El despertador sonó. O mejor dicho, debió sonar. Porque cuando abrí los ojos, el sol ya estaba golpeando sin piedad mi ventana y el reloj de mi mesa marcaba las 9:40 AM.
— ¡Mierda! — gemí, saltando de la cama como si tuviera resortes. Primera clase: Inglés, con el señor Hargrove. A las 9:00 en punto. — ¡Papá! — grité, corriendo por el pasillo solo con mi short y camiseta de dormir. — ¡Nos dormimos!
Desde el baño principal llegó una tos ahogada y la voz igual de aturdida que la mía. —¡Ya sé, Ellie! ¡Cinco minutos! ¡Busca tus cosas!
Cinco minutos. Un récord mundial. Me bañé en tres, dejando el cabello mojado. Me puse el primer jeans limpio que encontré (o medianamente limpio) y una sudadera negra. Mamá me interceptó en la cocina con una expresión entre divertida y resignada.
— No con el estómago vacío, Ellie. — dijo, y me entregó una rebanada de cheesecake en una servilleta. — Toma. Tu combustible de emergencia.
— Eres un ángel, mamá. — dije con la boca ya medio llena, mientras empujaba cuadernos y mi laptop en la mochila.
Papá apareció, tratando de anudar la corbata mientras corría hacia las llaves del auto. Parecíamos una escena de comedia mal ensayada.
El viaje a la escuela fue un torbellino de calles y semáforos. Yo, con la servilleta en el regazo, devorando el cheesecake mientras miraba el reloj del auto avanzar implacable: 9:55... 9:58... 10:05.
— Lo siento, hija. — dijo papá, al fin estacionando frente al edificio principal a las 10:15. — La reunión de anoche se alargó.
— No te preocupes. — respondí, limpiándome migajas de la boca. — Con suerte, Hargrove habrá tenido un paro cardíaco y lo habrán llevado al hospital.
— Ellie. — riñó papá, pero con una sonrisa.
— ¡Gracias por el ride! — grité, saltando del auto y corriendo hacia el edificio de inglés.
Mis esperanzas se desvanecieron tan pronto como empujé la puerta del aula 204. El señor Hargrove —calvo, con bigote y una perpetua expresión de haber olido algo desagradable— estaba escribiendo en el pizarrón. Se giró lentamente, sus ojos pequeños posándose en mí como en un insecto interesante.
— Señorita Hemsworth. Tan amable de honrarnos con su presencia. ¿Trajo una nota del presidente explicando este retraso monumental?
Un par de risitas sofocadas surgieron del salón. Ignoré a los demás. Mis ojos buscaron, casi por reflejo, el rincón izquierdo del fondo. Allí estaba ella. Clara. Con su suéter azul que hacía juego con sus ojos —esos ojos azules que parecían pedacitos de cielo en un día perfecto.— Me miró, sus cejas se arquearon en un gesto de "¿en serio?" pero sus labios esbozaron una sonrisa pequeña, compasiva. Eso ya hizo que valiera la pena el madruguón fallido.
— Se me descompuso el despertador, señor. — mentí descaradamente.
— Qué conveniente. — dijo Hargrove, secándose las manos con un pañuelo. — La política de este salón es clara. Más de quince minutos de retraso, entrada condicional. Más de treinta, entrada negada. Usted, señorita Hemsworth, ha superado ampliamente el límite. Además, dado nuestro... historial, no me siento inclinado a hacer excepciones.
Historial. Quería decir que yo le había hecho la vida imposible desde que, en segundo año, le dije que su interpretación de Shakespeare era "aburrida como ver crecer la hierba". En mi defensa, lo era.
— Pero si sólo es la primera hora que...
— Puede esperar en la biblioteca o en el patio hasta el siguiente periodo. — cortó él, señalando la puerta con un gesto dramático. — Y considere esto una advertencia formal.
