Prólogo

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Me llamo Charles Ashley, tengo veinte años y desde hace dos estudio en The Royal Military College de Sandhurst. Vivo en el constante debate entre mis deberes militares y mi inclinación por la poesía y ciertas costumbres bohemias, que son muy mal vistas por la sociedad londinense. Pero aquella noche de noviembre de 1889, estaba solo en un parque de Londres, tiritando de frío, sin más compañía que dos botellas de whisky escocés vacías y una a punto de terminarse, una cajetilla de cigarrillos turcos casi agotada y un montón de papeles tirados en el suelo helado.

Sentí pasos acercarse; el crujido de botas sobre nieve reciente rompía el silencio gélido.

–¿Se encuentra usted bien?– Levanté la mirada para observar a un anciano vigilante con un farol en la mano.

–No se preocupe. Solo necesito un poco de soledad.

El viejo me dio la espalda y se fue sin decir una palabra. Yo volví a bajar la mirada y vi cómo la nieve comenzaba a cubrir el bulto de papeles a mis pies. Tomé uno al azar, lancé el cigarrillo al suelo junto a las ya numerosas colillas y leí:

*Me preguntas
y con mis letras pienso en aclarar tus dudas
cuando preguntas qué pasa por mi cabeza
cuando pienso en ti.*

*Y podría responder de romántica manera
para que no pareciera que enamorado no estoy.
La realidad es que soy
solo un poeta cualquiera,
y aunque de verdad quisi...*

El papel temblaba en mis manos, las letras bailaban entre lágrimas que aún se resistían a caer.

No pude seguir leyendo. Fui invadido por una mezcla de repulsión, dolor y culpa. Tomé un trago largo de whisky directamente de la botella y arrugué la hoja. Me recosté en el banco mirando hacia el cielo negro, y entonces—solo entonces—las lágrimas comenzaron a rodar.

En mi mente se agolpaban todos los momentos vividos junto a ella: las cartas perfumadas, los poemas intercambiados a escondidas, los encuentros furtivos en el jardín de ese maldito colegio de señoritas, mi lucha incesante por convertirme en un hombre digno. Y luego aparecían las discusiones, sus silencios elocuentes, la distancia que crecía como maleza entre nosotros.

Me incorporé con esfuerzo y saqué un estuche de fósforos. Puse otro cigarrillo entre mis labios entumecidos y acerqué la llama a las hojas amontonadas. Por un instante dudé—¿qué derecho tenía a destruir lo que una vez amé? Luego el fuego tomó decisión por mí. Las llamas comenzaron a devorar las letras que durante meses había escrito, cada verso reducido a ceniza en segundos.

Bebí otro trago largo, esta vez hasta que el ardor en la garganta opacó el del pecho. Me levanté tambaleándome; el fuego anaranjado hacía un contraste brutal contra la palidez azulada de la nieve. Alejándome un poco—el mundo giró, las luces de gas se duplicaron en mi visión—caí de bruces al suelo, mareado por el alcohol y la desesperación.

No tenía conciencia plena en ese momento, pero aquella noche de noviembre de 1889 algo moría dentro de mí. Encendí otro cigarrillo con manos trémulas y, mirando al vacío nocturno que solo adornaba la nieve, con voz ronca por el whisky y el llanto, grité con toda la fuerza de mis pulmones:

–¡¡¡Maldita seas, Jane Harrington!!!

Con un caminar torpe, regresé a casa. Y entre los delirios de la borrachera, mi mente viajó—inevitable, cruel—hasta aquella tarde de otoño de 1888, cuando todo lo que ahora me atormentaba había comenzado.

El Aullido Sin NombreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora