El timbre sonó con su habitual estridencia, marcando el inicio de clases en el salón 3-A. El ruido fue inmediato: mochilas cayendo al suelo, sillas arrastrándose y conversaciones cruzadas que parecían no tener fin.
—¡Buenos días, mis futuros fracasos académicos favoritos! —anunció Diego apenas cruzó la puerta.
Varias risas se escucharon al instante.
Diego era moreno, de estatura media, con una expresión siempre animada y una facilidad increíble para llamar la atención sin esfuerzo. No solo era el graciosito del salón: era popular. Todos lo conocían, todos lo saludaban, y aunque a veces fingía que no le importaba, le gustaba ese lugar. Ser querido era más fácil que ser comprendido.
—Diego, cállate cinco minutos, ¿sí? —le gritó Karen desde su asiento.
—No prometo nada —respondió él, llevándose una mano al pecho—. El silencio va contra mi naturaleza.
Diego se dejó caer en su asiento, cerca de la ventana. Sacó su cuaderno... o al menos lo intentó, porque su mochila estaba hecha un desastre.
—Algún día voy a organizar esto —murmuró.
—Ese día será histórico —respondió una voz conocida.
Diego levantó la mirada justo cuando Arturo entraba al salón.
Arturo era alto, guapo y tenía esa actitud despreocupada que hacía que todo pareciera girar a su alrededor. El uniforme lo llevaba incompleto, como siempre: la camisa medio fuera del pantalón, la corbata colgándole del bolsillo y el suéter amarrado a la cintura.
—¿Otra vez sin uniforme completo? —preguntó Diego, sonriendo.
—La rebeldía es un estilo de vida —respondió Arturo, sentándose a su lado—. Además, así soy más icónico.
—O más probable de que nos regañen —replicó Diego.
—Si pasa, tú haces un chiste y listo —dijo Arturo con naturalidad.
Diego lo miró de reojo.
—¿Te das cuenta de que confías demasiado en mí?
—Porque nunca fallas —respondió Arturo, guiñándole un ojo.
Arturo también era popular, aunque de una forma distinta. No era el alumno ejemplar ni el deportista perfecto. Era el que se escapaba de clase, el que hacía travesuras, el que siempre encontraba la forma de salirse con la suya. Los profesores vivían regañándolo, pero aun así, nadie podía odiarlo del todo.
Y de entre todos, su mejor amigo era Diego.
En el recreo, Diego estaba rodeado sus amigos como siempre.
—Te juro que el profe me miró directo a los ojos y dijo: "Diego, deja de hablar" —contaba exageradamente—. Y yo sentí que ese era mi momento de villano trágico.
—Eres un exagerado —dijo Vargas, riéndose.
—La exageración es un arte —respondió Diego.
Arturo estaba apoyado en una pared cercana, mordiendo una manzana que claramente no había pagado.
—¿Eso lo sacaste de la cafetería sin pagar otra vez? —preguntó Diego.
—Supuestamente —respondió Arturo encogiéndose de hombros—. ¿Me vas a delatar?
—Jamás —dijo Diego—. Pero el día que te expulsen, no me metas en tu discurso de despedida.
—Ni lo sueñes —dijo Arturo—. Tú eres parte de mi legado.
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Dos corazones, un amor
FanfictionEn el salón 3-A, Diego y Arturo son inseparables. Uno es el chico popular que siempre tiene un chiste listo; el otro, el rebelde encantador que parece no tomarse nada en serio. Juntos dominan los pasillos de la escuela... hasta que las miradas empie...
