No quería que me pillaran desprevenida otra vez.
La puerta se abrió y Ryūsai entró sin llamar. Me lanzó una mirada rápida, deteniéndose en mi cara para ver cómo iban los moretones.
—Muévete. Aoi tiene prisa hoy —dijo.
Caminamos por pasillos que no conocía. Bajamos en un ascensor hasta una zona que estaba mucho más fría que el resto del edificio. Las paredes ya no eran blancas, sino de un metal gris oscuro que parecía absorber la luz. No había otros estudiantes aquí abajo, solo el sonido de nuestras pisadas y el zumbido de la ventilación.
Llegamos a una sala circular con una cúpula de cristal reforzado en el centro. Dentro de la cúpula no había luz, solo una negrura que parecía moverse por su cuenta. Al acercarme, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Era la misma sensación que en el callejón.
Aoi estaba allí, de pie frente a un panel lleno de controles. Al vernos, sonrió de esa forma que me hacía querer dar un paso atrás.
—Kyouka, qué bien que hayas venido —dijo él, sin apartar los ojos de la cúpula—. Ayer comprobamos que el dolor físico no es suficiente. Tu cuerpo está muy bien entrenado para aguantar, quizá demasiado. Así que vamos a probar con algo más primario.
—¿Qué hay ahí dentro? —pregunté, señalando la oscuridad tras el cristal.
—Un Fantasma —respondió Aoi con total naturalidad—. Uno que capturamos hace dos semanas. Es un tipo de energía que se alimenta de la Esencia de los seres vivos. Normalmente, un Sintetizador lo destruiría en segundos, pero tú… tú no tienes nada que él pueda comer. Quiero ver cómo reacciona ante un vacío absoluto.
Ryūsai se puso a mi lado. Noté que sus manos estaban tensas, aunque su cara seguía siendo de piedra.
—Aoi, esto es peligroso —dijo Ryūsai—. Si ella no tiene defensa, esa cosa la va a destrozar solo por instinto.
—Esa es la idea, Ryūsai. Si su vida no está en juego, nunca sabremos qué es el Sujeto 100 —Aoi pulsó un botón y una puerta pequeña se abrió en la base de la cúpula—. Entra, Kyouka.
Me quedé quieta. Miré a Ryūsai, pero él no me miró a mí; tenía los ojos fijos en el Fantasma. No tenía otra opción. Si intentaba correr, los guardias me detendrían. Si me quedaba fuera, Aoi encontraría algo peor. Entré en la cúpula y la puerta se cerró detrás de mí con un sonido metálico que me hizo vibrar los dientes.
Dentro, el aire olía a podrido. No se veía nada, pero sentía que algo me rodeaba. No era como el chico de ayer; esto no tenía forma, era una presencia fría que me rozaba la piel. De repente, dos puntos de luz blanca aparecieron en la oscuridad frente a mí. Eran los ojos del Fantasma.
La criatura se lanzó hacia mí. No gritó, no hizo ruido. Fue un movimiento rápido de oscuridad que me golpeó en el pecho. Me caí de espaldas, golpeándome la cabeza contra el suelo de metal. El Fantasma se puso encima de mí. Sentía su peso, una presión fría que me aplastaba los pulmones. Sus manos de sombra me agarraron del cuello.
—Sigue en cero —escuché la voz de Aoi por un altavoz, sonaba lejana—. Ni una señal.
El Fantasma apretó más. Me costaba respirar y empecé a ver manchas negras delante de mis ojos. El pánico empezó a subirme por la garganta. Intenté buscar esa energía otra vez, intenté gritar, intenté hacer algo, pero mi interior seguía siendo un desierto.
Pero entonces, algo cambió.
No fue que saliera energía de mí. Fue lo contrario. Sentí una succión en el centro de mi pecho. Un hambre que no era mía, sino de ese vacío que todos decían que tenía. El Fantasma, que hasta ese momento me estaba atacando, soltó un ruido seco, un sonido de miedo. Sus manos de sombra empezaron a deshacerse, como si el aire las estuviera absorbiendo.
La criatura intentó alejarse, pero parecía pegada a mi cuerpo. Yo no hacía nada, solo estaba allí tirada, intentando respirar, pero sentía cómo esa oscuridad entraba en mí, desapareciendo en el blanco de mi interior.
—¡Mirad eso! —gritó Aoi. Su voz ya no era fría, estaba excitado—. ¡La gráfica se está moviendo! No es esencia… está devorando la frecuencia del Fantasma.
El Fantasma desapareció por completo. La sala volvió a quedarse en silencio. Me quedé tumbada en el suelo, con el corazón latiéndome en los oídos. Me dolía todo el cuerpo, pero sentía algo nuevo. En el centro de mi pecho ya no había ese frío seco. Había algo más pesado, algo que no me pertenecía pero que ahora estaba allí guardado.
La puerta se abrió y Ryūsai entró corriendo. Me levantó del suelo con un movimiento rápido y me sacó de la cúpula antes de que Aoi pudiera decir nada más. Me apoyó contra la pared exterior y me obligó a mirarlo.
—¿Estás bien? —me preguntó. Por primera vez, su voz sonaba un poco preocupada.
No pude responder. Me miré las manos. No brillaban, no tenían colores. Seguía pareciendo la misma chica sucia del callejón, pero por dentro sentía que algo acababa de romperse para siempre. Miré a Aoi, que se acercaba a nosotros con una sonrisa de triunfo.
—Impresionante —dijo Aoi, mirando su tableta—. No eres una Sintetizadora, Kyouka. Eres algo que no habíamos visto en mucho tiempo. Eres una esponja para la oscuridad.
Me dio un asco terrible oírlo. Me sentía sucia otra vez, pero no por el barro del callejón, sino por lo que acababa de pasar. Me solté del brazo de Ryūsai y empecé a caminar hacia la salida. No quería que me tocaran, no quería que me miraran. Solo quería volver a mi habitación y encerrarme hasta que esa sensación de haber comido algo podrido desapareciera de mi pecho.
Caminé por el pasillo sin mirar atrás. Sentía ese peso nuevo en mi pecho, algo que no era mío pero que se negaba a irse. No era calor, era como si hubiera tragado algo frío que se me quedaba estancado en la boca del estómago. Me daba náuseas.
Oí pasos detrás de mí. No necesitaba girarme para saber quién era.
—Minazuki —dijo Ryūsai.
Me detuve, pero no me di la vuelta. Era la primera vez que me llamaba así, por mi apellido, y sonaba más serio que el nombre que Aoi repetía con tanta insistencia.
—¿Qué quieres? —le pregunté. Mi voz salió seca.
—Aoi no va a parar —dijo él, acercándose hasta quedar a mi lado—. Lo que hiciste ahí dentro… nadie esperaba eso. Ahora eres más que un experimento curioso para él. Eres una herramienta que funciona de una forma que no entiende.
—Me siento sucia —dije, mirándome las manos. Estaban limpias, pero yo sentía esa mancha de oscuridad por dentro—. No quiero ser su herramienta.
—Entonces tendrás que aprender a controlar lo que sea que haya pasado —Ryūsai se puso frente a mí, obligándome a mirarlo—. No sé qué eres, ni por qué tu cuerpo absorbió a esa cosa, pero si no quieres que Aoi te abra para ver qué tienes dentro, vas a tener que ser más fuerte que él.
Llegamos a mi habitación. Me dolía la cabeza y sentía una presión constante detrás de los ojos. Entré y, antes de cerrar la puerta, me quedé mirando a Ryūsai.
—¿Por qué me llamas Minazuki ahora? —le pregunté.
Él se movió un poco, manteniendo esa cara de piedra.
—Porque “Sujeto 100” es un nombre que le pertenece a Aoi. Y tú no le perteneces a él. Al menos, no todavía.
Cerré la puerta y me acosté en la cama sin quitarme los zapatos. El silencio de la habitación me permitió escuchar los latidos de mi corazón, pero ya no se sentían normales. Había un ritmo irregular, un pequeño rastro de ese frío que había absorbido. Me apreté el pecho con la mano, deseando que esa sensación desapareciera, pero sabía que no iba a ser así. Ahora tenía algo dentro, y no sabía si eso me iba a salvar o si me iba a terminar de destruir.
Mañana sería peor. Lo sabía por la forma en que Aoi me había mirado al final. Para él, yo ya no era una chica vacía. Era un arma que estaba empezando a cargarse. No tenía sueño, pero el cansancio físico me obligó a cerrar los ojos. Solo esperaba que, esta vez, mi mente no inventara otra pesadilla con manos y miradas de asco. Necesitaba que mi cabeza estuviera en calma para lo que venía.

Me dejé caer en la cama sin quitarme las botas. No tenía fuerzas ni para mover los cordones. El silencio de la habitación era total, pero en mi cabeza todavía sentía el ruido de la cúpula de cristal y los gritos de Aoi. Me toqué el pecho, justo encima del esternón. El frío que había sentido al absorber al fantasma seguía allí, pero ya no era una succión, era como tener una piedra de hielo metida dentro de los huesos.
Me quedé mirando el techo gris. Mis manos todavía tenían un ligero temblor que no podía controlar. Me sentía agotada de una forma que no era solo física; era como si me hubieran vaciado por completo y luego me hubieran rellenado con algo que no encajaba con mis órganos.
Me levanté un momento para beber agua del grifo del baño. El agua estaba tibia y sabía un poco a metal, pero me ayudó a quitarme el sabor amargo de la garganta. Al mirarme al espejo, vi que las ojeras se me marcaban más que ayer. Tenía un aspecto terrible, pero al menos el uniforme estaba limpio.
Oí un golpe suave en la puerta. No era el golpe seco de los guardias.
—Está abierto —dije, sentándome otra vez en la cama.
Ryūsai entró con una bandeja de plástico. Traía un par de sándwiches envueltos en papel y una botella de zumo. La dejó sobre el escritorio sin mirarme mucho. Se veía cansado también, con el pelo un poco más desordenado que de costumbre.
—Tienes que comer algo sólido —dijo él, sentándose en la silla del escritorio, al revés, apoyando los brazos en el respaldo—. Lo que pasó ahí abajo te ha quitado mucha energía, aunque no tengas esencia.
—No tengo hambre —respondí, aunque mi estómago rugió en ese mismo instante.
—Come igual. Mañana Aoi va a querer repetir la prueba o hacer algo más complejo. Si te desmayas por debilidad, te va a meter tubos por todos lados para alimentarte a la fuerza. No le des esa oportunidad.
Agarré uno de los sándwiches. El pan estaba un poco seco, pero tenía queso y carne. Empecé a comer despacio, sintiendo cómo el estómago me agradecía el alimento. Ryūsai se quedó allí, simplemente estando presente. No intentaba hablar de lo que había pasado, ni me hacía preguntas difíciles. Solo estaba allí, ocupando el espacio, y eso me hacía sentir un poco menos sola.
—¿Por qué me ayudas tanto? —le pregunté después de dar un trago al zumo—. Solo soy una herramienta para este lugar.
Ryūsai se encogió de hombros.
—No lo sé —admitió con franqueza—. Quizá porque me molesta ver cómo Aoi disfruta con todo esto. O quizá porque no me gusta que la gente muera por algo que no ha elegido. Estás aquí metida sin saber quién eres, y eso ya es bastante mierda.
Me terminé el sándwich y me sentí un poco más pesada, pero de una forma buena, más real. El dolor del hombro por los golpes de ayer había bajado a una molestia sorda.
—Minazuki —dijo él, levantándose para irse—. Intenta dormir de verdad. No pienses en lo que tienes dentro del pecho. Por ahora solo eres tú y esta habitación. Lo demás está fuera de esas paredes.
—Gracias, Ryūsai.
Él asintió con la cabeza y salió de la habitación. Escuché cómo se cerraba la puerta y, por primera vez en todo el día, mis músculos se relajaron un poco. Me quité las botas, me metí debajo de las sábanas y cerré los ojos. No había luces de neón, ni fantasmas, ni doctores locos. Solo el peso de la manta y el sonido de mi propia respiración.
Me quedé dormida casi al instante. No hubo pesadillas esta vez, solo un descanso negro y profundo que necesitaba para poder enfrentar lo que fuera que Aoi tuviera preparado para el día siguiente.
Al día siguiente, el zumbido de la pared me despertó a la misma hora. No me sentía descansada. El frío en mi pecho se había vuelto una sensación constante, algo físico que notaba cada vez que respiraba hondo. Me puse en pie y me miré las manos; seguían igual, pero yo sabía que algo había cambiado por dentro.
Ryūsai apareció en la puerta unos minutos después. No traía comida esta vez. Tenía una cara más seria que la de ayer y se quedó apoyado en el marco de la puerta observando cómo me terminaba de ajustar el uniforme.
—Aoi está de un humor insoportable —dijo Ryūsai—. Lo que hiciste ayer con ese yōkai le ha dado muchas ideas nuevas. No todas son buenas para ti.
—Dijiste que eran fantasmas —le recordé, caminando hacia él.
—Es una forma de llamarlos para que la gente no se asuste tanto, pero aquí abajo les decimos lo que son: yōkais. Son manifestaciones de energía negativa, restos de esencia que se pudren y cobran forma. Normalmente matan a cualquiera que no tenga poder para defenderse. Pero tú te lo comiste.
