Dicen que en mi pueblo no pasa nunca nada.
Casas viejas, la plaza de siempre, las mismas caras de todos los años.
Lo único que rompe la rutina es la Reunión del Mes, una tradición antigua en la que todos, absolutamente todos, nos juntamos a comer, bailar y conversar. Nadie falta. Es como si algo nos empujara a ir, aunque a veces ni tengamos ganas.
Pero ese mes... todo cambió.
Esa noche de verano el aire estaba extraño, como si cargara un frío que no venía de ningún lugar lógico. Llegué al centro del pueblo y la música sonaba, la gente reía, los niños corrían... hasta que lo vi.
Un hombre que no había visto jamás.
No parecía un viajero, ni un vendedor, ni alguien que se hubiera perdido.
Tenía esa postura rara de quien ya sabe exactamente dónde está... incluso antes de llegar. Su ropa no encajaba con la de nadie: un traje oscuro, demasiado impecable para un lugar como este. Caminaba lento, pero cada paso parecía estudiado.
Y algo en él me dio un escalofrío tan profundo que me paralizó.
No fui el único. Varias personas se voltearon al mismo tiempo, como si un viento invisible les hubiera helado la piel. Algunos se pusieron pálidos. Otros, sin saber por qué, retrocedieron.
El hombre levantó la vista.
Sus ojos no eran malos... pero no estaban vacíos tampoco. Eran ojos que miraban como si ya te conocieran desde antes de nacer.
Y entonces sonrió.
No fue una sonrisa grande ni grotesca.
Pero tenía demasiados dientes.
No como un monstruo, no...
sino como si su boca simplemente pudiera abrirse un poco más que la de cualquier humano.
Lo justo para que la sonrisa fuera demasiado amplia, demasiado blanca, demasiado consciente.
Nadie gritó.
Nadie corrió.
Nadie se atrevió a hacer nada.
Y él lo sabía.
Oh, claro que lo sabía.
Caminaba entre nosotros como si ya hubiera estado aquí antes, como si recordara cada rostro, cada casa, cada árbol... aunque fuera imposible. Cada vez que alguien le cruzaba la mirada, la persona se llevaba la mano al cuello, al brazo, al pecho, como si algo helado se le hubiera metido bajo la piel.
Y lo peor es que eso no se fue.
Desde esa noche, quienes lo miraron, quienes sintieron ese escalofrío... nunca lo han perdido.
Les dura hasta hoy.
No importa cuántas veces se bañen, cuántas mantas usen, cuántos doctores consulten.
Ese frío sigue ahí, pegado a la piel, a la sangre, al hueso.
Como si él les hubiera dejado algo.
O como si les hubiera quitado algo.
El pueblo ya no habla de la Reunión del Mes.
La gente evita salir de noche.
Se reza más que antes.
Se duerme menos.
Pero yo... yo soy el único que vio lo que nadie más vio.
Cuando se cruzó conmigo, cuando pasó a mi lado, cuando me examinó como si pensara mis pensamientos...
él no sonrió.
No.
A mí me susurró algo.
Se inclinó cerca, tan cerca que pude sentir un frío que no era aire... y dijo:
—Yo tengo tus escalofríos.
Y desde entonces no siento nada.
Ni miedo, ni frío, ni calor.
Nada.
Pero cada noche, cuando cierro los ojos, escucho pasos a mi lado.
No sé si viene a devolverme lo que me quitó...
o si viene a buscar el resto
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"Yo tengo tus escalofríos"
HorrorEn un pueblo donde nunca pasa nada, una tradición mensual reúne a todos sin excepción. Hasta que una noche aparece un hombre que nadie recuerda haber visto antes... y deja algo en quienes lo miran. Un frío que no se va. Un miedo que no se explica. Y...