Salimos al pasillo. Esta vez no fuimos a la sala de entrenamiento común. Bajamos aún más, a un nivel donde el aire se sentía pesado y las paredes estaban cubiertas de un material que parecía absorber el sonido. Llegamos a una sala de observación mucho más grande, con cristales reforzados que daban a un foso profundo de arena blanca.
Aoi estaba allí, revisando unos monitores. Cuando me vio entrar, se frotó las manos.
—Minazuki, qué alegría —dijo con una voz que me puso los pelos de punta—. He estado revisando los datos de anoche. Tu cuerpo no solo destruyó al yōkai, sino que lo integró. Tu nivel de esencia sigue marcando cero, lo cual es fascinante. Eres como una habitación vacía que nunca se llena, no importa cuánto metas dentro.
—No quiero volver a entrar ahí —le dije, deteniéndome a varios pasos de él.
Aoi me ignoró por completo. Señaló el foso de arena.
—Hoy no habrá cristales de por medio. Queremos ver la interacción directa. Ayer fue un yōkai de clase baja, apenas una sombra con hambre. Hoy vamos a probar con algo que tenga un poco más de conciencia.
Hizo un gesto a los guardias. Dos de ellos me agarraron por los hombros y me obligaron a bajar por una rampa metálica hacia el foso de arena. Ryūsai intentó dar un paso adelante, pero Aoi lo detuvo poniéndole una mano en el pecho. Me quedé sola en medio de la arena blanca. El lugar era enorme y el techo quedaba muy arriba.
De unas rejillas en la pared empezó a salir un humo denso y oscuro. De ese humo empezaron a formarse tres figuras. No eran sombras simples; tenían garras largas y rostros deformes que recordaban a animales salvajes, con ojos amarillos que brillaban en la penumbra. Eran tres yōkais, y en cuanto me vieron, empezaron a rodearme.
—Vamos, Minazuki —la voz de Aoi salió por los altavoces de la sala—. Enséñanos si ese vacío tiene límites.
Uno de los yōkais se lanzó contra mí. Esta vez no intenté cubrirme con los brazos. Sentí cómo el frío en mi pecho empezaba a succionar el aire a mi alrededor. El yōkai me golpeó en el costado, pero en lugar de mandarme al suelo, se quedó trabado contra mi cuerpo. Empezó a soltar un sonido agudo, como si algo lo estuviera triturando.
Noté cómo su energía pasaba a través de mi piel, entrando directamente en ese hueco que tenía dentro. Los otros dos yōkais, al ver lo que pasaba, no huyeron. Se lanzaron a la vez sobre mí, clavándome las garras en los hombros.
Me dolió, pero el dolor era distinto. Era como si mi propio cuerpo estuviera usando ese daño para atraer la oscuridad de los yōkais con más fuerza. Mis manos se movieron solas, agarrando a una de las criaturas por lo que parecía ser su cuello. No sentí nada más que ese frío intenso que lo devoraba todo.
En pocos segundos, el foso volvió a quedar en silencio. Los yōkais habían desaparecido. Me quedé de rodillas en la arena, respirando con dificultad. Tenía cortes en los hombros y la ropa otra vez manchada, pero el frío en mi pecho ahora pesaba el triple. Me sentía muy cargada, como si hubiera comido algo demasiado pesado que mi cuerpo no sabía cómo digerir.
Miré hacia arriba, hacia el cristal de observación. Aoi estaba pegado al vidrio, escribiendo a toda velocidad. Ryūsai, en cambio, solo me miraba con una expresión de rechazo, como si lo que acabara de ver le diera miedo incluso a él.
—Fabuloso —susurró Aoi por el altavoz—. Tres de golpe y sigues en pie. Minazuki, eres el Sujeto 100 por una razón. Mañana probaremos con algo que realmente pueda morderte.
Los guardias bajaron a buscarme. Me levantaron de la arena como si fuera un saco de patatas. Yo no tenía fuerzas para oponerme. Solo quería cerrar los ojos y dejar de sentir ese peso gélido que ahora vivía dentro de mí. Al pasar junto a Ryūsai, él ni siquiera me tocó. Se mantuvo a un metro de distancia, observando mis heridas con una mirada que me dolió más que los cortes de los yōkais.
—Vuelve a tu habitación —dijo Ryūsai con voz plana—. No dejes que nadie se te acerque hoy. No estás… normal.
Me encerraron otra vez. Me senté en la cama y me miré las manos. Tenía un rastro de negrura bajo la piel, como si mis venas se hubieran vuelto oscuras por un momento. El vacío ya no estaba vacío, y eso me asustaba más que cualquier otra cosa que Aoi pudiera inventar.

El Ciclo del EspírituStories to obsess over. Discover now